Hilario, con su amada guitarra y la vestimenta que caracterizó gran parte de sus presentaciones.

Aquel 23 de diciembre de 1902 había regresado de Chile Anselmo Cuadros y se paseaba nervioso ir y venir entre patio de la casa y donde estaba su almacén de ramos generales: La Barraca de Don Anselmo, en la Medialuna, la mismísima Medialuna de Guaymallén, en la Calle Larga para más seña, y la que viera nacer años después al inefable Armando Tejada Gómez. Y no eran nervios menores, Carlota Romero, su mujer, estaba dando a luz. Dicen que dicen que dicen, como dice la tonada, que el niño nació al alba escuchando gallos cantores. Tal vez le daban la bienvenida, o acaso celebraban los parabienes de Carlota y Anselmo, pareja armoniosa amante del canto y la música. Poquita cosa se amaba más en esa casa. A los tres años la familia entera se traslada a la Cañadita Alegre, aquella que tanto conmoviera al pequeño niño y que a la vez fuera conmovida con sus juegos y gorjeos primerizos. Así es que, el que vino al mundo como Hilario, fue Hilarito de criatura, hasta convertirse en don de hombre, como su padre Don Anselmo. Don Hilario. Don Hilario Cuadros.

Había heredado, indudable, el amor al canto de padres y abuelos. Apenas adolescente hace dueto con su hermano Juan Guillermo y cultiva la música popular cuyana. A mediados de la década del 20 conoce al sanjuanino Domingo Morales, con quien forma también el dúo Cuadros- Morales y serenata va que serenata viene, entre tonadas y cuecas; gatos y polcas cuyanas, ya con el Don Hilario a cuestas, acrecienta fama y respeto de aquellos que saben escucharlo. El que al principio fue conocido como el chileno, recibe de un periodista de la época, Ernesto Fluixá, un nuevo apodo El caballero de la tradición. Su repertorio crece con él y en 1928, al mismo tiempo que el genial Carlitos Chaplin filmaba El Circo y Walt Disney daba a conocer el Ratón Mickey, Cuadros y Morales recalan con el dúo en Buenos Aires. 1931. Antes de establecerse definitivamente en Buenos Aires realizan una gira por varias provincias. En San Juan un periodista los saluda diciendo: “Bienvenidos, trovadores de Cuyo”. El saludo los entusiasma. Entonces el dúo Cuadro Morales pasa a llamarse Los Trovadores de Cuyo. El nombre quedaría grabado para siempre en la historia del Folklore nacional.

Una de las formaciones de los Trovadores de Cuyo. Arriba, de izquierda a derecha: M. Ochoa, Santiago Bertiz, Sentados: Felix Blanco, Hilario Cuadros y José Herrero.

Tuvieron que trajinar mucho en Buenos Aires, ciudad afiliada al tango con desesperación, abrazo que no permitía que se infiltrasen en él otros sentimientos, el del canto de las provincias, por ejemplo. Sin embargo, con el aplauso de público y críticos, el Caballero de la Tradición con sus trovadores, compartieron escenario con los grandes del momento. Entre ellos Buenaventura Luna, el amante de Huaco, Manuel Acosta Villafañe y el paraguayo Félix Pérez Cardozo con quienes compusieron y tocaron, siempre con Don Hilario al frente, partituras memorables juntando distintos instrumentos como el arpa paraguaya y el requinto cuyano, poco conocido en aquella época en el ambiente de los folcloristas.

La hermosa personalidad de Don Hilario, el viejito lindo como lo llama Jorge Marziali, en su canción homenaje, no hace otra cosa que cantar, componer y sembrar. Cochero ‘e plaza y amigos; La monjita y más amigos; Flor de Guaymallén y que otra cosa si no más que amigos, y de su siembra pavada de compadres que cosechó: Félix Dardo Palorma, el que sabía poner lindo el pago; José Zabala, Rafael Arancibia Laborde, Carlos Montbrún Ocampo y Alfredo Alonso. Nombrarlos a todos, sería como nombrar uno a uno a todos los cuyanos.

Le cantó a la gesta sanmartiniana como ninguno, Los Sesenta Granaderos y Bandera de los Andes, nunca están ausentes de los días de celebración patria

Párrafo aparte merece su Virgen de la Carrodilla, que se canta cada año en la Vendimia, en cada peña o juntada de cuyanos, como una esperanzada invocación, de aquellos que trabajando la tierra que esta geografía nos dio en suerte, hacen posible el vino nuestro de cada día.

