Mediodía del miércoles 4 de agosto. Teléfono de Roberto Suárez desde Mendoza a Buenos Aires. “Sabes, el Jorge Sosa murió esta mañana”. Reacciono puteando a la muerte. Otra vez ella, sin pedir permiso

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Dialogo imaginariamente con el Jorge, que según dicen se nos murió esta mañana.  “Flor de broma te mandaste –le digo. Jorge, podrías haber avisado. Ni siquiera esperaste un otoño más, otro otoño en Mendoza. Decime, Jorge, ¿la Negra Mercedes te estaba esperando junto con Tejada Gómez y Bustelo y Marianetti y los otros compadres del horizonte?

    No hay caso, me niego a resignarme a la noticia de último momento. Por eso no voy a escribir en tiempo pasado; no pienso hacerle el caldo gordo a la muerte, tan intrusa, tan jodida. Voy repetir, palabra por la palabra, lo que dije desde un escenario en el 2014, cuando me invitaste a concelebrar tu nombramiento como Ciudadano Ilustre de Mendoza.    

   –Hay tres preguntas, porfiadas, que me han agudizado la calvicie. En este diciembre del 2014 después de Cristo voy a confesarlas. Primera pregunta: ¿De dónde venimos, de dónde? Segunda pregunta: ¿A dónde vamos, a dónde? Y va la tercera: ¿Cómo es posible que en la provincia de Santa Fe hayan dejado escapar a Jorge Luis Sosa?

   Así es: “cómo es posible” que el muy famoso y admirado Sosa, siendo un crisol, haya ido a parar a Mendoza. Digo “crisol” por las múltiples actividades que desde años despliega. Un tipo así de diverso en sus dones no se consigue todas las décadas. Ahora que la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza lo ha declarado, ¡por fin!, Ciudadano Ilustre, uno advierte que el mentado Sosa, siempre brillante: es periodista, es actor, es cantante, es monologuista, es hacedor de minibiografías, es escritor, es poeta, es letrista multiplicado por las canciones, es contador de la historia provincial traspapelada por el olvido o por el ninguneo, alguna vez fue director de la emblemática revista Billiken, hace con igual destreza periodismo gráfico, radial y televisivo. Estamos hablando de un desaforado, de un hacedor múltiple que fuma y fuma y fuma enhebrando un cigarrillo detrás del otro. Al compás del mate en la radio, y al compás de un cafecito en la peatonal. 

    Entonces, otra vez: ¿cómo es posible que los santafecinos lo hayan dejado ir? El caso es que Mendoza desde hace años se viene beneficiando a rajacincha como consecuencia de esta distracción, de este garrafal descuido de los santafecinos. 

    Pienso que al Jorge Sosa le hubiera alcanzado con ser autor de una sola canción, “Otoño en Mendoza”, para justificar su paso por estas viñas y asfaltos del Señor. Tan sólo con la letra de esa canción el Jorge cumplió el tremendo mandato de tener hijo, plantar árbol y escribir libro o canción, que vendría a ser lo mismo. 

   Cuenta la leyenda que el Jorge vino a Mendoza a estudiar ingeniería en petróleo. Qué suerte que el estudiante de ingeniero haya fracasado. Suerte, para la poesía hecha canción, para el periodismo, para el escenario, para el humor.

Detengámonos en el Sosa humorista. Aunque le sobraba hilo, el Jorge no se quedó en la comodidad del chistoso. Valerse sólo del chiste, aunque se haga reír, no tiene gracia. En todo caso, la del mero chiste, es una gracia efectista, efímera. Conviene recordar que la diferencia entre chiste y humor, es la misma que hay entre ruido y sonido, entre hinchazón y músculo, entre chatura y nivel del mar. La lúcida María Elena Walsh solía decir que no es lo mismo ser profundo que haberse caído a un pozo.

   Esta diferencia esencial que hay entre el chiste y el humor viene muy al caso. Porque el Jorge Sosa, hábil como es, tranquilamente se pudo haber acuclillado en la risa conseguida con la peligrosa facilidad del chiste instantáneo. Por suerte no se conformó, no se quedó en el chistoso fácil, y se arrojó a la aventura prodigiosa de ser un humorista que radiografía nuestros hábitos y nuestras mañas. Y de ser un cordial inspector-alumbrador de las historias menudas, precisamente las historias que los almidonados académicos pasan de largo, traspapelan sin querer queriendo.

