Paso a darle cuenta de la situación, Señor José Francisco. Yo sé que el concepto que usted tenía de patria dista mucho del que tenemos en la actualidad

Por Jorge Sosa, Redacción Jornada

Hoy aparece como algo abstracto que se pinta de celeste y blanco después de un triunfo deportivo o se refugia en mínimos actos escolares donde el himno se canta más con mímica que con voces. Sé que en su tiempo la patria era algo tangible en sacrificios, en dolor, en sangre, pero bueno, usted sabe que los tiempos cambian y lo que ayer era honor hoy es negocio y lo que ayer era lucha hoy es convenio. Recuerdo sus palabras, Señor José Francisco.

Recuerdo cuando usted dijo: _ quien le habla no tiene más interés que la felicidad de la patria. Paisano, sacrificaría mil veces mi existencia para sostener la República. Porque no son los españoles a quien hay que batir.

Los ambiciosos y los díscolos son los mayores enemigos – Usted dijo esas palabras hace casi dos siglos y seguramente se asombrará al saber la vigencia que aún tienen. Los ambiciosos y los díscolos nos han dejado la República con los bolsillos flacos, la piel junto al hueso y un hambre escandaloso en los rostros de millones. Recuerdo cuando usted preguntaba: – ¿Hasta cuando esperaremos para declarar nuestra independencia? – Pues, mire, Señor José Francisco, tengo que ser sincero, declarar la hemos declarado, pero aún no la hemos conseguido. No hemos comprendido que la independencia se declara una vez, pero se reafirma todos los días. Claro, ya no hay soldados enemigos en nuestro territorio, pero bueno, los invasores han cambiado ejércitos por órdenes económicas, por poderosas compañías que ni siquiera bandera tienen y por acosos culturales que dejan a nuestras raíces enterradas, pero no creciendo. Uno tiene la sensación de haber sido derrotado sin haber participado en batalla alguna.

Preguntará usted, Señor José Francisco, ¿Cómo andan de esperanza? Bueno, ¡Qué quiere que le diga! No es para asombrarse por el stock, pero algo nos queda. ¿Sabe lo que nos queda, Señor José Francisco? Su ejemplo. No, no lo digo para alabarlo. Sé que no lo satisfacen las lisonjas. Lo digo recordando que en algún momento usted también tuvo que luchar contra la incomprensión y el desamparo de los poderes de turno, y a pesar de tener ganas de mandar todo al cuerno, siguió con su obstinación de libertad, que debe ser la más hermosa de todas las obstinaciones. ¿Se acuerda cuando usted le dijo a Pueyrredón, deme dos pueblos como Mendoza y libertaré América? Yo pienso como usted, Señor José Francisco, y pienso que todavía es posible.

Porque esta sustancia de vida que se parió en desierto, agua y libertad, aún sigue flotando en el mismo aire que alguna vez usted respiró. Es todo, Señor José Francisco. Me gustaría extenderme, pero temo cansarlo con el informe de la situación. Sigo al pie de la letra una de sus máximas para Mercedita: que hable poco y preciso. Espero que lo que le he comunicado no le altere su paz y si tiene un tiempito, y si puede, péguese una vueltita por sus antiguos pagos, que en una de esas agarramos y empezamos de nuevo.


Con todo respeto, Señor José Francisco.


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