Pero no se quedó allí nuestro histórico Don Hilario, interpretó también distintos estilos tradicionales latinoamericanos como el pasillo colombiano y otros, llevándolos, y siempre de la mano de la cuyanía cantada, como muestra de lo que somos, en sus andares por toda la Argentina, Chile, Perú y Ecuador.

No podemos hablar de la muerte ni la desaparición de los hombres como Don Hilario Cuadros, en todo caso un día dejan la vida para convertirse en hermosos fantasmas. Él lo hizo en Buenos Aires en su casa de Villa del Parque un 8 de diciembre de 1956.

Ningún homenaje más merecido que haber instituido el día de su nacimiento el 23 de diciembre como El día de la Tonada. Recordémoslo.

Hilariadas- Anecdotario

Carlos Cuadros, quien nos contó algunas de las anécdotas. Sobrino y ahijado de Hilario. Fiel vigía de la memoria de su padrino famoso.

Conversamos largamente con Carlos Cuadros, sobrino y ahijado de Hilario. Él nos abrió sus cajones, sus recuerdos y sus sentimientos. Nuestro agradecimiento.

APODO

Como expresa Carlos Levy en su biografía, en el momento en que Hilario nacía su padre llegaba de Chile. Los hermanos mayores de Hilario esperaban un regalo de su padre. Anselmo les dice: “Les traje de regalo un chilenito”. De ahí su apodo “el chilenito” que a algunos contempladores de su vida los hizo imaginar que su origen era chileno.

DESMENTIDA

Muchos sostuvieron, y aún sostienen, que Hilario le compraba las poesías a Quintanilla y anotaba las canciones a su nombre. Mentira grande. A poco de comparar la poesía de Hilario, simple, directa, pícara, popular, con la de Julio, más formal, académica, pulida, se puede deducir que no hubo tal “compra”, ni tal “robo”. Son dos cosas distintas y si Hilario se hubiera apoderado de alguna de las de Julio se hubiera notado con holgura de palabras. Eran muy amigos. Es posible, muy posible, que Hilario ayudara a Julio, económicamente, pero siempre lo respetó, y lo admiró en su tarea de escritor.

FUERA DE PROGRAMA

Hilario nunca actuó en una Fiesta Central de la Vendimia. En una edición de la fiesta, tal vez por bronca, varios de sus amigos organizaron, la misma noche de la Fiesta, una actuación de Hilario en plena calle San Martín, al lado del antiguo Cine Avenida, donde su amigo Carmelo Raiti tenía una casa de electricidad. Allí montaron el escenario. La convocatoria de público cubrió la calle San Martín. Fue todo un éxito.

La casa natal de Hilario en la Calle Larga (Pedro Molina). Ahí nació el mayor cultor de la música cuyana, ahí comenzaron a decirle: “El chilenito”.

GOLOSO

Compraba los alfajores en la Bola de Nieve, era un desesperado admirador de los de dulce de alcayota.

EL ZURDITO

En la mencionada gira por las provincias el dúo Cuadro Morales, antes de radicarse en Buenos Aires, recala en Tucumán. En una peña de la ciudad escuchan a un guitarrista zurdo que los asombra. “A este zurdito lo llevamos para Buenos Aires”. Así entró a formar parte, por un breve tiempo, del grupo de Hilario Cuadros ese señor de nombre Atahualpa Yupanqui.

LA TRASCENDENCIA

Sin dudas fue la radio la que le dio trascendencia a las canciones de los Trovadores de Cuyo. El grupo actuó en cuantas radios existían en Buenos Aires. A medida que la fama crecía sus discos comenzaron a venderse como “pan caliente”, llenaron las provincias y trascendieron el país. Los teatros de Buenos Aires en los que Hilario y su grupo actuaron con notorio éxito fueron Teatro Florida, Teatro San Martín y Teatro Avenida.

FAMOSO A LA DISTANCIA

La gira internacional que los Trovadores hicieron abarcó Argentina, Chile, Perú y Ecuador. En todos esos países fueron recibidos como ídolos, pero no llegaron a Colombia. Un día, en Buenos Aires, otro señor de la música le dijo a Hilario: -¿Qué hacés acá? ¡Tenés que ir a Colombia! En Colombia sos un furor- El dueño de las palabras era José Razzano, el inolvidable socio musical de Carlos Gardel. En la actualidad la música de Cuyo se sigue disfrutando en Colombia. En las grandes disquerías hay secciones dedicadas al canto cuyano y la oferta se centra, naturalmente, en los discos de Los Trovadores de Cuyo.

