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Murió Henry Kissinger, hombre clave de la política exterior de Estados Unidos

Por más de 50 años fue el artífice de las relaciones internacionales de la Casa Blanca, a las que les imprimió su sello. Impulsó el tristemente célebre Plan Cóndor en América del Sur.

Redacción
29/11/2023 23:46

El exsecretario de Estado de Estados Unidos Henry Kissinger murió a los 100 años en su casa en Connecticut. Durante más de medio siglo fue el artífice de la política exterior de Estados Unidos a la que le imprimió su sello.

Nacido en la alemana Baviera en 1923, inició su carrera pública en la academia de Nueva York y en Harvard, desde donde pasó sin escalas a la Casa Blanca. Fue secretario de Estado bajo las presidencias de Richard Nixon y Gerald Ford (1969-1977) y se desempeñó como asesor de Seguridad Nacional durante el mandato inicial del primero.

En 1973 fue distinguido con el Nobel de la Paz por su aporte al final de la guerra del Vietnam.

En los años 70 abrió las relaciones americanas con China y de alguna forma puso a ese gigante en el mapa del mundo para contrarrestar la creciente influencia soviética, también es cierto que, en cambio y con un inexplicable desprecio, alentó, avaló, justificó y hasta aplaudió las más violentas y sangrientas dictaduras en América Latina, un continente que puso y dejó en manos de la CIA en aquellos años en los que se dedicó a Vietnam, a China y a los dos Orientes.

Fue asesor de Seguridad Nacional del gobierno de Richard Nixon, concibió un mundo equilibrado, pero con Estados Unidos como potencia regente de ese equilibrio; a su modo, ayudó a hacer un poco menos peligrosos y duros los ya de por sí duros años de la Guerra Fría y lidió con la extraña psicología de Richard Nixon, que lo tuvo como mano derecha en los tormentosos años de sus dos presidencias, cortadas al sesgo por el Caso Watergate. Después de dejar la Casa Blanca fue hombre de consulta y de decisión: varios de los presidentes que siguieron a Nixon, en especial los dos Bush lo buscaron como guía y hasta como consuelo.

Fue un estadista frío y calculador, de profundos odios personales como el que expresó siempre hacia el socialista chileno Salvador Allende, al que contribuyó a derrocar y que mantuvo aun después de la muerte de Allende en el Palacio de la Moneda en 1973. Tal fue su éxito personal en solventar aquel sangriento golpe que abrió las puertas en Chile a la dictadura de Augusto Pinochet, que a los pocos días de la caída de Allende, Nixon lo hizo secretario de Estado.

Nació como Heinz Alfred Kissinger en Fürth, Baviera, Alemania, el 27 de mayo de 1923, en una familia de judíos alemanes y en plena descomposición de la experiencia socialista de la República de Weimar. En 1952 se graduó con una tesis que anticipaba su futuro: “Paz, Legitimidad y Equilibrio”. Permaneció en Harvard como director de Estudios Especiales. En 1955 inició su ascendente carrera política en el Consejo Nacional de Seguridad, el primer escalón hacia la Casa Blanca a la que llegó en 1961, durante la presidencia de John Kennedy. Fue partidario y asesor de la carrera política de Nelson Rockefeller como gobernador de Nueva York y como precandidato a presidente por el partido republicano en 1960, 1964 y 1968.

Nixon lo hizo Consejero de Seguridad Nacional y lo convirtió en su alter ego ni bien asumió como presidente, en enero de 1969.

Bajo el puño de Kissinger, ya convertido en el poder detrás del trono, la política exterior de Estados Unidos pasó a ser más dura y dominante. Nixon había asumido con la promesa de terminar con la impopular Guerra de Vietnam, pero no quería pasar a la historia como el primer presidente de Estados Unidos en perder una guerra. Buscó entonces a través de Kissinger lo que encerraba una frase de circunstancia que enmascaraba la catástrofe militar: una “paz con honor”, capricho que alargó en vano aquella matanza.

