Por Rubén Gatica, de la Redacción de Jornada

Juan Forn es un escritor que deja huellas. Sus ideas y proyectos comienzan sin mucho ruido pero con el tiempo acaban por convertirse en referencias centrales. Así fue con el suplemento Radar, que creó para Página 12 hace casi 25 años, y así ocurre hoy con las contratapas que viernes por medio publica en el mismo diario. Con ellas ha editado ya cuatro volúmenes de antología e instalado prácticamente un nuevo género literario. 

Es autor de “Nadar de noche”, “Frivolidad” y “María Domecq”; alienta a escribir en sus talleres y dirige la colección Rara Avis (Tusquets), abocada a celebrar libros y escritores salteados por los catálogos estándar. Allí tienen cabida voces como la de Camila Sosa Villada (y su novela “Las malas”), tan original que nadie había reparado en ella. 

Una pancreatitis lo obligó a dejar la urgencia capitalina y abrazar la vida de pueblo en la costa. Allí lee, nada, medita, da largos paseos por la playa, restaura pasajes de la historia venidos a menos, atento al rumor de personajes que todavía tienen algo para decirnos.

–Tu problema de salud terminó siendo determinante en tus hábitos de escritura.

–La pancreatitis me hizo redefinir mi vida y venirme a vivir acá a la playa, también me dejó sin alcohol, sin café y sin casi todo; me quedé sin las noches, lo que hizo cambiar mi forma de vida. Cuando estuve acá, frente a mi biblioteca, me puse a leer y cambió mi manera de relacionarme con la literatura. Todo se volvió mucho más introspectivo; al no tener con quién compartir las lecturas intensivas que estaba haciendo, tarde o temprano eso desembocó en el papel: empecé a escribir para no quedarme con todo eso embotellado adentro. El resultado fue, primero, “La tierra elegida”, después “María Domecq”, y siempre es divertido ver cómo me solté de “La tierra elegida” a las contratapas de los viernes. La clave está en el último capítulo de “María Domecq”… Cuando escribí ese último capítulo, que va de Japón a Brasil y de principios de siglo hasta nuestros días, descubrí una manera de surfear el siglo y de liberarme de ataduras en la típica nota-crónica-ensayo periodística pero de buena pluma que intentaba hacer en “La tierra elegida”, en donde estoy mucho más atado a las convenciones del género, citar títulos, etc etc.

–¿Cómo fue el salto a las contratapas?

–Cuando me fui a refugiar en las contratapas estaba escribiendo “María Domecq”; creí que era el libro en que me iba a quedar a vivir, que era un libro como de mil páginas, que me iba a dar un refugio durante mucho tiempo… El problema era que cuando lo escribía sentía una puntada en el costado a los cuarenta minutos de escribir y me di cuenta de que lo tenía que soltar. Ese libro lo tenía que escupir de una vez, y me quedé tan vacío cuando lo terminé que no sabía qué hacer. Ahí fue cuando se me ocurrió empezar a hacer mis lecturas en la contratapa en Página e invertir la fórmula de todos los escritores, que es: cuando te dan una columna hacerla con el menor esfuerzo para poder dedicar después la libido al libro que estás escribiendo. Yo hice al revés, en vez de escribir un libro no escribía nada y sólo ponía la libido en la contratapa. Y yo creo que, como enseñan los orientales, la práctica empecinada de una fórmula, para llamarlo  de alguna manera, de hacer todas las semanas lo mismo, fue abriendo infinitas posibilidades y lentamente fui descubriendo que ahí adentro, en esas grageas –yo siempre digo que las escribía como un poeta escribe sus poemas, así escribía yo las contratapas–, así como salían, en el momento en que estaba adentro de la contratapa, sabía todo lo que había que saber del tema. Después, por razones obvias de espacio en la memoria, una vez que la terminaba de escribir me sumergía en otras, y como que el 90 por ciento de ese material se desvanece en el aire. Pero el efecto mosaico que fueron creando y esta idea mía de que todas juntas conforman una especie de historia paralela del siglo XX, fue ocurriendo, por supuesto, después. Como dice Kierkegaard, el problema de la vida es que hay que vivirla para adelante y sólo lo entendemos mirando para atrás. 