   Así es la cosa. Y el Jorge lo sabía: el chistoso tiene patas cortas. El humorista en cambio alumbra, revela, modifica, provoca reflexión. El chistoso sólo busca el efecto y la risa sin compromiso. El humorista penetra en nuestras vidas, nos provoca y sacude, nos hace mirarnos en imprevistos espejos, nos hace conocernos. Es más: el humorista nos incomoda, y mientras más nos incomoda más nos alumbra. El humorista es un radiógrafo, el chistoso es un güevón a veces patético, insoportable.  

    Nuestro ilustre Jorge Sosa, por años que son décadas, nos ha hecho sonreír y reír. Y esto, para los mendocinos habitantes del Oeste del paraíso, tiene un valor inconmensurable. Bien sabemos que Mendoza es un vergel hecho a pulso, inventado sobre un arduo desierto de piedras. Aquí la pulseada con el agua viene siendo crucial cuestión de vida o muerte. Soy del parecer que cada sonrisa, que cada risa conseguida a través de la lucidez del humor, equivale a un vasito de agua. Vasito de agua para la sed en el desierto.  

   Esta es la cuestión: ¿cuántos cientos, cuántos miles, cuántos cientos de miles de vasitos de agua haciéndonos reír o sonreír nos ha dado el Jorge Sosa? ¿Cuántos litros de agua expandió por el desierto de nuestras rutinas?
 Intentemos la cuenta: si cada sonrisa o risa conseguida es un vaso de agua, las miles, las cientos de miles de sonrisas y risas desatadas por su humor constituyen miles de litros de agua.

   Quiero decir que el Jorge Sosa viene siendo una acequia, nos riega el desierto. Por esto afirmo que es un humorista hídrico, un humorista ecológico. Tomemos conciencia, sumemos por favor cada sonrisa o cada risa, cada vaso de agua. Tantos y tantos vasos de esa agüita conseguida con el humor del Jorge Sosa nos están ayudando a doblegar este desierto de rutinas y paranoias auspiciadas por el incansable zonda de los medios.

   A propósito de la tan merecida consagración como Ciudadano Ilustre, estoy seguro que hay alguien que hubiese querido estar en este acontecimiento, para abrazar inmensamente a nuestro Jorge Sosa. Ese “alguien” es nuestra hermana mayor, nuestra mama, nuestra Mercedes. (Si le prestamos atención al semblante de este aire, ahora veremos cómo la Negra le está dando ese abrazo, inmenso. Lo abraza porque usted vivió enamorado de Mendoza. Lo abraza porque su amor por Mendoza fue, realmente, un “amor para siempre”. Te abraza la Negra, ahora, ahora mismo te está abrazando, para celebrara la gracia de tu gracia. Te abraza, agradecida, porque viniste a avisarnos que no es lo mismo el otoño, cuando el otoño es en Mendoza. 

Posdata.  –Venga Jorge, hágase cargo del afecto y de la admiración que le tenemos. Usted habrá nacido donde habrá nacido, pero hace rato que es mendocino desde la nuca hasta los pies. Nadie como usted se enamoró de Mendoza siempre y por siempre y ahora después de siempre. Con este abrazo, con este, lo estamos celebrando. Y dígale a sus ojos, siempre asombrados, que ni se les ocurra ponerse a lagrimear.

Ma´sí; si ahora quiere llorar en voz alta, como una criatura, déle, métale. Al fin y al cabo llorar vale la pena. Porque valdrá la alegría.

    Ahí va este abrazo; de los que duelen. Brindo con luminoso vino oscuro, por la tenacidad de tu entusiasmo. A las calles se les pone nombre, eso mismo debiéramos hacer con las acequias. Alguna laaaarga acequia mendocina deberá llevar tu nombre, Jorge Sosa… Mientras tanto, ahí va, Jorge, este besito en tu incansable y prodigiosa mollera. 

[email protected]   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

Homenaje a Jorge Sosa


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