Jorge Sosa Miercoles, 12 de Junio de 2019

Lo que queda arriba

Miercoles, 12 de Junio de 2019
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Miercoles, 12 de Junio de 2019 |

Andamos mirando al suelo, muchas veces, el estado de las veredas hace que nuestras miradas desciendan hacia donde comienzan nuestro cuerpos. De vez en cuando nos lustramos los zapatos, eso ha de ser porque nos cansamos de verlos mugrientos.
Caminamos la ciudad y nuestros ojos, a lo sumo, miran a la altura de nuestros ojos. Pero vamos con la mentalidad puesta en llegar, llegar al trabajo, a una oficina, a algún negocio, a nuestra casa. Y en el camino se nos quedan numerosos paisajes que por pequeños no llaman la atención y sin embargo están ahí, para que los miremos, para que nos llevemos un cachito de ciudad en la mirada.

Y tiene cosas lindas para observar esta ciudad que somos, algunos edificios, caserones viejos poblados de historia que tal vez todavía alguien puede contar, árboles que son un monumento a la naturaleza, plazas que extienden la propiedad del verde por un horizonte limitado pero querible.

Vemos, pero miramos poco. No nos interesa lo que nos pasa alrededor y alrededor pasan cosas que son significativas. La gente, por ejemplo, que hace cosas o dice cosas dignas de tener en cuenta.

Hay pasajes de dolor, es cierto. Ver a uno de los “sin techo”, de los que están en situación de calle, no es un panorama muy alentador que digamos, duele en lo más profundo de nuestra solidaridad y no entendemos cómo puede haber compatriotas que no tienen algo, aunque sea una chapa que los ampare y anden revolviendo las bolsas de basura para encontrar algo que comer.

Hay paisajes de dolor, es cierto. Un niño pidiendo limosnas es algo que no debería existir en ninguna parte del mundo, es agarrar la esperanza y hacer un bollo con ella para tirarla al basurero más próximo.

Sin embargo, del lado positivo de la vida están las otras situaciones que dejamos pasar inadvertidamente y que sin embargo tienen cosas para decirnos.

Mirar un poco para arriba, más arriba del horizonte cotidiano puede acercarnos alguna sorpresa, un balcón florido, por ejemplo, alguien que se asoma a ver lo que ocurre abajo sin su presencia, alguna bandera olvidada del último 25 de mayo.

Pero más arriba de eso está el cielo. Este cielo cuyano maravilloso con un celeste bandera que nos cubre. Miramos para arriba solamente para saber cómo viene la mano con el clima y si debemos manotear el paraguas o no, pero mayor trascendencia no le damos.

Sin embargo ahí está, inmutable, cumpliendo su misión de ser el techito de más arriba. En la ciudad es muy difícil ver las estrellas de noche, la luminosidad de la propia ciudad nos impide tener una visión nítida. Pero hay lugares para hacerlo.

Una noche despejada y sin luna en Potrerillos o en Uspallata puede ser un paisaje inolvidable, uno de esos instantes de la vida en que nos sorprendemos con todo aquello que no trasciende en nosotros.

Alguna vez me ocurrió, antes de llegar a Uspallata a las cuatro de la mañana de un día jueves, no me olvido más, el conductor del vehículo que nos transportaba paró la marcha estacionó a un costado del camino, nos hizo bajar y señalando hacia arriba dijo, simplemente: “Miren”.

Entonces me encontré plenamente con el universo y quede con esa imagen para siempre.
El arriba nos llama y no nos olvidemos que allá arriba están todas las respuestas.

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