Por Liliana Valverde *

Era un día como cualquier otro. Regresaba de sus tareas diarias. La calle que transitaba era ancha, con frondosos árboles; era el camino obligado a los cuarteles: Juan B. Justo de Ciudad. Iba en un lujoso automóvil. La gente lo miraba en ese vehículo poco común para Mendoza. De pronto, el hombre muy acicalado, detiene la marcha, desciende y se dispone a contemplar una bellísima joven que barría la vereda. Y como su estirpe y su estampa de galán lo imponían se le acercó con coraje, sonriente y seguro. Se presentó, tomó la mano de la muchacha y se entabló la charla. Al cabo de un rato ella lo invitó a pasar a la casa. Él, por supuesto, accedió. El hogar de la joven era como tantos de esa época, años 40, amplio, con mucha luz. Una casona fresca con galería poblada de jazmines. Llamó a su madre y le presentó al hombre impecablemente vestido. La mamá se llamaba Felicinda Peña de Yubel y se encontraba atareada en los quehaceres del día. Luego llamó a su padre, que ingresó a la galería con lento andar: el señor Marcelino Lorenzo Yubel, que desplegó su mirada con plenitud. La muchacha tenía dieciséis años y se llamaba María Cecilia Yubel Peña. El atractivo visitante era el coronel Juan Domingo Perón, de cuarenta años.

Este fue el comienzo de un amor que se inició en Mendoza en una casa de la calle Juan B. Justo al 400.

Toda la familia lo recibió con agrado, día tras día. Doña Felicinda lo esperaba con la mermelada predilecta del visitante. Don Lorenzo observaba, escuchaba, callaba. Tal vez se preguntaría si la llegada del vistoso varón sería providencial o fatal para su hija.

La hermana de María Cecilia, Laura Yubel de Castaño, en una entrevista anterior nos contó la pequeña historia que le tocó vivir: “Nunca podré olvidar el impacto que causó la llegada de ese hombre a casa. Era sumamente simpático, siempre de buen humor. Los más chicos sentíamos una indescriptible atracción por él. Nos trataba con muchísimo cariño. Siempre vestía con buscada elegancia. Mi hermana se sintió atraída. Él la trataba como a una reina. Sólo puedo decir que era el mejor de los hombres. Todavía me suenan en los oídos sus conversaciones, que denotaban vastedad de espíritu y de mente. Todo lo que puedo decir de él es poco” decía Laura la hermana de María Cecilia.

Amigos y allegados de María Cecilia recuerdan la gran vocación que sentía por el teatro. Laura prosigue: “Mi hermana ayudaba a mi madre en sus tareas y luego se dedicaba al estudio, porque a pesar de que los 40 eran años muy críticos para los argentinos, mis padres siempre trataron de que no nos faltara nada. Mis hermanos y yo teníamos un buen pasar. Entre él y María Cecilia nació un romance, pero llegó lo inevitable: el traslado de Perón a Buenos Aires. Cecilia, por supuesto, se afligió mucho. Acostumbrada a sus visitas diarias, no se resignaba a quedarse sin él. Fue así como Perón la invitó a acompañarlo”.

“Mi padre se opuso -dijo Laura-. Mi madre prefirió que la decisión partiera de ella misma. Tal vez mamá comprendió que a los dieciocho años (la relación ya llevaba dos años) no se teme ni se vacila. Muy presionadle preguntó a mi hermana si quería acompañarla. Como ella había accedido, se dispuso que el hermano de María Cecilia, de 14 años, partiera con ella. Así emprendieron el viaje a la gran ciudad con mil recomendaciones de mi madre y el silencio de mi padre”. Laura no se detuvo: “Apenas llegados a Buenos Aires, comenzaron las actividades de Perón. Mi hermana lo acompañaba a recepciones, entrevistas, partidos de fútbol y de básquet. Todos requerían la presencia de esa personalidad que estaba surgiendo. Junto a él comenzó mi hermana a trabajar en la Secretaría de Trabajo. Las jornadas eran agotadoras, pero se sentía bien. Hay una fotografía donde aparece Perón entrevistado en Radio El Mundo y ella está a su lado. Posteriormente Yankelevich le regaló un ramo de flores. También María Cecilia apareció en cortos periodísticos de Sucesos Argentinos. Tal vez muchos de los amigos del general Perón no recuerden a mi hermana, porque él era muy reservado en su intimidad. Su vida sentimental era recoleta. Lo que sí puedo decir es que se querían mucho”.

Laura finalizó en esa entrevista manifestando: “Recuerdo cuando llegó la separación. Fue muy doloroso para Cecilia. Regresó con mi hermano a Mendoza e ingresó en la escuela Experimental de Teatro de la Universidad Nacional de Cuyo. Quiero que el nombre de mi hermana ocupe el lugar que le corresponde. Jamás volvieron a verse, pero quiero agregar algo muy curioso: cuando Perón conoció a mi hermana le dijo que la llamaría Isabel, porque era el nombre de mujer que más le gustaba. Él la presentaba en todas partes con ese nombre”.

Cuando la interrogué sobre la coincidencia respecto del nombre de la última mujer de Perón, Laura sólo sonrió. María Cecilia Yubel Peña murió en 1989. Fue una mujer que creyó y esperó. Tal vez al final del gran camino se hayan encontrado definitivamente.

En el año 1979, en una recepción a la actriz Eloísa Cañizares ofrecida por el entonces cónsul de España, en el Plaza Hotel (hoy Hyatt), cena a la que concurrí como periodista, observé la llegada de una mujer madura, muy sugestiva, que suscitó la atención de todos los concurrentes. Vestía con un traje azul Francia y aros de brillantes. Ante esa deslumbrante presencia, le pregunté a Eloísa Cañizares quién era. Me dijo: “Es María Cecilia Yubel, fue novia de Perón”.

Perón vivió desde 1939 a 1942. Residió alternativamente en bellas casas: Perú 860, de ciudad, frente a Plaza Italia. En Agustín Álvarez y Martínez de Rosas. Estaba asignado a un regimiento de infantería, donde dirigía un equipo de esgrima. Asimismo, practicaba ese, su deporte favorito, en el Club de Gimnasia y Esgrima de calle Gutiérrez. Era un asiduo comensal del Restaurante “Torchios” de calle Entre Ríos (hoy Librería Entre Ríos), antes de llegar a San Juan. Su coche, recordaron algunos testigos de esos días como su peluquero del club era “un imponente Packard Super Eight, con asientos forrados en ratán (una especie de vistoso mimbre originario de la India)”. Perón venía de Europa donde siguió de muy cerca el vertiginoso desarrollo del fascismo que impuso en Italia “il duce” Benito Mussolini. Era viudo de su primera esposa, Yolanda Tizón.

*Liliana Valverde,
periodista destacada de nuestro medio de notable participación en radio y
gráfica. Es historiadora y profesora en la Facultad de ciencias políticas y
sociales de la UNCuyo.