Capitulo V

En el capítulo anterior describimos ampliamente como el boxeo fue motivo de inspiración y atracción de intelectuales, escritores, cineastas.

¿Por qué ha suscitado tanta devoción el boxeo? Quizá, de entrada, porque es un deporte bravío y oscuro, salvaje e individual, donde uno ha de sobreponerse a sí mismo constantemente. Francisco Calvo Serraller, catedrático de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid, en uno de sus escritos, sugirió que en ese aparente desquiciamiento como punto de partida se hallaba un correlato con algunos confusos valores de la modernidad o con algunos estados de ánimo de una civilización en constante crisis. Pero además tiene otros valores: la exacerbación de la fuerza, el coraje, la estrategia, la esgrima, la potencia, la valentía, la sangre y tal vez la búsqueda de un golpe demoledor que es toda una metáfora de triunfo, supervivencia o inspiración. Afirma el escritor.

La nada o la gloria. El box encarna, casi como ningún otro, el lenguaje del cuerpo que es tan poderoso y variado, y en cierto modo tan intelectual, como el lenguaje mental. Un espíritu tan exquisito como el del escritor Jean Cocteau le dedicó muchas páginas al pugilismo, tras conocer a Panamá Al Brown, aquel campeón de color que fue un “artista del ring”, un bailarín, un mago de la improvisación y del golpe por sorpresa, un estilista. Traemos a colación una cita de Cocteau y su fascinación por el boxeo de Panamá Al Brown, al que convirtió en su amante y de quien habló en su discurso de ingreso en la Academia Francesa: “¡Desconfiad, deportistas! Tendréis que mediros cada vez con un príncipe del cuadrilátero, un fenómeno, un brujo, un acróbata, un psicólogo, un espectro, un sonámbulo, un poeta; en una palabra, un boxeador”.

Más recientemnte se conoció otro obra literaria sobre la “leyenda del boxeo” Panama Al Brown, también llamado el “ Rey de la noche parisina”, del escritor frances Alex W. Inker.

Otro enamorado del boxeo, y en concreto de Panamá Al Brown, a quien le dedicó una biografía muy original, un documental y muchas, decenas de obras de arte, es el pintor madrileño Eduardo Arroyo, que van tan lejos como Jean Cocteau y se atreve a comparar el ring con un lienzo. Se pregunta y se contesta: “¿Por qué toda esta pasión, esta curiosidad, esta devoción por el pugilismo? Yo también me lo pregunto. El pintor es un hombre solo. El boxeador es un hombre solo. El ring es un cuadro blanco, marcado por la sangre, el sudor, el agua y la resina donde se representa el drama. Sangre, sudor y lágrimas. Éxitos raros y fracasos frecuentes. Una toalla vuela como una paloma derribada por un disparo”.

Para interpretar la dimensión del pugilismo que va de la máxima pobreza a la gloria y mayormente al fracaso, rescatamos un escrito textual, del saldo de su vida firmado por Panamá Al Brown:

“Mi nombre es Alfonso Teófilo Brown, pero el mundo me conoció como Panamá Al Brown. Nací en Colón en 1902 y ahora, cincuenta años después, sé que se termina mi tiempo. Fui el primer latinoamericano en ganar un título mundial de boxeo. En mi carrera de púgil gané 123 peleas, y aunque perdí 10, nunca besé la lona. Fui el peso gallo con los brazos más largos de la historia. Más que brazos, tuve rifles”.

“Me llamo Panamá Al Brown. A los veinte años crucé el mar hasta Nueva York. En el viaje, adormecido por el leve bamboleo del buque, soñé con cinco caballos que cruzaban al galope frente a mí. Al pasar me miraron de perfil, como miran los caballos a los hombres. Luego, sus sonidos y figuras se desvanecieron detrás de una nube de polvo.

“Abandoné Nueva York con destino a París. En Francia mi gorra a cuadros, mi traje beige claro y mis zapatos blancos siempre causaban sensación. Allí conocí la fama, la ostentación, la alta sociedad. También la traición y la derrota. Intoxicado por el agua que me daba en la esquina mi propio entrenador, perdí el título ante el español Baltasar Sangchilli.

Llegué a odiar el boxeo y empecé a ganarme la vida como artista. En bares exclusivos cantaba y tocaba el piano, para después terminar mi presentación bailando e intercambiando golpes con un retador invisible.

“Así hasta conocer a Jean Cocteau: francés, escritor y homosexual por partes iguales. Para algunos fue amistad, para otros romance. Lo cierto es que me convenció de volver al cuadrilátero y vengar aquella perfidia. Motivado y acompañado, recuperé mi forma, mi velocidad y mi gracia. Vencí a Sangchilli, recuperé el título, gané una fortuna, y de Cocteau, meses más tarde, me quedé con su silueta desapareciendo en una habitación enrarecida por el humo del opio. De dicho período me quedé también con esta pregunta: ¿qué es peor, la traición o la venganza?

