Alberto Batet Vitali nació el 23 de agosto de 1920 en la esquina de San Martín y Alem, donde su padre tenía un almacén, una casona de las de antes, en una ciudad que poco sabía de asfalto y de cemento.

Por Jorge Sosa / Mendocinos Famosos

El mismo Leo cuenta:

“La vieja casona era muy grande, con patios, grandes árboles y el negocio a la calle, en la esquina. La casa se extendía sobre la calle Vicente López, que aún no se llamaba Alem. Era de tierra y por ella pasaban las vacas con los cencerros y donde alguien lo pedía, las ordeñaban y servían la leche. Tenía acequias a cielo abierto. Yo tuve la suerte de tener muchos amigos del barrio y de la escuela con los que siempre jugábamos al fútbol. Hice los estudios primarios en la escuela de los curas de San Francisco, quienes eran muy rígidos y severos. Era época de castigos nefastos como darnos bastonazos en la punta de los dedos o hacernos arrodillar sobre semillas de maíz, penitencias tremendas”.

Antes la gente silbaba por la calle. Silbar era ir acompañado por su propia música, y el silbido le ponía un color distinto a la ciudad, la pintaba de pájaros. Uno de los grandes silbadores de nuestro país fue el conocido humorista, compositor, periodista Juan Carlos Mareco, Pinocho. Recuerdo haberlo escuchado silbar virtuosamente melodías de la época del 50 con mi oreja de niño pegada a la Phillips de fachada de baquelita. Al parecer Leo también fue un gran silbador.

“La música llego a mí por mi silbido, por él fui muy conocido, todos sabían que si se escuchaba un silbido era porque yo estaba llegando. Cuando comencé a estudiar de noche y trabajar de día, se me dio por cantar en mi casa, especialmente en el baño por su resonancia. Trabajaba en una gomería arreglando cámaras de autos y camiones. Vecinas del lugar, unas muchachas rosarinas que recién habian llegado a Mendoza, me escuchaban cantar desde su casa. Habían venido porque deseaban tener un programa de radio propio. Cuando lo lograron me propusieron cantar en ese programa, lo hice y fracasé estrepitosamente, tenía 16 años. La radio líder de aquellos tiempos era LV10 Radio de Cuyo. Se la escuchaba todo el día porque no había más opciones. Eran los tiempos del apogeo de Carlos Gardel luego de su muerte. Hubo efervescencia popular con sus películas, sus discos y sus canciones. Por la radio lo admiraba a él y a otros grandes cantantes de América. Mis patrones me hicieron conocer a un gran tenor que cantaba en la radio, con quien construí una gran amistad. Fue él quien me aconsejó estudiar con su maestro que acababa de llegar a Mendoza. Era don Juan Díaz Andrés, un tenor lírico, al estilo de Tito Schipa. Fui su único alumno durante todo un año. Con él aprendí todos los detalles, a respirar, a modular, a no copiar a otros cantantes. Mi preferido era Arvizu y yo lo imitaba. Cuando estuve listo el mismo maestro Andrés me llevó a la radio y entre él y Francisco Fábregas, el presentador, me rebautizan como Leo Marini”.

EL BOLERO

El bolero huele a mar, a gaviota de vuelo bajo, a arena con dos cuerpos encendidos. El bolero fue hecho para darles a los enamorados un bello motivo para estar más cerca. Es todo amor, se compone con amor, se interpreta con amor, se baila con amor. ¡Cuántos de nosotros hemos sido gracias a una noche de boleros! Se puede tocar con cualquier instrumento, desde una simple y sola guitarra, hasta una orquesta sinfónica aferrada a las partituras, pero es siempre el mismo. Puede cambiar de rostro pero el alma permanece intacta. A veces sus letras se desparraman en melosidades, a veces, muchas, cuentan la ingratitud de un amor, a veces es simplemente un piropo de tres minutos. Nació en Cuba hace muchos años pero no tiene una nacionalidad, tiene continentalidad, el bolero de América. A veces huele a “bachata”, a “son cubano”, a “corrido de México”; a veces, agudamente se viste de tango. Creo que no hay canción en el mundo que haya inventado más suspiros.