–¿Las historias acercan a la noción de un significado más amplio?

–Yo siento que el siglo XX es el siglo que entiendo de adentro, que lo entiendo bien, y me parece que todas las historias que cuento de una u otra manera trabajan el telón de fondo de época contra la situación, la crisis, la evolución de ‘x’ personaje. Casi todos los casos tratan de la explosión que tiene la época o el viento de la historia sobre ese personaje y en otros casos trata de mostrar cómo fue construyendo su estética o su poética, personaje que por lo general es un artista, o un matemático o un bicho raro de una u otra manera. En el fondo lo que he tratado de hacer es demostrar la famosa frase, que ya ni me acuerdo de quién era, que dice que si no te metés con la política la política se mete con vos. Yo no sé lidiar mucho con la política salvo cuando la política se convierte en historia y eso es lo que trato de hacer en las contratapas, mostrar las relaciones entre historias con minúscula, de vidas privadas, con historias con mayúscula, las de los grandes sucesos del siglo. 

–Muchos episodios transcurren en las primeras décadas del siglo pasado en la Europa del Este. ¿Te atrae de manera especial esa época y ese ambiente?

–Tengo varios berretines. En mis ciclos como lector hubo una primera época muy marcada por la poesía, después una época marcada por lo anglo, después viene el descubrimiento de la literatura argentina, después el amor con lo centroeuropeo, lo que ellos llaman centro de Europa, que son todos los países que quedaron detrás de la Cortina, todos los que de una u otra manera conformaron el Imperio Austro-Húngaro, de Rumania hasta Polonia o Ucrania, pero después me agarró una fiebre similar o mayor con los rusos, con los japoneses, con cierta clase de latinoamericanos que son los que me gustan a mí, así que es cíclico, voy pasando por etapas. Lo que pasa es que entre los años…   yo diría entre 1910 y 1940, lo que pasó en el centro de Europa fue potentísimo, literariamente hablando. Hay muchos escritores de esa época que me parten la cabeza.

–¿Cuando estás en la búsqueda de historias qué aspecto priorizás: la historia grande, la anécdota, el detalle poético?

–Si no fuera presuntuoso yo diría que no busco, sino que encuentro. Cuando leo espero toparme con algo que me dé una curiosidad malsana por ponerme a cavar y descubrir qué hay debajo. Una vez que me topo con una de esas historias le busco lo que yo llamaría las sonoridades, es decir los ecos, con qué se relaciona, qué hay detrás, en qué época ocurría, qué elementos afines, de otras épocas o de otros países hay, y por qué me interesa el personaje ese, qué es lo que me atrae de esa situación, esa anécdota o esa época de un personaje en particular. Y una vez que descubro eso siempre trabajo con la parte mía que considero común con los demás, es decir, que yo tengo en común con mis lectores, y por eso siempre cuando me pongo a escribir la contratapa pienso: qué me está diciendo esta historia a mí, qué nos está diciendo a nosotros, los que vivimos en esta época y leemos en esta época.

El orden de los factores es: primero me interesa que la historia esté bien contada, que genere una curva, una parábola que abarque todo lo posible; segundo, que el lenguaje acompañe y en determinados momentos levante, haga levitar un poco al lector, y la táctica para trabajarlo es, por supuesto, como decía Nabokov, los detalles, los divinos detalles. Agarrás un elemento ínfimo que le dé una coloratura a la frase o a todo el párrafo, o que te alcanza para describir lo que te llevaría muchísimos renglones, de escribir de otra manera.  

Juan Forn y su amigo Miguel Repiso, Rep.

–¿Qué representa en tu vida de escritor la figura de Abelardo Castillo?

