Mercedes Sosa cumplió años el 9 de julio. El 10 de julio Messi y sus compañeros por fin ganaron la Copa. ¿Algo que ver una cosa con la otra?

   Mucho que ver, mucho. Las dos fechas nos convocan a celebrar. A brindar. A sobreponernos a los humanos y humanas que encarnan la malaleche. Esos que por estos días están “celebrando” la tragedia del número redondo de los 100 mil muertos ocasionados por la pandemia. Porque, no nos engañemos, hay demasiados compatriotas que estaban esperando, sin disimulo, una derrota en el Maracaná. Pero, damas y caballeros, esta vez la malaleche nos no ganó la jodida pulseada.

   Desde esta columna hemos celebrado muchas veces el cumpleaños de Mercedes. Aunque hayan pasado unos días, convencidos de que –como cantan las tribunas– la Negra no se fue / la Negra no se fue… vamos a seguir brindando. Sí, celebrando desde la prepotencia de la alegría bien habida. Perdonen la autoreferencia: la vida me regaló el privilegio de la amistad con Mercedes Sosa y con los años eso se tradujo en la única biografía que fue escrita y publicada con ella presente: Mercedes Sosa, la Negra (editada por Sudamericana, en 2003). Los 9 de Julio compartimos decenas de cumpleaños con la Negra, y esas fechas estaban enarboladas por el entrañable aroma de las empanadas y el locro familiar. Esas empanadas y ese locro que tanto extrañaba Mercedes en sus años de exilio. Aquí aparece un personaje de sabiduría no debida a los libros ni a las universidades, la mamá de la eterna Negra. Es momento de recuperar algunos momentos vividos que entretejí en la biografía. 





   “Siempre sucede. Cuando Mercedes Sosa canta, exhaustos de adjetivos, exclamamos: `¡Qué la parió la Negra!` Y con eso estamos preguntándonos quién la parió. La madre que parió a semejante voz se llamaba Ema del Carmen Sosa.

     Sí, estamos de cumpleaños porque nuestra Negra Mayor nació el 9 de julio de 1935. Para siempre nació. Voy a hablar con la autora de la sangre de Mercedes. Fue una prodigiosa mujer, sin escuela. En la biografía que escribí sobre la Negra, a doña Ema (ella entonces tenía 88 años) le dediqué un capítulo entero. Voy por párrafos de aquel encuentro. En el aire ya flameaba un lento locro y las empanadas inventadas por sus manos. Escuchémosla:

– “Yo sé de cocina, pero hay platos modernos que no sé hacer. Los hacen muy rápido. Claro, las pobres mujeres trabajando afuera no ven la hora de volver para estar con sus hijos. Antes, yo a los chicos los mandaba al colegio, hacía las cosas de la casa, y mientras tanto iba haciendo el puchero. Empezaba a las nueve y media, a las doce y media estaba listo. ¡Y qué puchero salía! Todo era tan lindo aun en la pobreza. Ya uno se sentía feliz al poner la mesa… 

–¿Por qué a Mercedes usted le dice Marta?

–Ella fue anotada Haydé Mercedes, yo quería ponerle Marta. Y en casa así la sigo llamando. Sabe, yo quería ponerle también Julia Argentina, porque nació el 9 de julio. Pero bueno, no todo sale como uno lo pide. Lo grato es que mi Marta nació bien sanita. Lo recuerdo patente: eran las tres menos cuarto de la mañana. La tuve en el hospital porque me habían dicho que venía muy grande. Gorda y tan linda…

–¿Muy rebelde Mercedes de chica?

–Nooo, por favor. Eso sí, no era muy estudiosa que digamos. Andaba mejor en gimnasia, canto y música. A los seis años se envolvía con el mosquitero y se hacía la bailarina española. Más le digo: la Marta, si no hubiera sido cantora hubiera sido pintora. Hacía dibujos hermosos, mano de artista. Y yo no quería que cante.

–Usted no quería, pero…

–Mire, cuando Mercedes tenía doce años ¿doce o catorce?… se presentó a un concurso en la LV12. Después vino mi marido y me dijo que había un concurso por la radio, y que había una chica con muy buena voz… “ya va a empezar, pongamos la radio”. Y la presentan y canta “Estoy triste”, de Margarita Palacios. Yo hablo para disimular, mi marido me comenta: “Decime, ¿ésa no es la nena?”. Resulta que ganó ella. Y a los tres días viene el director de la radio y me enojo mucho y ella me dice asustada: “Lo hice por jugar… la profesora de música me dijo que me presente.” A mí eso de cantar no me gustaba nada nada nada.