LOS PRIMEROS VUELOS

Era la década del 40, la radio ya se había hecho internacional y entonces los éxitos y los dolores se contagiaban de país en país. Leo intentaba sus primeros pasos fuera de Mendoza. En Valparaíso y Viña del Mar escuchan por primera vez a ese argentino de voz cautivante. Leo conoce en Chile al pianista cubano Isidro Benítez y la RCA Victor de aquel país inmortaliza el encuentro. Graban dos discos con los temas “Virgen de la medianoche”, “Puedes irte de mí”, “Inútilmente” y “Cerca de ti”. La experiencia fue muy buena y lo llevó directamente a Buenos Aires, allí se le abrieron las puertas de una de las emisoras más escuchadas en todo nuestro país: LR3 Radio Belgrano. Todas las radios de entonces tenían sus orquestas estables para los recitales en vivo. La de Radio Belgrano era un orquestón. Leo se hace amigo del violinista, Américo Belloto Varoni. El bolero estaba en su cumbre. Los directivos del sello Odeón les encargan a los amigos dos discos de 78 RPM. Bautizaron al grupo como “Don Américo y sus caribes”. La obra se instala, inmediatamente, en la preferencia popular.

DE VIAJE EN VIAJE DE DISCO EN DISCO

Leo ya era un conocido en gran parte del continente. En 1948 realiza una gira que lo pasea por Venezuela, Cuba, Puerto Rico y República Dominicana. Luego otra por Perú, Ecuador y Colombia. Se instala por un tiempo en Puerto Rico, donde forma pareja con la argentina Esther Salandari. En 1950 regresa a Buenos Aires y actúa por varios meses con la orquesta estable de Radio El Mundo. Al terminar su contrato con Odeón firma con la empresa discográfica estadounidense Seeco. Sidney Seegel, dueño de la empresa, le aconseja grabar con el grupo más famoso del canto melódico de la época “La Sonora Matancera”. Viaja a Cuba para concretar esa sociedad, una de las más valiosas de todos los tiempos en la música de Latinoamérica. Graban los temas “Luna Yumurina”, “Quiero un trago, tabernero”, “Mi desolación” y “Desde que te vi”, todos clamorosos éxitos. A Leo ya lo conocen como “La voz que acaricia”.

LA SONORA

La Sonora Matancera es el conjunto musical cubano más famoso de todos los tiempos. Fundado en la ciudad de Matanzas, en 1921, sigue siendo un grupo referente para la sensibilidad de América. Ellos impusieron ritmos, hicieron famosas a cantantes y canciones. Conocida en todo el mundo, para darle dimensión a su trayectoria solo hay que decir que fueron voces de la Sonora Celia Cruz, Boby Capó, Carlos Argentino, Vicentico Valdez, Ismael Miranda y, por supuesto, Leo Marini.

DESDE LA CIMA

En 1954 viaja a Colombia donde actúa y graba con la orquesta del también argentino Arnoldo Nali. Leo era pedido por todo el Caribe, por todo el continente, le llueven actuaciones y propuestas. Graba otra vez con la Sonora Matancera en 1958, el álbum más vendido de su carrera musical: “Reminiscencias”. En 1970, otra vez con la orquesta de Nali, graba en Caracas el LP “El nuevo Leo Marini canta 12 canciones que nunca antes cantó”. Era su vuelta al ruedo y fue éxito, como ya era costumbre. Carlos Andrés Pérez, Presidente de Venezuela, lo condecora en 1978 por su trayectoria musical. Tanto trajín, tantos viajes, tantos escenarios lo llevan a buscar tiempo y lugar más tranquilo y se radica en Buenos Aires con la intención de atender a sus hijos. De tanto en tanto viajaba a aquellos países que permanentemente lo solicitaban. Su tarea estaba cumplida con creces y aplausos. Los estudiosos de su obra discográfica le atribuyen 55 LP, y han recopilado 592 grabaciones con todas las agrupaciones.

DE PELÍCULA

Leo también trabajó en películas, filmadas en Argentina y Chile. En 1946, en Chile hizo “Sueña mi amor” con un papel protagónico. En 1949 en Buenos Aires actuó en “Mary tuvo la culpa”, con Susana Canales. La trama central gira alrededor de una yegua de carreras de nombre Mary y de la cual, Leo, en su actuación, vivía enamorado por lo exitosa. Por cierto, estaba recién casado y Leo la nombraba hasta en sueños, claro que su esposa no creía en la animalidad de sus explicaciones. En 1950 filma en Buenos Aires “¡Qué rico el mambo!”, en actuaciones estelares con las cubanas Blanquita Amaro y Amelita Vargas.

ADIÓS SIN APLAUSOS

Víctima del cáncer de próstata, soportado con estoicismo durante siete años, murió el domingo 15 de octubre del 2000, cuando en brazos de su hermana Alicia, y en la misma casa en donde había nacido 80 años atrás, recibía las atenciones propias de su enfermedad. En esa misma fecha, y en una extraña coincidencia, fallecía en La Habana, también a sus 80 años, otra figura cimera de la canción: Tito Gómez. Transcurridos cinco días de la muerte de Leo, en la ciudad de Caracas, y víctima de una enfermedad pulmonar causada por el tabaquismo, moría Gloria Solano, su última esposa, de la cual se había distanciado tres años antes. En el velorio del famoso, aquí en Mendoza, solo lo acompañó un puñado de personas.