DE APURO

Los guitarristas que acompañaban a Hilario eran de Buenos Aires, pero Hilario hacía temporada de verano en Mendoza, actuando en el antiguo casino de la calle 25 de mayo. Los músicos porteños no podían soportar mucho tiempo lejos de sus otros trabajos y entonces Hilario los reemplazaba por guitarristas mendocinos. Sabido es que los de Cuyo son los mejores del país. Así pasaron por la formación, Santiago Bertiz, fugazmente Tito Francia, y los puntanos Alfonso y Zavala, entre otros de talento significativo. 

VANGUARDIA

Se piensa, equivocadamente, que Hilario se aferró a lo tradicional y no innovó. Su tarea desmiente tal afirmación, así como Félix Dardo Palorma incluyó el saxo en algunos de sus temas, Hilario formó el conjunto Guaymallén que incluía bandoneón, acordeón, arpa (ejecutada por su amigo paraguayo, el célebre Félix Perez Cardozo) violín y flauta traversa. Las grabaciones de este grupo muestran las ganas de innovar y avanzar de Hilario.

NACE UNA CANCION

Estando en el Challao, cerca de su devoción religiosa, y en tranquilidad con el paisaje, escucha el pregón de un vendedor de yuyos: ¡Jarillero, señora! ¡Jarilla fresquita! Hilario se inspira de inmediato, pide disculpas a los presentes y se encierra en su silencio a hacer la canción. Ahí, sobre el pucho, como dirían los buenos autores tangueros. El primero en cantarla fue nada más y nada menos que Antonio Tormo.

LOS POETAS

Tal vez sea Quintanilla el poeta que más se recuerda de los que construyeron canciones con Hilario. Pero fueron muchos y excelentes otros que contribuyeron con la mitad de la canción. Nombramos a Ricardo Tudela, Buenaventura Luna, Alfredo Bufano, Evaristo Fratantoni, Rubén Segura. La lista es extensa y exquisita.

SAN MARTIN

Una de sus obras más importante fue la serie de canciones dedicadas a José de San Martín en el centenario de su muerte (1950). Son doce canciones patrias de las cuales mencionamos: San Martín (cueca), El sargento de Ayacucho (cueca), Fray Luis Beltrán (canción), Bandera de los Andes (canción) , El manzano de Tunuyán (canción), Mi madre de Corrientes (vals dedicado a la madre de San Martín) y por supuesto la cantadísima Los sesenta granaderos.

LA FAMILIA

Anselmo, el padre, chileno, cantor y Ministro Plenipotenciario de Chile en la Argentina. Tenía en la calle larga, “La barraca de don Anselmo”, negocio de velas, cueros y jabones. Carlota Romero, su madre, cantaba a dúo con su hermana Magdalena el repertorio tradicional. Carlota falleció cuando los hermanos Cuadros eran muy chicos. De ellos se encargó la Tía Magdalena, quien les dio contención de madre a todos. Sus hermanos: Anselmo, Carlos Atilano (bailarín, representante y padre de Carlos Cuadros), Juan Guillermo (formó el primer dúo en el que participó Hilario), Magdalena, Virginia, Carlota, María Luisa (Tocaba el piano). Su esposa: Yolanda Carretero. Las hijas:  Magdalena (Profesora de piano) y Marta (Compositora como el padre).

CANCION ENTRE COMPINCHES

La autoría de la Virgen de la Carrodilla, uno de los temas más difundidos, está asentada así: Letra: Hilario Cuadros, música: Pedro Herrera, pero la verdad es que ambos son responsables de la música y de la letra, porque le fueron poniendo palabras y notas entre los dos. La compusieron a dúo.

SUS CREACIONES

Existe constancia de más de cuatrocientos temas de autoría de Hilario. La mayoría de extracción folklórica argentina, pero también con otros ritmos de América, cueca chilena, pasillo colombiano, sanjuanito, huayno, etc. Las obras grabadas de Hilario se editaron en los sellos Columbia y Odeón.

