Por Alé Julián Sosa

El exponencial crecimiento tecnológico ha alcanzado tales proporciones, que hemos añadido a nuestra vida cotidiana innúmeros artefactos que hacen —aunque parezca increíble— la vida inimaginable sin ellos. El objeto concreto en el que hoy me he detenido a reflexionar es el celular. ¿Se han puesto a considerar el significativo agobio que resulta cargar con ese aparetejo de aquí para allá como si lleváramos un descomunal saco lleno de personas?

Uno se encuentra, pongamos por caso, en un café, charlando de su día con algún afecto, o incluso teniendo una reunión circunstancial, y ocurre de pronto que suena el celular y al diablo con lo que estábamos haciendo. ¡Ah, pero sucede que se trata de Ricardo que está urgido por hablar! —Disculpame un momento, tengo que atender. Hola, Ricardo, ¿qué tal?— Y casi como por arte de magia acontece lo mismo que si el tal Ricardo cayera del cielo precisamente en nuestra mesa desbaratándolo todo y echando a perder el momento tan conseguido que hacía pocos instantes disfrutábamos.

Y así cada vez: uno se encuentra con su pareja dando un necesario paseo y de pronto (Imaginar ringstone) ¡Paf! ¡Es Mariela, que nos avisa que mañana no podrá ir al trabajo porque se encuentra engripada! Y entonces se evapora como por un vil embrujo la dulcísima atmósfera que gustábamos hacía pocos segundos. ¡Nuevamente, como traído por un funesto vendaval, ha caído otro sujeto sobre nosotros y se destruye con estrépito nuestra intimidad!

Yo me pregunto: acaso si la cosa fuera diferente, si Ricardo o Mariela efectivamente cayeran sobre nosotros o nos embistieran en el preciso momento en que nos encontramos junto a otra persona, ¿seríamos tolerantes con semejante atropello? ¡¿Soportaríamos pasivamente una intromisión tan desagradable?! Seguro es que no, pero ocurre que en nuestros tiempos nos hemos hecho de un nuevo apéndice sonoro que ¡esta vez sí! requiere de toda nuestra atención en cualquier momento ¡y ay de quien no acuse recibo! ¿Y cómo ha de ser cosa diferente a un órgano del cuerpo si ni bien emite un sonido decimos: «Me suena el celular»? ¿«Me»? ¡¿«Nos»?! Tanto se ha integrado a nuestras vidas que ya lo sentimos como dentro de nosotros. ¡Es alarmante!

El celular no es mucho más que la última evolución del correveidile, con la escabrosa característica de encontrarse diseñado para extraer de nosotros información valiosa para el mercado y la chismorrería. Los infernales aparatos nos escuchan en todo momento, incluso cuando se encuentran bloqueados; sustraen datos sobre los lugares que frecuentamos, las personas que hemos visto, nuestros intereses gastronómicos (y de toda índole), de nuestro rango etario, nuestra identidad, etc., etc. Pero también ocurre que si no respondemos en el momento preciso, si decidimos ignorar a Ricardo o a Mariela, se enojarán lo indecible con nosotros ¡y Dios nos guarde si acaso llegan a ver que en el mismísimo momento en que nos llamaban, nosotros nos encontrábamos online en WhatsApp, o si, como suele decirse, les «clavamos el visto»! ¡Es la nueva policía de la comunicación!

Así es, el celular no es más que un nuevo apéndice del que sería un sacrilegio desprenderse, pero las consecuencias de mantenerlo cuando se inflama (y todos lo están) son mucho peores que la peritonitis, ¡créanme! La omnipresencia de ese aparato y sus pensos efectos han empobrecido en gran medida nuestra cotidianidad, haciendo de nosotros una nueva especie de moluscos sociales que deben atender incontables relaciones a un mismo tiempo, como una sucursal viviente de atención al público. Nos hemos acostumbrado a tales invasiones y la solución no parece encontrarse muy al alcance, sobre todo… ¡Perdón, un momento! Me suena el celular.



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