–De Abelardo he escrito muchas veces que fue el tipo que más me enseñó. Yo cuando lo conocí estaba de pésimo humor porque había decidido que no iba a publicar más porque no le salía su novela sobre el alcoholismo, “Crónica de un iniciado”. Le quemé tanto la cabeza que un día me mostró unos papeles sueltos que tenía y de esos papeles fue saliendo “El que tiene sed”, que es el libro de él que más me gusta. La posibilidad de ver en acción a un tipo recalentando los motores, volviendo a escribir y entrando en la zona áurea, es decir, de ver que en determinado momento estaba escribiendo como nunca antes en su vida fue una experiencia invalorable. Nunca me voy a olvidar. Verlo en acción a Abelardo y que compartiera conmigo como su primer lector junto con Silvia, su mujer, las cosas que iba escribiendo de “El que tiene sed”, fue una academia literaria que no tiene precio. Una escuela de aprendizaje como no hubo otra. 

–“María Domecq” es una novela con muchos detalles autobiográficos. ¿Esperabas los inconvenientes que surgieron al publicarla?

–“María Domecq” sí tiene muchos elementos autobiográficos, de hecho toda la parte histórica es la parte más real. A algunos miembros de mi familia les produjo un profundo mal humor, pero bueno, yo vengo de una familia que es antiperonista y de derecha, acostumbrada a los privilegios, y por supuesto, cualquier versión de la historia que no sea la de ellos los inquieta, les molesta o les repele. Ver a uno de los suyos ventilando esa clase de cosas creo que los puso un poco nerviosos. Yo apuesto a que a largo plazo vean que el libro tiene un peso específico en otros lugares que hacen que la versión de la historia que yo cuento sea más verdadera que aquella en la que creen ellos.

–La novela también tiene su conexión con el mundo de la música. ¿Qué lugar ocupa la música en tu vida?

–La música no tiene particular lugar en mi vida. De chico tocaba la guitarra, de joven traté de tocar en una banda, escribía letras, quería ser segunda guitarra… Nunca me dio, así como nunca me dio para llegar a donde quería llegar jugando al fútbol. La literatura fue el “plan C” (ríe) en ese sentido, y durante mucho tiempo escuché mucha música. Lentamente, desde que me vine a vivir a Gesell, y que fueron cambiando los dispositivos para escuchar música, esa música fue, a mi gusto, volviéndose más chata y menos atractiva, por lo menos la música que me gusta a mí. Eso hizo que tomara más al silencio, y ahora me cuesta mucho más, por ejemplo, escribir con música que sin música. Escucho música cuando sólo estoy escuchándola. Básicamente la siento más distante. Con el cine mantuve la misma relación que tuve siempre, nunca se diluyó. Aunque dejé de ir al cine, lo cinematográfico siguió siendo una vía nutricia importante. La música es más que nada un recuerdo. Lo que más me gusta escuchar es lo que ya escuché. Soy medio tosco en ese sentido. 

–Dirigís la colección Rara Avis, en Tusquets, donde ponés el ojo en obras y autores difíciles de clasificar. ¿Es un gusto por abordar los márgenes de la literatura? ¿Un acto de justicia poética?

–Rara Avis es un juguete que me dio Nacho Iraola, razón por la cual le estaré siempre agradecido, que es la posibilidad de jugar a ser un editor independiente, hacer una editorial de un solo hombre, de una sola persona, adentro de una multinacional como Planeta. Los libros están hechos de manera completamente artesanal. Todo el laburo de rastreo de los libros para publicar, lo que se llama los paratextos, las traducciones, la imagen de tapa, el lanzamiento, lo hago todo yo, todo muy gasolero, con muy bajo presupuesto; en el caso de que haya traductores, trabajo mano a mano con los traductores, sino hago todo el laburo yo, y sí, es una manera de publicar libros que para mí son joyitas, y que por hache o por be se perdieron entre los pliegues, y si no se publicaban ahí no los publicaba nadie. Insisto, es un juguete, también es una manera de manifestar mi convicción en la literatura y la posibilidad que tienen los buenos libros a pesar de la época en que vivimos, donde está claro que esos libros parecen no tener cabida. 

Juan Forn en Instagram
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(Un agradecimiento especial a Pablo Gullo, por su colaboración para que esta nota fuera posible)