Kissinger vio en China un gigantesco cliente para los productos de Estados Unidos y un contrapeso para el poderío de la URSS, con la que de igual modo negoció con éxito los tratados de control de armas nucleares. Con Nixon reelecto en 1972, Kissinger se convirtió en la figura más fuerte y decisoria de su gobierno hasta que el huracán Watergate llevaron a Nixon a convertirse en el primer presidente de los Estados Unidos en renunciar, el 9 de agosto de 1974.

Los éxitos diplomáticos de Kissinger en Oriente y, de alguna forma, también en Europa, no tuvieron correlato con su política para América Latina. En 1970, según revelaron las conversaciones telefónicas desclasificadas entre Nixon y Kissinger, por entonces secretario de Seguridad, ambos conspiraron para impedir la asunción del socialista Salvador Allende, electo ese año en Chile, y para derrocarlo tres años después.

Con cierta candidez, y no era un hombre cándido, Kissinger confesó en sus memorias que luego, Nixon había destinado cuarenta millones de dólares de aquellos años para “hacer crujir la economía chilena”, que de verdad crujió en los años siguientes. Con un lenguaje más formal, Kissinger firmó el ya famoso “Memorándum 93″ sobre Seguridad Nacional, titulado “Política respecto a Chile”. En las copias secretas enviadas a la CIA, al Departamento de Estado, al Departamento de Defensa, el Pentágono, y al equipo de asesores militares de Nixon, Kissinger estableció “una postura fría y correcta en público”, y a la vez “ejercer la mayor presión posible sobre el gobierno de Allende” a fin de evitar su consolidación.

Sus detractores lo responsabilizan si no en el diseño, sí en la tolerancia del Plan Cóndor, el trabajo en común de varios servicios de inteligencia y de grupos paramilitares que secuestraron y asesinaron a miles de militantes y simpatizantes de izquierda en Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Brasil. La central de inteligencia de Estados Unidos actuó en decenas de operativos encubiertos con la aprobación del llamado “Comité 40″, que presidía Kissinger, y que reunía a ejecutivos y jefes militares del Departamento de Estado, de la CIA y del Pentágono, encargado de analizar “avances y proyecciones del comunismo internacional”. Entre 1976 y 1977 la estrella de la CIA en América latina era el famoso general Vernon Walters, protagonista de “Misiones discretas”, como tituló a su autobiografía. Ese año, la Agencia de Inteligencia de Estados Unidos estuvo en manos de George W Bush, que sería luego vicepresidente de Ronald Reagan entre 1981 y 1993 y presidente de Estados Unidos entre 1989 y 1993.

El 10 de junio de 1976, dos meses y medio después del golpe militar en la Argentina que derrocó a Isabel Perón y ya con el general Jorge Videla instalado como hombre fuerte del “Proceso”, Kissinger dialogó con el entonces canciller de la dictadura, almirante César Guzzetti. Los documentos desclasificados del Departamento de Estado revelaron hace años que, en esa ocasión, Kissinger avaló la represión ilegal, los secuestros y asesinatos que el poder militar había desatado en el país. “Si hay cosas que tienen que hacer, háganlo rápido y vuelvan lo antes posible a la normalidad”, dijo entonces a Guzzetti, reunidos ambos en Santiago de Chile donde se realizaba la Asamblea General de la OEA.

Retirado ya de los cargos públicos, Kissinger visitó la Argentina para presentar los dos primeros tomos de sus “Memorias”, donde admitía lo de los cuarenta millones de dólares cedidos por Nixon para “hacer crujir” la economía chilena, y para ver algunos partidos del “Mundial Argentina 78″ en Rosario y en la Capital. Años más tarde, por el accionar de su política hacia América Latina y por su implicancia en el Plan Cóndor, el entonces juez de la Audiencia Nacional de España, Baltazar Garzón, intentó investigar e interrogar a Kissinger. No tuvo éxito. Legisladores de su país y muchos de sus compatriotas también impulsaron su juicio penal en Estados Unidos. Tampoco fueron escuchados.