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Si a José María Gatica le hubiera tocado pasar a la historia, no como pugilista sino como hombre, por sus vicisitudes como ser humano que fue, seguramente en lugar de uno de los mayores boxeadores argentinos debiera ser recordado como el más desdichado de los seres humanos que diera el país, en ese antiguo oficio de pegar. Se dirá que también lo fueron otros grandes como Justo Suárez, Monzón, Bonavena. Sí, pero con la diferencia de que no les tocó dramatizar la inacabable y desoladora decadencia que se ensañó con Gatica en la última etapa de su vida, hasta el punto de hacerlo morir en la más absoluta miseria triturado por las ruedas traseras de un colectivo.

¿Cómo pudo llegar a ese estado un hombre que derrotó a cuanto boxeador se le puso por delante, ganó miles de pesos con las peleas con que “reventaba” el Luna Park, conoció los halagos de la fama y la amistad de los políticos más poderosos que dio el país, como Perón, Eva Duarte y su hermano Juan, y fue enviado con distinciones diplomáticas a los Estados Unidos, a disputarle nada menos que la corona de campeón del mundo al púgil norteamericano que la poseia?.





Porque pese a la potencia de sus puños, la rapidez de su mirada y la habilidad de sus brazos, José María Gatica, implacable y salvaje en el ring –“Tigre”, como él quería que le dijeran–, carecía de la más elemental defensa fuera de las doce cuerdas del cuadrilátero. Estaba indefenso ante la sociedad y el mundo de los hombres, comenzando por el de su propia familia, pero indefenso por dentro.

Carecía de cultura, es decir, de esa segunda naturaleza que es el blindaje interior que la civilización presta al individuo para que se defienda de las agresiones de sus propias potencias animales, y pueda, luego de controlarlas y dominarlas, dirigirlas en su propio beneficio por mandato de su propio cerebro. El “Mono” Gatica, como le enfurecía que lo llamaran, era analfabeto de solemnidad que no sólo no sabía firmar ni distinguir los colores sino que era incapaz de juntar las letras en una palabra. Magnífico animal de riña en el ring, fuera de él, sin el control de su promotor, manager y entrenadores –prestatarios de los resortes de su voluntad y la conciencia de sus actos– tampoco era capaz de dominar sus propias fuerzas, la de sus instintos y apetitos más depravados y degenerados –por los vicios y tentaciones de la “civilizada” ciudad–.

El gran periodista mendocino el profesor Carlos Suárez nos contó una anécdota tremenda. Dice que estaba él con Gatica tomando un café en uno de los bares aledaños al Luna Park, cuando entro un canillita provocador y le dijo: “Mira “Mono”, lee lo que sale en La Razón de hoy”… El Mono se enfurecía cuando eso le ocurría, porque sentía que le tomaban el pelo por no saber leer. Entonces el profesor Suárez le dijo que no era tarde para aprender a leer y que él conocía a un muchacho mendocino que era maestro y estudiaba medicina en Buenos Aires, que le podía enseñar… La anécdota no termina ahí. A los pocos días lo llama a Carlitos el apoderado de Gatica, Lázaro Coci, y le dice: “Carlos que has hecho con José María, si así analfabeto no lo podemos manejar, te imaginas si aprende a leer”…

Esa sucesión de derrotas morales que le fueron socavando los cimientos por debajo de sus títulos deportivos, terminó por infligirle el mayor fracaso de su vida, cuando en el tan precario pináculo de su carrera –amenazado siempre por sus hábitos disipados– es enviado a los Estados Unidos por el propio presidente de la Argentina, Juan Domingo Perón, y Eva Perón, con rigurosas recomendaciones y vigilancia. No obstante, allá encontrará el modo de burlar el control de manager, entrenadores, el mismo cónsul y hasta guardias militares que se le enviaron, para ir al Barrio Latino y caer en brazos de sus más entrañables enemigos: los grandes placeres de la noche. Todo eso con absoluta inconsciencia de su responsabilidad ante el país entero, y las advertencias que una y otra vez le hiciera por teléfono al Waldorf Astoria, donde lo alojaron, el mismísimo general Perón.

Por eso, sin dormir y alcoholizado, no le aguantó dos rounds al campeón del mundo Ike Williams, famoso por la demoledora eficacia de uno de sus golpes preferidos: el gancho al hígado.

Entre su debut profesional en 1945 hasta su último combate en 1956, realizó 95 peleas de las cuales ganó 85 –72 de ellas antes del límite–, perdió 7, empató 2, y una sin decisión. Conocido es el duelo histórico que instauró con su gran rival Alfredo Prada, con el que se enfrentó seis veces, dos como aficionados –una victoria para cada uno– y cuatro como profesionales –dos triunfos cada uno–, y que dividió al país en dos bandos claramente marcados y enfrentados.

De hecho, en una de las peleas encarnizadas que protagonizaron Gatica y Prada, este último, con un zurdazo espectacular y fulminante, fracturó el maxilar inferior de Gatica en el lado derecho en el primer round. Gatica continuó peleando semiconsciente hasta el quinto round hasta que un médico lo obligó a dejar la pelea, que Prada ganó por abandono.

Boxeador, hombre, mito, ídolo. Nacido y muerto en la miseria. La popular lo amaba. El ring side lo odiaba.

En una tarde gris y triste de domingo, un micro lo arrolló al intentar subir, a la salida de la cancha de Independiente. Moría a los 38 años y esa multitud que lo idolatraba cargó su ataúd a pulso durante siete horas hasta el cementerio de Avellaneda.

Así escribía sobre Gatic

El gran escritor argentino, el inolvidable gordo Osvaldo Soriano.

“No me dejes solo, hermano”. Tirado en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos, Gatica se aferraba al pedazo de vida que se le iba. Lo rodeaba una multitud de extraños que lo habían visto caer bajo las ruedas de un colectivo, a la salida de la cancha de Independiente. Pocos ojos entre los que miraban esa piltrafa cercana a la muerte habrán reconocido el cuerpo de José María Gatica, uno de los mayores ídolos que tuvo el boxeo argentino.

Tenía 38 años y parecía un viejo. Hasta ese día en que la borrachera no le dejó hacer pie en el estribo del ómnibus, había sobrevivido en una villa miseria como tantos otros; algún rasgo lo distinguía: la nariz aplastada, la sonrisa provocadora, un cierto desdén por el futuro. Era uno de esos hombres obligados a soñar con el pasado, porque el suyo estaba teñido de sangre y ovaciones.

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