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A los 77 años falleció Carlos Levy, uno de los poetas más importantes de Mendoza

25/12/2020 17:37

El escritor mendocino, de 77 años, falleció, según los indicios, de coronavirus. Fue uno de los más destacados poetas de nuestra provincia y también librero, editor y director de la Biblioteca San Martín

En el día de Navidad, y como una ironía de esas con las que gustaba reírse, provocar y escribir poemas deslumbrantes, el escritor mendocino Carlos Levy acaba de morir. Es él, sin dudas, uno de los grandes líricos contemporáneos y eso para una provincia de grandes poetas no es un dato irrisorio. En un año de grandes pérdidas, la ausencia que suma su fallecimiento (al parecer, como víctima de la Covid-19 que aún tiene en vilo al mundo) será aun más notoria.

Levy había nacido el 7 de julio de 1942 en Tunuyán, lugar que consideraba su “paraíso perdido” y en el que aspiraba a volver para vivir sus últimas horas, algo que no fue posible. El autor, que vivía en el centro capitalino, se descompuso durante la Nochebuena, fue internado y falleció durante la mañana de Navidad.

Muy pronto, en su juventud, y tras la mudanza al Gran Mendoza, comenzó a relacionarse con lo que podía considerarse la “bohemia” local. Sus gustos por las largas charlas nocturnas, en cafés ambientados por la música, el humo y los buenos tragos, lo llevaron a entablar amistad con grandes personalidades del arte y las letras de su tiempo, como Víctor Hugo Cúneo, Fernando Lorenzo (a quien lo unió una gran amistad y proyectos en común) y el plástico Ricardo Embrioni, a quien consideraba una de sus grandes influencias y a quien le dedicó varios textos. Además, por ese tiempo conoció a Armando Tejada Gómez, a quien siempre consideró entre los más grandes.

En los años 60, movido por sus intereses literarios y culturales, Levy se muda a Buenos Aires, ya con la decisión de volcarse a la escritura. Todo su trabajo y las experiencias de entonces cristalizan finalmente en Inmensamente ciudadano (1967), su primer libro, en el que a las influencias de la poesía de Juan Gelman le suma su siempre bien cultivado tono elegíaco y, además, su eterna preocupación por la “cuestión judía”, que él solía resumir en una frase: “No hay mayor judío que yo sobre la faz de la Tierra, pero soy ateo”.

A pesar de que, sin dudas, mostró con ese libro su calidad como poeta, habrían de pasar 17 años para que Levy pudiera publicar algo. De vuelta a Mendoza, se dedicó a varios oficios y a la venta de libros. En 1984, recopiló parte de la gran cantidad de poemas acumulados en su libro Café de náufragos (1984), al que poco después seguiría un libro muy particular: Anverso/Reverso, en colaboración con Fernando Lorenzo, y de una hechura muy particular: era un libro reversible en el que sus textos se cruzaban, como en un diálogo de café de esos que solían mantener.

Allí hizo Levy también sus armas como editor, tarea a la que se dedicaría en plenitud durante los 90 con una editorial emblemática: Ediciones del Canto Rodado, que no sólo publicó títulos de muchos autores locales, sino también algunos de otras latitudes (especialmente de su amigo y colega Marcos Silber) y algunos propios, como Té con hielo (1997), su primera edición íntegramente narrativa, en la que su poesía no podía dejar de colarse.

Luego llegaron su hermosa antología poética Destierros (2001) y un libro a dúo con Marcos Silber (Doloratas, 2001, también con temática judía). Entrados los 2000, llegaron sus incursiones en la gestión pública. Dirigió Radio Nacional (época en la que se produjo el lamentable robo de originales de Víctor Delhez) y la Biblioteca San Martín. También, por ese entonces, abrió una legendaria librería, llamada La Anticuaria, que primero estuvo en la galería Bamac y luego en la galería Tonsa, del centro capitalino, y que alimentó de lecturas a muchos amantes de la literatura y, también, a muchos coleccionistas.

Más tarde, en 2005, publicó una de sus obras más reconocidas: la traducción al judeo español (sefardí) del Martín Fierro, de José Hernández, experiencia que le valió numerosos elogios. Fueron años de varias publicaciones, ya que luego vendría su libro de poemas Viejo hotel y su colección de cuentos Adiós, Celina, adiós.

Tras su trabajo como asesor del gobierno de Francisco Pérez (quien lo declaró embajador cultural de Mendoza), con gran actividad en las diversas Ferias del Libro realizadas en el Espacio Le Parc, vendría un retiro efectivo de la actividad pública, que cambió para seguir escribiendo (y publicando), pero también para cultivar una pasión, para algunos, secreta: la talabartería. Además, como lo dijo muchas veces, para rodearse de sus nietos y bisnietos.

A la hora de posicionarse en la política, se cansó de llamarse “comunista”, “socialista” y “peronista”, indistintamente. Pero, como sucedía con la religión en su caso, también todo quedaba en segundo plano con lo que él consideraba su objeto de adoración: la palabra. A ella le escribió una conmovedora “oración del ateo” pensada para ser leída, justamente, en estas épocas del año. Y que tiene unos versos finales que parecen escritos para este momento, en que Carlos Levy acaba de morir:

“no nos dejes caer en la tentación del letargo / no nos prives del viento, tu palabra / no nos abandones mientras estemos vivos / que el día de nuestra muerte / prometemos olvidarte / amén”.

Fuente: Diario Los Andes