Los orígenes

Los hombres luchan con los puños desde el mismo día en que comenzaron a vivir en comunidad. Esta forma de defensa, junto a las piedras y las mazas para protegerse de los peligros, siguieron utilizándolas para abrirse paso a través de los milenios que separan su condición de salvaje del período en el cual surgen las civilizaciones primitivas.

Unas excavaciones efectuadas en Knosos, en la prehistórica isla griega de Creta, foco de civilización sobre el Mediterráneo, demostraron que 4 mil años antes de Cristo ya se habría conocido una forma rudimentaria de boxeo. Lo mismo puede decirse de Homero, cuyos poemas, que se cantaron hace 3 mil años, contienen referencias a ese deporte, por lo que se supone que los hombres han luchado con los puños desde el primer día en que comenzaron a vivir en sociedad. Y que la “pvgmaquia”, o el pugilato, adquiere carta de su existencia en Atenas, y se le atribuye al Rey Tesus de Grecia, cuando es incluido en los Juegos Olímpicos del año 688 antes de Cristo, donde Onomastos de Smirna será el primer campeón oficial que registre la historia, y una simple corona de olivo, su único premio, retribución y bolsa.

Otro gran campeón de lucha fue Milonas de Krotón (Sicilia) fue uno de los atletas más famosos del mundo antiguo. Se dice que tenía fuerza sobrehumana y que una vez, en Olimpia, levantó a un toro en sus hombros y después lo arrojó al suelo, frente a los sacerdotes, para que lo aniquilaran. Fue declarado ganador en lucha y pugilismo, seis veces en Olimpia y muchas veces más en los Juegos de Pythia, Nemea y Isthmia. Estos fueron algunos de los más aclamados luchadores.

También se sabe que, como antecedente, pelearon dos grandes atletas de aquella época como fueron Creugas vs Demóstenes. Cabe señalar que no había número de rounds hasta que hicieron un trato. Comenzaron la pelea y Creugas golpeó a Demóstenes hasta el cansancio. Demóstenes le dio un golpe fatal a Creugas y lo mató, pero como no estaba validado ese golpe en el plexus se declaró vencedor a Creugas, aun después de muerto.

Pero para que quede constancia de la importancia y el tipo de practicantes del pugilato en la época clásica nos acercaremos a un personaje lo suficientemente importante y conocido.

Hablamos de un joven. Su padre era Mnesarco, rico joyero fenicio y su madre Pitia, de noble familia griega, por lo que este joven tuvo una refinada educación y fue alumno de Tales de Mileto. Se sabe que a los 18 años participó en los Juegos Olímpicos y que ganó todas las competiciones de pugilato. Este joven se llamaba Pitágoras… El boxeo era de todos y su práctica era motivo de orgullo para los púgiles, fueran quienes fueran.

Los contendientes pasaban un entrenamiento de nueve meses y eran seleccionados en una especie de eliminatorias. Al contrario que en otras disciplinas, casi siempre los púgiles estaban sólo dedicados al pugilato, ya que se entrenaban con más dedicación que los demás atletas por la nobleza y rigurosidad deportiva de esta modalidad. Doce días antes de los juegos llegaban a la ciudad. Una vez allí eran recluidos en un campamento de entrenamiento anexo a la palestra, donde un estado psicológico de misticismo se iba adueñando de ellos para la competición.

Para la preparación del boxador se utilizaban sacos o bolsas similares a los actuales llenos de arena o semillas; se denominaban Khórycoi y se usaron guantes así como “sparrings”. También realizaba ejercicios con la propia sombra y con andriantes u hombres estatua, que recibían golpes con protecciones durante los entrenamientos.

No había categoría ni de peso ni de tamaño y ciertamente  estaba reglamentado. Se sabe que había una amplia gama de golpes y con una técnica preestablecida, juego de piernas, fintas, defensa. El día de combate los boxeadores tomaban un desayuno formado por zumo de naranja, pan, huevos, higos y miel. El combate comenzaba cuando el sol era más ardiente, para comprobar las cualidades físicas de los púgiles. La superficie del ring era de arena y estaba limitada por los propios espectadores. Además, la zona utilizada para el combate sería reducida, ya que se consideraba un acto de cobardía si el boxeador cedía terreno a su rival. Las peleas transcurrían hasta que uno de los dos reconocía la derrota levantando el dedo índice, o se caía y no continuaba la lucha. No había lo que hoy conocemos como asaltos; era una pelea de comienzo a fin y de duración variable.

En competición, eran permitidos los golpes en cualquier parte del cuerpo. Agarrar, luchar o los golpes a los genitales eran considerados antideportivos, por lo que se castigaba a los infractores.

Dichas peleas podían durar muchas horas, ya que la importancia residía en no recibir golpes y soportar el tiempo necesario para vencer.

La guardia se llevaba con el brazo izquierdo flexionado y pegado al tronco y el brazo derecho se lanzaba por arriba y por abajo.