VIVENCIAS DE UN CONOCEDOR

No conozco a nadie que, como él, sepa tanto de la música melódica de Latinoamérica y de sus intérpretes. Raúl Cayrol entró a la radio como muchos, por la puerta de “camarines” de las transmisiones deportivas. Cuando retornó la democracia a nuestro país, otro Raúl, Marín, se hizo cargo de Radio Nacional y comenzó para la emisora de la calle Emilio Civit una época de grandes realizaciones que, lamentablemente, no se ha repetido. Los dos Raúles eran amigos. Raúl director le propone a Raúl camarinero hacer un programa de música melódica. Así nace “El viejo baúl”, donde Cayrol comienza a meter sus bien orientados oídos en la música del corazón. La incipiente FM de Nacional lo convoca con idénticos propósitos. Cayrol crea, para ella, el programa “Románticos y algo más”. En una pieza olvidada de la emisora encuentra cientos de discos viejos, de vinilo, que nadie usaba. Los revisa, se sorprende, se intriga, los escucha, y va descubriendo creaciones irrepetibles de una sensibilidad exquisita. Entonces les da aire y la gente, la de entonces, se lo agradece: ¡Por fin alguien rescata ese espacio de música que tanto queremos y extrañamos! La respuesta lo obliga a más y de a poco se transforma en un conocedor. Lo convoca Nihuil cuando la política cambia el contenido de Nacional. Ya estaba jugado y queriendo. Quería hacer programas en radio que expresara su amor creciente por la música romántica. Por eso nace “Vivencias”, un nombre que lo acompaña, saludablemente, hasta la actualidad. Pero no se queda con lo que sabe, quiere saber más todos los días, de ahí que se anima a llamar a los grandes que aún quedaban y los entrevista, los consulta, se hace amigos de ellos. Nada menos que Mario Clavel apadrina su programa, que recibe ocho nominaciones para el Martín Fierro. En 1997 logra la ansiada estatuilla en Formosa. Después pasea sus premios y su amor por el canto del alma por Radio Libertador y LV10. Él lo conoció a Leo Marini, fue amigo del gran cantante en la última etapa de su vida. Estuvo con él al instante del adiós sin melodías.

“Éramos diez en el velorio. Ninguna autoridad, ningún colega, ni mío ni de él. Me dio pena, pero también indignación. Me dije: ¿cómo puede ser que este mendocino que fue y sigue siendo ídolo en tantos lugares de América tenga una despedida tan ingrata? Iba a verlo a Leo todas las semanas cuando se radicó definitivamente en Mendoza para jugar de local su partida contra el cáncer. En su casa de calle Rioja 1040 se sentaba junto a la ventana que daba a la calle a ver pasar la ciudad. Intenté grabar sus memorias, varias veces, pero su voz ya no daba más. Ya no cantaba. Sin embargo creo que de las cientos y cientos de canciones que entonó su preferida fue “Virgen de la medianoche”. Sus hermanas lo cuidaron hasta el último minuto. Hablábamos de circunstancias de vida, hechos de actualidad, no quería hablar de su trayectoria, de su rico historial de anécdotas. Parecía haber cerrado ese libro definitivamente. Leo debió juntar mucha plata con su trabajo. Me enteré de que, cuando volvía a Mendoza, después de sus giras internacionales, bajaba del avión con un portafolio lleno de dólares. Sin embargo murió pobre, sin un peso. Fue grande del verbo grande, comparado con Gardel en muchos lugares del Caribe. Pocos saben que fue apreciado popularmente en muchos lugares de Estados Unidos y hasta llegó a cantar en Alaska. Amaba a esta tierra, podía vivir en muchos lugares pero su domicilio estaba en Mendoza. Era un buen hombre, de corazón generoso. Cuando murió emisoras de toda Latinoamérica llamaron para que diésemos noticias de tan tremenda pérdida. En su velorio solo éramos diez”.

En un remanso de la entrevista Raúl reflexionó: “Es curioso que Mendoza, tan desierta, tan montañesa, tan al sur, tan lejos del Caribe sonoro que inventó el bolero, haya dado valores tan extraordinarios: Leo Marini, Polo Márquez, Daniel Riolobos, Hugo Romani, Ricardo Yarque… Es curioso, alguna explicación habrá”. Después nos extendimos en otras cuestiones de la provincia y del país. Cuando nos despedimos me dijo: “Si querés saber más de Leo, preguntale a Polo Márquez”. Y yo le obedecí.

