Apenas horas de comenzar la Copa América más irregular de su larga y rica historia, la Conmebol volvió a cambiar el reglamento y lo que hasta hace escasas semanas fue estricto y rígido, como que aquellos equipos que no tuvieran disponibles jugadores por razones de salud debían participar con lo que tenían o perder los puntos en caso de no presentarse, ahora pasaba a ser aceptado cualquier clase de cambio en las listas de futbolistas, sin límite alguno, dando un giro de 180 grados.

Por Sergio Levinsky, desde Buenos Aires. Especial para Jornada





De esta manera, los jugadores que den positivo de coronavirus en esta Copa América de Brasil, que iba a jugarse primero en Argentina y Colombia,  y luego sólo en Argentina, podrán ser reemplazados sin límites cuando las pruebas de PCR den positivo o los que sean considerados de “contacto estrecho” según la legislación local por lo que a consecuencia de ello deban ser aislados.

Esto significa que apenas semanas después, aquella camiseta verde de Enzo Pérez, cuando fue arquero ante Independiente Santa fe por la Copa Libertadores, cuando River fue obligado a salir a la cancha con lo que tenía pese a una importante cantidad de casos positivos –una marca de indumentaria sacó a la venta una serie de réplicas de la ocasional vestimenta del habitual volante- ya no tiene sentido. ¿Cuál es entonces la coherencia de la institución futbolística sudamericana?

Venimos insistiendo en estas páginas desde hace tiempo que el único interés de la Conmebol, ya sea con los torneos continentales de equipos o como ahora la Copa América de selecciones, es que se juegue a como dé lugar para poder recuperar económicamente las inversiones hechas por las empresas que adquirieron los derechos de TV, marketing y negocios colaterales y que llegaron a adelantar fondos en momentos complicados de la temporada, que ya fueron gastados por las distintas federaciones.

El derrotero que llevó esta Copa América hasta que suene el silbato y comience en las próximas horas el partido entre el ahora impensado local, Brasil, ante un equipo venezolano que es toda una incógnita al sumar trece casos de coronavirus –motivo por el que se especula que la Conmebol aceptó virar su reglamento hasta aceptar cambios ilimitados en los planteles-, es para sumar otros relatos de realismo mágico, desde el momento en que la Federación Colombiana terminó aceptando que era imposible organizar el torneo por las movilizaciones en todo el país en contra de las medidas del presidente Iván Duque, hasta los vaivenes del Gobierno argentino, que horas antes de manifestar que se iba complicando la chance de ser sede, sostenía desde su ministra de Salud, Carla Vizzotti, que dos mil personas que podían llegar para el certamen no significaban un motivo de preocupación desde lo sanitario.

Todo terminó en el peor país posible en el continente, Brasil, con cerca de medio millón de fallecidos a causa del Covid. A la Conmebol no le bastó que tres equipos de distintos países (Brasil, Uruguay y Argentina) regresaran de Colombia con múltiples casos positivos (pese a que tuvieron que jugar igual). Ahora, se conoce que a horas de comenzar la Copa América, no sólo Venezuela tiene 13 casos, sino que Bolivia  (otro de los pocos equipos que ya se encuentran en territorio brasileño) suma otros cinco casos, mientras que Argentina (desplazada como sede) consiguió que se le admitiera viajar sólo para los días de partido y mantener a su equipo concentrado en Ezeiza. Una irregularidad tras otra.

Ninguna señal es válida para la Conmebol. Ni los permanentes casos positivos de los jugadores, ni las manifestaciones políticas contra la organización de sus torneos (como ocurrió en Colombia en la Copa Libertadores o ahora en Brasil contra la Copa América), ni el comunicado emitido a principios de semana por los jugadores de la selección local que, escribieron, lo hacen sólo por el orgullo de vestir la camiseta nacional, ni que los capitanes de todas las selecciones hayan estado deliberando sobre si jugar o no, ni la situación sanitaria del país organizador, ni que muchas ciudades del propio país sede se negaron a formar parte del torneo, ni que tres empresas de las más importantes hayan retirado los auspicios, para no quedar atrapadas con su imagen a algo imposible de entender y aceptar.

Si pese a todas estas limitaciones se sigue jugando, ¿cuál sería el motivo para hacerlo? ¿Cuál es el argumento para no parar algo que, es evidente, va contra natura? Eso queda liberado a la imaginación de cada lector.

Luego vienen los temas psicológicos aún antes que los deportivos. ¿No opera de manera significativa, por ejemplo, en los planteles de Argentina, Colombia y Brasil el cambio de sede de la Copa América de los dos primeros al segundo? ¿Es lo mismo, para un jugador argentino o colombiano saberse local en el torneo y de repente, no sólo no serlo sino pasar a que sea Brasil el que ocupe ese lugar? ¿Es la misma seguridad? ¿Es la misma comodidad?

Con el antecedente de lo que ocurrió con el arbitraje en el Brasil-Argentina de la semifinal pasada en el Mineirao en 2019, cuando dos polémicas jugadas en el área brasileña ni siquiera fueron al VAR y el presidente de la Comisión Arbitral de la Conmebol e un brasileño (Wilson Seneme). ¿no aparecen los fantasmas otra vez? ¿El hecho de que Brasil jamás haya perdido un título como local en la historia de las Copas América no alimenta esto fantasmas?

Más allá de todas estas especulaciones, Brasil aparece como el gran candidato también desde su presente de amplia superioridad sobre el resto de los equipos sudamericanos, lo que queda reflejado en la tabla de posiciones de la actual clasificatoria para el Mundial de Qatar 2022, cuando en seis fechas ya sacó diez puntos de ventaja al quinto (Colombia), que hasta ahora entra en el repechaje cuando restan doce fechas para el final, es decir que a más de una rueda de finalizar, los dirigidos por Tité  ya llevan casi un punto por partido al último de los hasta ahora clasificados al Mundial, lo que demuestra una superioridad aplastante y estrellas en todas sus líneas.

En cuanto al equipo argentino, se espera que este torneo sirva para alcanzar cierta madurez colectiva con varios jugadores que van sumando partidos y acumulando experiencia, al igual que su entrenador, Lionel Scaloni. Si no hay título (como se viene negando desde 1993), al menos que haya juego digno, como lo que se pudo notar en las últimas presentaciones de la Copa anterior en 2019.

Exigirle todo a los equipos participantes y pretender que con todo lo comentado ésta sea una Copa normal, no es posible. No debió jugarse en este contexto. Y seguir intentando mirar para el costado y patear la pelota para adelante nunca fue un buen consejo. Y menos, ahora.

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