“Tanto como el boxeo, amé el lujo, el juego y la vida nocturna. Mientras pude y hasta donde fue posible, viví ambas vidas: el deporte y los excesos. Un día estalló la guerra y perdí lo que me quedaba de dinero, de amigos, de optimismo. Fatigado, confundido y en la ruina, crucé de nuevo el mar de regreso a Nueva York. De este viaje no recuerdo ningún sueño.

“Padecí sífilis, fui opiómano, ludópata, músico, bailarín, marica y el mejor boxeador de peso gallo de mi época. Es el año 1952 y espero la muerte en una pensión sucia y maloliente en la ciudad que nunca duerme. Adentro de mi cabeza hay dos boxeadores microscópicos, uno es bueno, el otro es malo. Ya se sabe quién va a ganar. Me llamaron Panamá Al Brown. Una vez soñé con caballos.”

Otro gran personaje y muy buen púgil que escribió un libro para contar parte de su vida fue Jhonny Tapia: “Mi Vida Loca”. Un testimonio desgarrador de lo que le toco vivir. En enero del 2002, Jornada entrevistó a Jhonny en Londres y su mujer quienes nos contaron esa impresionante historia volcada en el libro. Recordamos en estas páginas parte de esa historia como ejemplo de lo duro de la vida de los boxeadores.

Jhonny nació en Albuquerque, maleado por la vida y fogueado en los cuadriláteros desde los nueve tiernos años, poco después de que viera cómo apuñalaban y secuestraban a su madre. A su padre lo asesinaron antes de nacer él. Estaba pues escrito que el destino era tomarse a puñetazos con esa vida loca que no ha dejado de devolverle sus ganchos desde antes de caminar por su propio pie.

Cinco veces conquisto el titulo mundial: 52 victorias y sólo dos derrotas jalonan sus 15 años como profesional. En cuatro ocasiones, cuatro, le dieron por ¨clínicamente muerto¨, y siempre por golpes recibidos fuera del cuadrilátero.

Diez veces ha dado con sus huesos en la cárcel y otras 12 ha pasado por rehabilitación para superar su adicción a la cocaína, que le hizo colgar los guantes durante tres amargos años. Se pasó varios meses enclaustrado en su casa. Una noche, desesperado, encañonó con una pistola a su propia mujer, Teresa Chávez, que empezó como su representante, después fue novia y ahora es algo así como su ángel de la guarda , corroído por ese torrente autodestructivo que quiere arrastrarle prematuramente a la tumba, como a tantos otros mártires del boxeo. La propia Teresa lo llevó noqueado por la droga a un hospital de Albuquerque. La causa oficial de su ingreso fue una reacción alérgica al tylenol y a la codeína, que estaba usando para tratarse un resfriado. Un tiempo antes también pernoctó un en un hospital de Las Vegas. Se desplomó al salir del baño de su casa. Le dieron por muerto al entrar en urgencias al salir dijo: ¨La vida no me va a dar más oportunidades. Johnny Tapia no puede equivocarse otra vez, o de lo contrario morirá. A la próxima moriré, me quedaré fuera. Y no va a haber manera de volver: mis nueve vidas se han acabado¨.

Pero siempre me quedó en la memoria que explorando su infame infancia, es donde echaron raíces todos sus males. El fantasma de su padre le persigue desde que nació, y aunque le dijeron que murió asesinado, Tapia se ha empeñado en buscarle. A los siete años, sobrevivió milagrosamente a un accidente de autobús. Salió arrojado por la ventana, eso lo salvó. El pibe arrastró el trauma durante meses, aunque aquello no era más que el preámbulo de la tragedia que le tocó vivir meses después. El niño estaba durmiendo en la casa que compartía con su madre, Virginia, y con sus abuelos. Escuchó gritos de auxilio, era su madre. La apuñalaron 22 veces con unas tijeras y luego la ataron al paragolpe de una camioneta que la arrastró durante varios metros por la carretera. A la mañana siguiente, su madre había desaparecido. Tardaron dos días en encontrarla, moribunda, en un hospital de Albuquerque. Johnny quería decirle adiós, pero los abuelos no le dejaron. Encauzó la rabia a través del boxeo. Triunfó desde su primer par de guantes, pero pronto empezó a devanear con las drogas. En 1988 se hizo profesional, y ganó 21 combates de un tirón. Luego vinieron los tres golpes bajos, en forma de tres positivos de cocaína. La Federación Mundial de Boxeo le suspendió hasta 1994. La única capaz de domarlo es Teresa Chávez, de la que Johnny se enamoró perdidamente y con la que acabó casándose y adoptando un hijo. El calvario de aquellos años lo cuenta Johnny en “Mi vida loca”. En junio del 99 perdió contra Paulie Ayala, y aquella derrota tuvo algo de iluminación: se hizo devotísimo cristiano, tendió una mano a la policía local y encabezó una campaña para combatir las drogas y el alcoholismo entre los adolescentes. Mi vida loca se convirtió en Mi vida nueva, pero los golpes del pasado empiezan a pasar factura en su abultada cabeza: “Nunca pienso en el ayer porque ya se ha ido; nunca pienso en el mañana porque quizá no llegue”.

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