Acaso se haya profundizado por los siete meses de inactividad desde su último partido oficial, pero las señales que dejó la selección argentina, tras el magro empate 1-1 ante Chile del pasado jueves en Santiago del Estero, son muy preocupantes y un evidente retroceso en el armado del equipo, mucho más allá de que por el momento no parece peligrar la clasificación al Mundial de Qatar

Por Sergio Levinsky, desde Buenos Aires. Especial para Jornada

El equipo argentino que conduce Lionel Scaloni mostró que conserva algunos vicios que no parecen encontrar un mínimo atisbo de solución, como que sus jugadores –muchos de ellos con renombre y protagonismo en los principales clubes europeos- siguen sin soltarse, como si fuera más importante cumplir una función que les fuera encomendada antes que rebelarse ante la adversidad o buscar decididamente el ataque para superar la adversidad.





En algunos casos, cuesta concluir si sus desempeños fueron acertados o no porque la sensación que se transmite es que juegan con un determinado plan conservador de no descuidar al adversario incluso antes que atacar, cuando se trata de futbolistas de las líneas supuestamente ofensivas, como los casos de Ángel Di María o Lucas Ocampos, totalmente desdibujados.

Cuando Scaloni optó por estos dos jugadores, habitualmente extremos, parecía que la idea original –un tanto arriesgada para lo que habían sido los cuatro planteos anteriores en esta clasificación- era, por fin, y tomando consciencia de la localía cuando luego había que viajar a Barranquilla para enfrentar a Colombia- un 4-3-3, con Lautaro Martínez en el centro y con Lionel Messi algo más atrás, ayudado por un volante mixto como Rodrigo De Paul y por Leandro Paredes en la contención, pero evidentemente, somos de una generación romántica y empedernida.

A los pocos segundos de iniciado el partido en el estadio “Madre de Ciudades”, fue claro que todo se trataba de una vana ilusión. Di María volanteaba sin ir casi nunca a la punta, cumpliendo a rajatabla la función que en otros compromisos tuvieron Exequiel Palacios o Giovani Lo Celso, ambos ausentes en el equipo titular y lejos de aquellas incursiones ofensivas que deslumbraron en algunos momentos en el PSG francés. Y Ocampos no tenía nada que ver con aquel del Sevilla, que no sólo es imparable por su banda sino que suele estar acompañado por su marcador lateral para generar superioridad numérica contra el rival de turno. Pero nada que ver. El ex jugador de River navegaba en la mediocridad, escondido y sin participación alguna.

De esta forma, una vez más, como una postal repetida de los últimos años del conjunto nacional, Lionel Messi inició su recorrido hacia atrás en busca desesperada de la pelota, que nadie le alcanzaba con limpieza, hasta terminar como tantas veces en el círculo central para arrancar desde ahí hacia el arco rival (fue el que más remató, con cinco tiros al arco sobre siete totales de su equipo) y el gol llegó de una de las pocas maneras posibles, cuando Lautaro Martínez se pudo interponer entre el grandote Maripán y el arquero Claudio Bravo, y al defensor no le quedó otra que cometerle penal, ratificado por los oficios del VAR.

Si no fuera por este tipo de jugadas, una avivada, o un tiro libre de Messi, lo que transmite la selección argentina (y no es la primera vez) es que puede estar jugando horas sin convertir –apenas tres equipos de la tabla tienen menos goles a favor- y eso que enfrente tuvo un rival como Chile que tomó demasiadas precauciones, sea porque no contaba con una de sus principales figuras, Arturo Vidal (autor de cuatro de los siete goles del equipo en la clasificatoria), o por el respeto que inspira –todavía y por suerte- la actualmente desdibujada camiseta albiceleste.

Pero también quedó claro que las escasísimas veces que el equipo chileno incursionó en campo argentino, pudo generar peligro, como se notó en el gol del empate, una jugada que consistió en un tiro libre apenas pasado el círculo central, pase cruzado hacia la derecha, anticipo de Gary Medel con centro rasante y Alexis Sánchez, solo y sin arquero, apenas necesitó empujar la pelota a la red.

Este equipo argentino no tiene, tampoco, un “cinco” de marca. Scaloni, ante la escasez de jugadores en esa función –mientras, podría ser útil, acaso, Enzo Pérez- optó por un buen primer pase de Paredes y por De Paul como rueda de auxilio, aunque habitualmente coloca un tercer volante y le quita una posición al ataque.

Las novedades más auspiciosas parecen venir desde la retaguardia, con el debut de Emiliano “Dibu” Martínez, de enorme temporada atajando en el Aston Villa de la Premier League inglesa, aunque no queda claro si el arquero titular seguirá siendo Franco Armani, y el también estreno de Cristian “Cuti” Romero, que se destacó mucho en el Atalanta de Gian Piero Gasperini. El primero no tuvo mucho trabajo y el segundo necesitó pocos minutos para demostrar sus condiciones y se perfila para tener continuidad en un futuro inmediato.

El problema de la selección argentina sigue siendo de filosofía y no es nuevo, sino de vieja data. Sin tener idea sobre qué se pretende hacer, si no se sabe a qué jugar, es difícil que lo colectivo salga al rescate cuando lo individual no funciona, y parece contradictorio convocar jugadores para que cumplan trabajos distintos a los de sus equipos, que justamente son los que los proyectaron al equipo nacional (caso Ángel Correa, que siendo campeón de la liga española con el Atlético de Madrid como segunda punta, jugó en una línea de tres junto con Messi y Di María detrás de Lautaro Martínez).

Sin rumbo, como tantas otras veces, habrá que prender velas otra vez al genio de Messi, que cada vez es más veterano y por tanto, cada vez más limitado aunque se ponga en el hombro casi todo lo que hace el equipo, y se dependerá de que en cada caso, se destape alguna individualidad que pase por una buena tarde o noche.

La estructura, por sí misma, es poco o nada sin una idea atrás, sin anteponer el juego al esquema, la creatividad al orden táctico. De lo contrario, una clasificación al Mundial (angustiante o no) puede volver a ser engañosa como en experiencias recientes, que nos recuerdan que luego en el gran torneo, hay que enfrentar a potencias que no tendrán indulgencia con estos vicios.

Ojalá no sea tarde y que ya en Barranquilla se observe, aunque más no sea, unos grumos de progreso.

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