Los púgiles se cubrían las manos y los antebrazos con cintas de cuero de becerro, sobre la cual enrollaban un vendaje desde las manos hasta los codos. Este tipo de guantes se denominaba spahira, y dentro de ellos colocaban pequeñas bolitas de cuero cubriendo los nudillos para infligir un daño mayor al adversario. Dichas tiras de cuero se denominaban melichai o storphia. Desde el siglo IV a C fueron reemplazadas por guantes conocidos como oxeia himantes, con correas que envolvían por fuera y aseguraban a los brazos; los dedos siempre sobresalían de los guantes. Los atletas podían protegerse las orejas con una especie de orejeras conocidas como epitodes.

A veces las finales se realizaban a puños desnudos. Los atletas boxeaban en aquel entonces, totalmente desnudos, rociados en aceite corporal que se quitaban al terminar con una espátula curvada llamada estrigilo. Luchaban bajo un estricto código de honor.

Los primeros pugilistas griegos fueron atletas que no practicaban el deporte por interés económico; eran aficionados en el verdadero sentido de la palabra. Y dejaron de serlo para alquilarse, cuando el lujo y la riqueza aparecieron en la sociedad. No obstante, hasta esos momentos los protagonistas del boxeo eran con frecuencia esclavos especialmente entrenados.

La historia del boxeo discurre por senderos diferentes de los de la humanidad. Por eso el boxeo como deporte o espectáculo se desarrolla cuando los hombres han evolucionado lo suficiente como para rodearse de una mayor seguridad física y económica, que les permitirá dedicar su tiempo de ocio a distracciones como los deportes y torneos atléticos.

El boxeo llega al antiguo Imperio Romano desde Grecia. Más que un deporte era una atracción de gladiadores que sólo ponían en práctica los esclavos o los prisioneros de guerra. En dicha atracción los púgiles usaban el cestus, un tipo de guante metálico con clavos y cuchillas que mutilaban e incluso mataban a su contrincante. Aun llegaron más lejos al incluir en los guantes una espuela de bronce que llamaron myrmex (despedazador del miembro). Dichos “guantes” llegaban a pesar hasta 3 kg y no tenían otro cometido que infligir el máximo daño al rival.

El boxeo, que en sus tiempos heroicos se había practicado con los puños y el torso desnudo y sin una duración establecida, por la intención y el modo participará en la Italia imperial de las crueldades del circo romano. Y como ocurriría en la última época de Grecia, la recompensa ya no será la corona de olivo sino la propia vida. Porque como los gladiadores y otros luchadores de los espectáculos circenses de Roma, los protagonistas esclavos serán obligados a luchar hasta su muerte o la del adversario.

Cuando la estrella del Imperio de los Césares sucumbe con la invasión de los bárbaros germanos, el boxeo correrá la misma suerte. No sólo por la falta de esclavos y lo costoso que resultarán esos espectáculos, sino porque el cristianismo y la Iglesia, que asumirán todo el poder, reprobarán la crueldad de semejantes diversiones.

Desde entonces y por cientos de años –desde el siglo I al XVII–, el boxeo dejará de existir como deporte y espectáculo de masas. Debido también a qué en la Edad Media, y con el dominio de la Iglesia de Roma en toda Europa, aquellos torneos serán personales, incruentos y protagonizados no ya por plebeyos esclavos sino por nobles caballeros que preferirán la espada o la lanza a los puños.

Recién con la aparición de las ciudades modernas se registrará el resurgimiento del boxeo. Será en Londres, la gran metrópolis portuaria, desde donde se extenderá por el mundo. ¿Y por qué Londres y no la vecina París, por ejemplo? En primer lugar, por el rompimiento de relaciones de Inglaterra con el Vaticano, cuyos poderes y prohibiciones desconocerá. Y, en segundo lugar, por lo abigarrado y agresivo del populacho de las orillas del Támesis, que desde las barriadas miserables acudía a merodear en el puerto de mayor tráfico de Europa. Esos cuatro elementos, el político, el espiritual, el económico y el social, fueron los que debieron unirse para romper la veda que durante 16 siglos pesó sobre el deporte del pugilismo y su progreso.

Lo histórico es que a principios del siglo XVIII la práctica del boxeo ya ha cundido y se ha hecho popular en toda Londres, como medio de defensa personal, arte de ganarse la vida entre los más necesitados y “divertimento” de los más ricos. Porque ya hacia 1680 el duque de Albemarle organizó un juego a puñetazos, en su nueva casa de Essex, entre su carnicero y su mayordomo.

James Figg.

El primer campeón del mundo de los pesos pesados reconocido fue el inglés James Figg, que peleaba, con los puños desnudos, con cualquier hombre blanco que lo desafiara. Tuvo su propia academia, donde enseñó el noble arte.

La academia de Figg ganó mucha publicidad y consiguió cambiar la mentalidad de la gente sobre este deporte, que comenzó a sumar seguidores.