UN GRANDE POR UN GRANDE

Polo fue (sigue siendo) ídolo en muchos países del Caribe por sus canciones y su modo de decirlas. Por eso lo incluimos en esta serie y tiene su muy merecido cuadernillo. Cuando le hablé de Leo Marini, en una mesa de café céntrico, abrió los ojos con admiración: “Fue mi referente. Lo iba a ver cuando estaba en Mendoza a un lugar de arte llamado El Patio, en Rivadavia casi 9 de Julio; también a El Refugio, de Carlos Montbrún Ocampo, en la calle San Martín, pasando el zanjón; varias veces en los auditorios que tenían las radios de mis tempranos años. Recuerdo que en Radio Aconcagua cantaba con la orquesta que dirigía el maestro Osvaldo Larrea. Una maravilla. Después, cuando yo adquirí alas propias y volé también, solíamos encontrarnos en diversos escenarios. En Colombia lo adoraban, en Venezuela lo escuchaban con devoción, en Cuba llenaba en todas sus presentaciones. No por nada cantó con la Sonora Matancera. Recuerdo esa vez que llegué a cantar en el Hotel Embajador en Santo Domingo. Un amigo del lugar me dice al verme: – Tuviste mala suerte, chico. Hoy también canta aquí ‘El maestro’: era Leo. Yo actuaba en la azotea del hotel y él en los jardines. A mí me escucharon no más de ochenta personas, él tenía público hasta arriba de las palmeras. Así que hice mi espectáculo y le dije a la gente: – Disculpen lo corto del show, pero es que quiero ir a escuchar al maestro – Me nombró esa noche. Nos hicimos amigos, pero nadie me creía, decían: ¡Qué vas a ser amigo de Leo Marini! Era un tipo muy noble y muy valorado entre sus pares. Un día, yo estaba caminando por la calle Lavalle, en Buenos Aires, cuando veo adentro de un bar a Daniel Riolobos. Se notaba que estaba discutiendo acaloradamente con un grupo de personas. Cuando me vio se vino a la vereda y me arrastró al interior, casi a los gritos me dijo: – Polo, decile a estos güevones quién fue el mejor cantante de boleros de todos los tiempos – Yo miré a los presentes y simplemente dije: – Leo Marini. – Entonces Daniel me abrazó diciendo: – Bien, hermano. Sabía que no me ibas a fallar.

Es bueno para el cantante que la gente lo aplauda, pero para un cantante no debe haber mejor aplauso que el aplauso de los cantantes.

ELOGIOS

Los entendidos han opinado: Leo Marini es para Hispanoamérica lo que Frank Sinatra es para Norteamérica. Este artista tiene el mérito de haber sido el primer cantante romántico de arrastre continental. Trotamundos incorregible de la canción romántica. Su bello timbre, sentido melódico y manera originalísima de decir lo han hecho todo un clásico del género. “La voz que acaricia”, como también popularmente se le conoce, con más de cinco décadas de actividad artística, se ganó el lugar cimero entre la pléyade de boleristas de habla hispana. Con su indiscutible sensibilidad expresiva, su tonalidad acariciante y el susurro arrobador de su voz, es imposible que alguien le dispute tan merecido lugar.

“Su público se contaba por millones. Todos los países de Iberoamérica acogieron su cálida voz en los momentos cumbre. Su calidad artística se paseó por teatros, clubes, casinos, radio y televisión. Fueron épocas victoriosas. Días exultantes”.

Dr. Héctor Ramírez Bedoya, historiador colombiano.

“Leo Marini, uno de los sacerdotes mayores del bolero, un argentino que tuvo el honor de hacerse acompañar de la Sonora Matancera, murió de un vil cáncer de próstata. Si las cosas tuvieran lógica, los boleristas no fallecerían a causa de la degeneración de una glándula del sótano sino del corazón, o de alguna extraña forma de melancolía. Fue un brillante exponente de esta enfermedad del espíritu latinoamericano llamada bolero”.

EDUARDO ESCOBAR, escritor Colombiano, Medellín 2002.

“Leo Marini es el bolerista que mayor popularidad tuvo en Sudamérica”.

Hernán Restrepo Duque, coleccionista e investigador musical colombiano.

“Leo Marini constituye como cantante el más emblemático y extraordinario aporte de Argentina a la canción romántica en general y al bolero de manera muy especial. Pienso que su vida la dedicó plenamente a ser un cantante de una fina y exquisita manera de decir el bolero, lo cual permitió que fuera merecidamente distinguido como ‘La voz que acaricia’. Los diletantes y melómanos seguidores de ese género romántico siempre encontraran en toda la obra discográfica de Leo Marini, un reservorio inagotable donde podrán satisfacer sus más refinados gustos”.

Nelson Pinedo, cantante colombiano, Caracas, Venezuela, Octubre de 2003


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