El arriero José Luis Zamora llega el 2 de febrero de 1929 al puesto de carabineros de San José de Maipo, en Chile, solicitando ayuda y auxilio para sus compañeros de arreo sorprendidos por una tormenta de nieve en plena cordillera

Después de arriar 1500 cabezas de ganado de Tunuyán a Chile, retornaban vacíos. Habían salido el 29 de enero de San Gabriel para cruzar por el paso de El Portillo a Tunuyán.  En toda la provincia el estado del tiempo se torna normal, zondea en algunos sectores, graniza en San Rafael; en Tunuyán el viento y la lluvia derriban árboles y algunas casas. En la Cordillera se enseñorea un viento despiadado.

El 29 de enero de 1929, a las 8 oscurece de golpe sin embargo el contingente logra llegar al refugio de los Piuquenes. Como el temporal no amainaba deciden volver 5 km hasta el refugio Casa de Piedra. Allí descansan para intentar el cruce al día siguiente.

Al descargarse el temporal de nieve en la cordillera encuentra a los arrieros trepando el Valle del Yeso; cuando llegan a la cumbre soplan vientos huracanados que los despojan de mantas y sombreros, provocando una dispersión del grupo.

Cinco arrieros se aferran a la cola de una mula que los saca del lugar, dejándolos en un refugio natural de rocas, con quemaduras en pies, brazos y otras partes del cuerpo. Nueve se acurrucan para darse calor mutuamente; todos mueren dejando un cuadro conmovedor de solidaridad frustrada. Eran 22 arrieros. El saldo fue de 14 muertos y 2 desaparecidos, todos eran de humilde condición, sacrificados hombres de caminos y montañas. La mayoría eran oriundos de Tunuyán y San Carlos. También murieron cerca de 40 animales.

Dicen, los estudiosos de la tragedia y conocedores del lugar donde ocurrió, que si hubieran avanzado apenas cien metros más se hubieran salvado.

En 1954 una expedición de rescate de los restos de aquellos infortunados bajó a Tunuyán con 12 urnas. Todavía hay disidencia sobre el número de muertos. Algunos sostienen que fueron 14 y otros 13, aunque para la memoria popular siguen siendo 17.

El hecho impactó vivamente en la población de la época y tuvo amplia cobertura en los medios de comunicación provinciales y nacionales, tanto argentinos como chilenos.

Hilario Cuadros y Julio Quintanilla dan noticias del hecho en una canción creada para homenajearlos.

CANCIÓN DE LOS ARRIEROS


Tan ciego estoy al quererte,

y es tan grande mi pasión,

que el breve rato que duermo,

mis sueños contigo son,

si ay ay ay, tuyo es mi amor.

Ay, ay, ay; qué haré yo,

si no me querís, velay,

me moriré por tu amor.

Recitado:

– Qué le parece amigazo?.

– Medio tristón aparcero…

– Es que esta canción, amigo, me recuerda los arrieros que al cruzar la cordillera todos, toditos murieron. Eran diecisiete arrieros, gauchos honrados y buenos; eran todos mendocinos, toditos eran de acero. Unos dejaron las madres, otros los hijos y abuelos, abandonando el hogar por cumplir con el arreo, y llegaron hasta la cumbre y en la cima e’ los cerros, los agarró un temporal de nieve, frío y de viento, sepultando horriblemente a los diecisiete arrieros, que por cumplir su misión, todos, toditos murieron. Pobre padres, pobres hijos, pobres hermanos y abuelos, que perdieron en la vida a quien les diera el sustento. Es por eso que estos gauchos, con un amor verdadero, le cantamos este triste a los diecisiete arrieros; una canción inspirada tal vez por nosotros mismo porque nos sentimos padres, hermanos, hijos y abuelos. A Dios pedimos clemencia y suplicamos al cielo, que le dé la bendición para esos gauchos tan buenos; bendición pa’ los que en vida, eran diecisiete arrieros.

Este es mi mayor ensueño,

este es mi mayor anhelo,

que sepan que soy Villegas,

uno de aquellos troperos,

esperando que Dios mande

pa’ dormir el sueño eterno

si ay ay ay, qué viejo estoy.

Ay, ay, ay; qué haré yo,

si me agarra el temporal

digan que Dios me llamó.

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La poesía incurre en tres errores, el número de fallecidos (se afirma que eran 17), no todos murieron, hubo sobrevivientes, y no todos eran mendocinos, había un chileno: Modesto Méndez.
La Cordillera está llena de tragedias protagonizadas por osados, aventureros, descuidados y sorprendidos. Nuestra montaña, cuando se ensaña, es difícil que perdone.

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