La Violeta Parra el 5 de febrero de 1967, hace 54 años, decidió ser la autora de su muerte. Era domingo a la tarde en su desolada carpa de La Reina, en Santiago de Chile; estaba haciendo empanaditas para la función. Dolida por el desamor dijo basta y dijo gracias a la vida y apretó el gatillo, y se acabó el sol. Tenía 49 años de edad

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

    Nunca me resigné a ciertas muertes y decidí, con la impunidad de la ficción escribir para el teatro, entre otras las resurrecciones de García Lorca, de Van Gogh y la de la impetuosa Violeta. En su momento me señalaron que me la pasaba “resucitando gente”. Respondí: “Vivimos en un mundo y en un país donde se mata y se desaparecen humanos sin pedirnos permiso; yo no pienso pedir permiso para imaginar resurrecciones. Resucitar(nos) es un derecho y es un deber.”

     Reanudo lo que escribí hace 4 años en esta columna. Por entonces Augusto Pinochet tenía un merecido “reconocimiento”: la Cámara de Diputados de Chile, con el voto de 69 diputados a favor, 23 en contra y 6 abstenciones, lo declaró como el “más criminal” gobernante de ese país. (Que descanse ¿en paz?) 

   Aquella noticia referida al grandísimo cabrón, cobarde y asesinador serial me llevó a recordar y compartir un pasaje de mi “Violeta viene a nacer”, obra que escribí hace más de tres décadas. Reuní al sumo criminal con la Violeta y en la ficción teatral me sucedió esto: tras su suicido, Violeta despierta ¡en el paraíso! Se espanta porque “allí no hay olor a comida, en cambio hay olor a incienso y demasiados fruncidos”. Espantada, la Violeta decide suicidarse otra vez y vuelve a nacer, y reanuda las empanaditas que dejó a medio hacer. En su retorno a la vida se entera de la carnicería del otro 11 de setiembre y sale a buscar al hediondo dictador. Lo encuentra por fin y le descarga una insultación que culmina mandándolo al sitio de donde brotó, es decir: la lora de su madre.

    Hace 54 años Violeta Parra se nos fue a respirar de otra manera; comparto ahora otro breve momento teatral. Es cuando ella decide recuperar la alegría, la celebración. Escuchemos a la huracanada Violeta:

   “… Esto es harina y agua; mis manos amasan y enhaciendo pan les digo lo que me digo: desde que la Tierra late esto viene siendo un perpetuo valle de lágrimas. De lágrimas muy mal repartidas, tan mal repartidas como los panes. A más lágrimas, menos panes. Joder con la aritmética, ¿no? Pero, no sólo las lágrimas, hay otras cosas que nos pertenecen. Y las vamos a recuperar, ahora mismo. Como que me llamo Violeta.

    “…¡Manos a la obra pues! Vamos a agarrar lo que desde siempre nos pertenece: el agua y el fuego y la piel del aire y el color de los colores y los cinco sentidos ¡y el sexto también! Así pues: los güevos y las güevas en su sitio: ¡basta ya de Altos Santos y Altos Mitos! ¡Basta ya de altares enchapados en oro obsceno! ¡Basta ya de tilíntilín! Porque a la Tierra aquí la tenemos, más acá y más allá de nuestras narices: rasante, toda, es un sucesivo interminable altar. Nuestros santitos sólo tienen el abrigo de la intemperie, no tienen otras armas que cuchara y cuchillo y tenedor, no tienen otro escudo que el solito corazón…

   “… ¡Ah, qué prodigiosa viene siendo la tierra que nos parió, y nosotros tan distraídos, con el pescuezo roto ¡de tanto mirar p´arriba!… Les digo lo que me digo con el pan ya pidiendo la calentura del horno: El júbilo era de nosotros. Era, y lo perdimos. La alegría era de nosotros. Era, y la perdimos. La fiesta era de nosotros. Era, y la perdimos… Señoras y señoritas, perdimos todo lo que nos quitaron, pero ojo al piojo, ¡también perdimos todo lo que perdimos!     