EL ADIOS

Hilario estaba muy enfermo. Le había extirpado un riñón y con el que le quedaba se las arreglaba para sufrir. Su otro riñón quedó muy afectado. Su médico lo aconseja: – Hilario, dejá el canto o el canto te va a dejar a vos- Hilario contesta desde el alma: – Yo vine con una misión y si tengo que morirme, moriré cantando – El 23 de noviembre de 1956, graba junto a su amigo, el gran folklorista catamarqueño Manuel Acosta Villafañe, la canción “Amor viejo vale más”, en los estudios Odeón. Hilario estaba mal, en la grabación entra a destiempo. El destino despide a los dos amigos casi al mismo tiempo, Manuel Acosta Villafañe muere el 7 de diciembre, un día después, muere Hilario. Una muerte a dúo, como fue su vida. Atahualpa Yupanqui lo despidió con una canción bellísima: “Le dictaba la patria cada verso / con la palabra simple del labriego / por Cuyo fue su brindis y su ruego / y la nostalgia azul de su universo”.

Cochero ‘e plaza. Su canción más famosa.

Recitado
Ah, gaucho Alejandro Orfila
soy su cochero cantor
tengo el coche lleno ‘e cuecas,
canciones y qué se yo.
A Juan Agustín Moyano
le brindaremos los dos
una tonadita añeja
y un cogollo de mi flor.
Nos juntaremos un día
en lo Serafín Godoy
brindaremos por Mendoza
por usted, por él y yo.


Cochero cuánto me cobra
por llevarme hasta la casa,
de mi comadre Paulina
que vive en la Vereda Alta,
no piense en lo que me cobra
porque el Chino anda con plata.
Anda el carro culatero
por catar vinos y grappas,
se me ha calentao el pico
y hoy ni San Pedro me para,
yo veo en usted amigazo
que ganitas no le faltan.
Allí le iremos pegando
a la cazuela, empanadas,
tortitas con chicharrones
y aceitunitas sajadas,
a los huesitos picantes,
al vinito y la pichanga.
Recitado
Dispense cochero amigo
diga si me lleva o no,
no me ande con medios teros,
diga teros y se acabó.
Que tanto embeleco
estando el naranjo seco.
Usted me lleva cochero,
ella vive a veinte cuadras,
tiene un par de ojitos pardos
que cuando miran atrapan.
Si usted gusta acompañarme
no es tan larga la distancia.
Bailaremos unas cuecas
y cantaremos tonadas,
con algunos cogollitos
a dúo si me acompaña.
¿Pá qué don Ramón Romero
de vigotera y polaina?
¿Qué le parece cochero
palabra cumplimentada?
Baje pronto la capota
y hasta que Dios diga basta.
Con requinto y con guitarra
ya está la pavita echada.

Homenaje al cochero. Poesía de Jorge Sosa. Interprete Pocho Sosa

Poesía
Yo tuve ocasión de ser su pasajero,
mi vida era pequeña y andaba por la plaza
desparramando el tiempo de los juegos.
El paraba en la esquina, ya entonces era abuelo.
Una barba canosa, descuidada y aguda
lo apuntaba hacia el suelo.
Como nubes celestes de cada madrugada
por sus ojos andaba rondando el mismo sueño
que juntara en la noches por llevar las tonadas
de algún serenatero
Cochero, ¿Cuánto me cobra hasta la Calle Larga?
Su carro era un destrozo que no se por qué causa
Seguía resistiendo.
Tal vez por el cariño, tal vez por el recuerdo,
tal vez porque esperaba morirse con el viejo
Cochero: ¿Cuánto me cobra hasta El Algarrobal?
Por contraste el caballo era color de nieve,
lo tiene mi memoria trotando el empedrado
entre nubes de aliento,
allá en las despiadada mañanas del invierno
Un día, yo tuve ocasión de ser su pasajero,
me subí por las ganas de pisar su pescante,
de sentarme en el brillo de su asiento,
por las ganas pequeñas, que tenemos de niños
de ver cómo se mueven las cosas desde adentro
Al volver a la plaza preguntó mi temor de unas pocas monedas
¿Cuánto salió la vuelta, don Antonio?-
Y el contestó: – Me sobra con un beso. –
Como suele ser siempre, mi infancia y su vejez
perdieron con el tiempo.
¡Don Antonio!
¿Habrá plazas en el cielo?
Aunque, hablando de distancias,
por volver hasta la vida ¿Cuánto me cobra, cochero?