James Figg fue una persona clave en la historia de este deporte. Nunca perdió y fue considerado campeón de Gran Bretaña. Se retiró en 1730.

Fue así como el boxeo, brutal aún, fue adquiriendo importancia en otros muchos anfiteatros que se abrieron. Entre ellos el Totenham Court Road de Londres, de un tal Jack Broughton, que peleaba regularmente en su propio escenario y que con el tiempo pasaría a ser considerado “el padre del boxeo moderno”. ¿Por qué? Porque apesadumbrado por la muerte de George Stevenson, a causa de los golpes que le infligiera, Broughton tomó conciencia de la necesidad de humanizar esa lucha, es decir de reglamentarla. Porque más que un combate deportivo era una riña sucia y sangrienta, donde los púgiles, además de pelear sin guantes, utilizaban también los codos, los pies y toda clase de artimañas.

El reglamento de Broughton vino a revolucionar el boxeo, transformándolo de poco menos que una carnicería en un pugilato deportivo entre dos profesionales. Publicado en 1743, definía las condiciones por la que debía regirse un combate, a puñetazos exclusivamente, y la conducta que debían observar los boxeadores.

Tan acertadas resultaron estas reglamentaciones que tuvieron aceptación y vigencia nada menos que durante cien años.

A lo largo de varias generaciones los estilistas más notables serían ingleses, e Inglaterra el lugar adonde acudirían los púgiles de otros países para lograr el reconocimiento del público: los vecinos irlandeses, pendencieros por naturaleza, serán los primeros en acudir a Londres, y también americanos de los Estados Unidos, entre ellos dos que se destacaron poderosamente, Bill Richmond y Tom Molineaux, además de negros y esclavos. Ellos nos servirán para introducirnos en dos temas más que interesantes, como la aparición del boxeador negro, por un lado, y los orígenes del boxeo en los Estados Unidos por el otro. Más adelante, les dedicaremos el espacio que como precursores se merecen.

En 1867, cuando los “Camaradas de John” (por John Chambers, presidente del Amateurs Athletic Club) redactaron las reglas nuevas. El reglamento se publicó bajo el patrocinio del marqués de Queensberry, cuyo nombre siempre se ha asociado a ellas.

En aquel tiempo se acostumbraba recurrir, para editar un libro o una obra de arte, al padrinazgo de un personaje distinguido, como lo era John Sholton Douglas, octavo marqués de Queensberry, que había heredado su título diez años antes de la publicación del reglamento conocido por su nombre desde 1867. Estas reglas, que vinieron a sustituir, no a las de Broughton redactadas más de un siglo antes sino a las London Price Ring –“reglas del pugilato de Londres”, escritas y revisadas entre 1840 y 1853–, son un testimonio colectivo de la importancia que aquella actividad deportiva ya había cobrado.

El código de Queensberry, como pasó a llamarse, que revolucionó el boxeo y sería la base de su reglamentación, descansaba sobre cuatro principios firmes como pilares, que fueron: pelea con guantes, la eliminación de la lucha, la duración de tres minutos por asalto y el aumento a un minuto del descanso entre asalto y asalto. Fue así quedando atrás la época de los “bare knuckles” (combate sin guantes), e imponiéndose el que se llamaría boxeo científico. Sin embargo, como toda innovación intelectual en usos y costumbres arraigados en el pueblo, las reglas de Queensberry tardaron un buen tiempo en ser aceptadas universalmente.

Se trataba de doce cláusulas o condiciones que cambiarían radicalmente el juego del boxeo. Por ejemplo, la división de los púgiles por su peso, novedad que adoptó e impuso el National Sporting Club de Londres allá por 1909, es decir, más de 40 años después de publicado el código de Queensberry, que no obstante ya había regido el primer campeonato del mundo. Este se disputó en la ciudad norteamericana de Nueva Orléans el 7 de septiembre de 1892, cuando James Corbett le arrebató al gran John Sullivan el título de los pesos pesados que ostentaba.

No obstante, otras crónicas señalan que el primer título reglamentado por aquel código se disputó un 30 de julio de 1884, entre el irlandés Jack Dempsey y el norteamericano George Fulljames. Siete años después, un canadiense, George Dixon, se convirtió en el primer hombre en ganar dos títulos mundiales en distintas categorías. Y en 1903, Bob Fitzsimmons completaría una trilogía al adjudicarse los títulos de peso mediano, peso pesado liviano y peso pesado. Así llegó a ser el primer hombre en alcanzar esa hazaña. Cuatro años después, Eugene Corri, de Gran Bretaña, se convirtió en el tercer hombre dentro del ring, porque sería el primero que arbitraría una pelea como “referee”.

Eventualmente, el advenimiento de la radio y la televisión contribuyeron a la enorme popularidad del deporte de los puños, en el que ya es común pelear por varios millones de dólares.