    “… Ellos, los buitres almidonados, hicieron lo suyo sin tregua y hasta en las fiestas de guardar. Ellos nos vienen domando el pulso, porque nosotros no hacemos lo nuestro; extraviamos lo que fundó la Tierra, lo único que no se compra ni se vende: perdimos la celebración, perdimos la sagrada alegría. Ellos, qué apretaditos hacen lo de ellos. Nosotros ¡a lo nuestro!, qué postergado lo tenemos. Porque, carajo, seguimos malentretenidos, ¿qué somos al fin? Somos todo el tiempo comentaristas tardíos de masacres e injusticias ya consumadas…

   “… Señores y señoritas, ¡el sufrimiento no se puede negar y es justo el llanto y cierta es la úlcera de la injusticia! Pero no nos hagamos gárgaras con la enfermedad y la derrota. Lo nuestro está muy pendiente, y no siempre por culpa de los otros… Cantores y escribas y creadores: ya basta de regodeo y de regusto con la enfermante enfermedad. La enfermedad es lo único que goza de buena salud. Así pues, basta ya de ofender con la costumbre de tanta lágrima a los muertitos, a nuestras florcitas desgajadas: adiós a la penumbra y adiós a los pañuelos mocosos: debemos, ahora mismo, recuperar lo primordial perdido.

   “… No nos importe que lo sencillo, así en la vida como en la literatura, no tenga prestigio: en la nuez de lo primordial está nuestra única posible salvación. La salvación en nuestras manos está, como este pan que ahora palpita entre mis dedos y enseguida tendrá semblante. Lo nuestro es vadear la muerte contra natura, es doblegar el luto, es desnucar la rutina. Lo nuestro es alzar las polleras para que la sangre se entierre en la sangre ¡y haga más sangre! Lo nuestro es ver oír paladear olfatear y tocaaaaar… Lo nuestro es lo que hace girar la rueda de la Vida. No es sólo la sangre ofendida y el llanto y el luto sumiso. Lo nuestro es ¡la sangre adentro de la sinfonía de los cuerpos!

    “… El pan cuenta con el fuego. Va por su semblante. Ay, mamita mía, perdón por tanto sermón. ¿Mis palabras suenan a puro verso? Caray ¡carajo! como que me llamo Violeta, juro que no va a amanecer otro sol sin que antes aquí aquí aquí suceda ¡la fiesta! ¿Que con qué vamos a hacernos la fiesta si no tenemos más tierra que la de las orejas? ¡Ja!, no tenemos nada, pero tenemos taaaanto: tenemos la sangre que no amaina y tenemos la saliva y la sal ¡y el sol está de nuestra parte!

    “… ¿Nos vamos entendiendo pues? Aquí vamos a recuperar la fiesta por dos razones: porque sí, y porque se nos canta. Y la alegría será. ¡Aquí no va a quedar muñeco quieto, ni títere con cabeza, ni esqueleto en su sitio, ni pajarito de pajarón desmayado, ni chucha con el himen pendiente!

    “…Ya pues. El pan asoma desde el horno y las empanaditas emocionan el aire y el vino viene para meternos música en las venitas del cuerpo. Ya pues. Estamos con la vida. Y la vida se deja…”

 Posdata

    En tiempos en que el neoliberalismo es “un monstruo grande y pisa fuerte”, hay que hacer como la Violeta: salir de la autocompasión y recuperar la fiesta y la alegría (que también nos afanaron).

   Hoy por hoy la Violeta estaría dichosa y rugiente en medio de esa multitud convertida en un aluvión que ya desborda las grandes alamedas, por fin. Sí, hay que reformar esa constitución fruncida, hay que vadear tanta muerte y tanto miedo. No olvidemos: en este febrero del 2021, la Violeta avanza ¡rugiente! en el vientre de una multitud que cuenta con el Sol.

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