–¿Nada?

–Nada. Porque había que hacerlo afuera de la casa.

–Doña Ema, ¿ni un poco le gustaba?

–No no no. Porque siendo una artista yo la pierdo a mi hija. ¿Cada cuánto la voy a ver?

–Un poquito egoísta usted.

–Algo sí, le acepto.

–Su Marta, Mercedes Sosa, triunfó y es adorada.

–Lo que usted quiera. Pero sufre. 

–Hoy, ¿volvería a no querer que cante Mercedes?

–Sí. Porque es mucho sufrimiento el que ha tenido mi hija.

–¿Usted cambiaría todo lo que es Mercedes en el mundo por una vida de ella en una casa?

–El dinero tiene valor. Pero lo moral tiene más. Le repito: la Marta es buena hija y hermana, pero yo veo que sufre mucho. ¿Qué son los aplausos? Duran lo que duran… Sé que muchos la quieren, pero yo la quiero más que todos. No me gusta la frivolidad, la fantasía. Los aplausos quedan para el público, pero yo como madre sólo quiero que la Marta no sufra. Y ella sufre cuando se va; cuando está lejos mucho sufre.

–¿Y qué pasa con usted cuando la escucha cantar?

–Lloro. Pero tengo remedio para mi sufrimiento y el de ella: le hago de comer.

–Cuénteme, doña Emma: ¿Cuál es el secreto de ese locro que vamos a comer para celebrar vida?

–Si al locro usted no le regala paciencia, que nadie se ponga a hacer el locro.

–La Negra me contó que cuando volvió a comer sus empanadas le volvieron las ganas de vivir.

–¿Vio lo que le dije? La Marta estuvo muy mal. A mí no me dejaron verla, hasta que la vi en lo de la señora Mirta Legrand… ayyy, qué terrible, tuvieron que llamar un médico para mí. Fíjese si se me muere la Marta. 

–Difícil ser madre.

–Difícil. A una madre verdadera no le importan las vanidades del mundo. 

–¿Ser madre es sólo sufrimiento o trae algo de felicidad?

–Todo junto… A mis hijos les enseñé que cuando vean a alguien que cometió robo no digan ése es ladrón.No. Digan pobre hombre que tiene que sufrir tantas cosas. Matar no es necesario para vivir. Robar, a veces sí. Si una madre ve que su hijo necesita un pan, entonces roba para darle a ese hijo. Y lo hace en la ley. La ley de ser madre… Hemos hablado suficiente ya ¿no? Vamos a comer locro y empanadas con la Marta. Ella come poco últimamente, eso me preocupa.

–Pero antes dígame: doña Ema, ¿seguro que aún hoy sigue sin querer que su Marta cante?

–Lo que le dije. Si ella no anduviera cantando no sufriría tanto. ¿Qué importa que cante tan lindo y que la gente la aplauda? ¿Qué madre puede querer que su hijo sufra? La Marta sufre. Y he notado que come poco.

Posdata

   Los ídolos también tienen madre. Para las madres de los ídolos, ellos no son ídolos, son sus hijos. Esas madres están más allá del aplauso, porque están más acá. Al aplauso tarde o temprano se lo lleva el viento. Se lo llevó.

   Pero la madre estaba antes que el viento. Y estará después.

   Este año, cuando cumplió sus 86, Mercedes Sosa tendría el presentimiento de esa final en el Maracaná. Estoy seguro que, ahora, está celebrando el campeonato imposible. Con Messi, con Di María, con Fernández, con Scaloni, con todos los muchachos y, además, aboliendo las distancia de la geografía, con Bielsa y con Sabella y con Pekerman, y borrando las distancias de las banderas, con Neymar y con el arquero de la tan amada y sufrida Bolivia. Todo esto es posible por dos cosas: porque todas las patrias conforman una única patria, una única casa: la Tierra. Y porque la Negra hoy está aquí, y respira de otra manera, pero sigue respirando.

   Sí, no hay caso, las tribunas tienen plena razón cuando cantan: La Negra no se va / la Negra no se va. Qué se va a ir. Si está en la memoria del aire. Y a sus canciones el viento no las lleva, el viento las trae. Por eso el viento en este mes de julio tiene sabor a patria. El mismo viento que aparta y barre con su sabia escoba a los cínicos crispados profetas del odio y del fracaso y de la malaleche. 

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El sueño de la vendimia

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