Hace unos días, el 20 de noviembre, León Gieco cumplió los 69 años de su edad. Y me dije: ¿Por qué no celebrar periodísticamente un cumpleaños aunque no caiga en un número redondo? ¿Por qué no salir de nuestra costumbre necrológica? ¿Por qué no elogiar, de cuajo, sin esperar la jodida oportunidad de los epitafios?

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Raúl Alberto Antonio Gieco nos da la oportunidad para esa celebración fuera de los cómodos hábitos que pautan a nuestro periodismo de cada día. Hace 22 años, en 1998, a Gieco le dediqué un capítulo en mi libro “Argentinos en la cornisa” (editado por Aguilar). Después le dediqué un par de columnas en Jornada. No me retracto de lo escrito. Con alegría reanudo lo que expresé. Lo reitero como un modo de neutralizar la patética barbarie de estos muchachos que se apodan “pumas”, especie de “barras bravas”, racistas, homofóbicos, misóginos, xenófobos, violentos, con códigos patoteros y esencialmente cobardes. Un combo nada “ejemplar”, sin duda, que contribuye a ahondar la tan mentada y criticada grieta.

   Las columnas suelen motivar cartas de lectores. Las que recibí sobre Gieco fueron de admiración y hondo afecto. Pero la excepción me vino con una carta espeluznante de un señor mendocino encubierto en el anonimato de un mail. Acribillaba con insultos la presunta solidaridad de Gieco. Afirmaba que León recibía del gobierno nacional cifras astronómicas por sus recitales “benéficos”. Averigüé exhaustivamente. Llegué a la conclusión de que al señor de los amenazantes insultos lo que en realidad lo sacaba de eje (y de diccionario) era el sostenido, inquebrantable, compromiso de Gieco con las causas solidarias. No sólo no me retracto de lo que escribí sobre Gieco; aprovecho la celebración de sus 69 años de edad, para volver sobre su luminosa trayectoria.   

    Breve digresión. Aquí a el calor se le suma la calor y al verano se lo recalienta con la “sensación térmica”. Como dice en noble castellano el viejo Serafín Ciruela: “Me canto y me cago en la sensación térmica”. Para sobreponerme a la distracción de la sensación térmica elijo volver sobre un león de este sur.

Del dicho al hecho, en estos pagos, ¡qué trecho!

El trecho suele ser tan hondo como un abismo. Ese abismo se ha venido llenando con falta de vergüenza, desmemoria, mafia, impunidad, mano de obra desocupada muy ocupada, traiciones, incoherencias camaleónicas… Por eso tenemos la derecha que tenemos y por eso no tenemos la izquierda que debiéramos. Por eso los atorrantes se reciclan en sí mismos. Por eso el fascismo neoliberal alardea de libertario. Por eso cierto progresismo, disfrazado de seudoizquierda, se conforma con sólo ser esquirlas de un conato de sueño pendiente. Así estamos, amenazados por los que han reemplazado la genuina pasión por el odio.

     Sabido es que el promedio de nuestra sociedad aquí cacerolea sólo por motivos religiosos. ¿Religiosos? Sí, las cacerolas brotan sólo cuando les afectan la religión del bolsillo. Observemos: pregunta: ¿alguna vez las cacerolas de protesta salieron para reclamar por los niños robados en la dictadura? En la década del noventa, ¿cuántas cacerolas sonaron protestando por la aniquilación de la industria, cuántas por la degollación de los ferrocarriles, cuántas por la rifatización del patrimonio nacional y cuántas cuando se consumó la entrega alevosa de YPF?

    Sin embargo, pese a todo, pese a tanto, como sociedad todavía tenemos pulso. A ese pulso contribuyen presencias como la de este genuino artista popular. Un argentino, con perdón de resbalosa palabra, ejemplar. Gieco es un auténtico “cornisa”. Un cornisa es alguien que vive un rasgo de su personalidad hasta las últimas consecuencias. Gieco es sinónimo de coherencia. Y de solidaridad. Sol y dar y dad. Sílaba por sílaba.

   Este perpetuo caminante que desde hace una punta de años tiene cara de abuelo, encarna un caso asombroso. ¿Por qué? Porque “hace” lo que “enarbola”. Fanático de la coherencia, porfía para ser “como lo que canta”. A diferencia de tantos declamadores y cantores ruidosos y acomodaticios, redentores módicos, para León, del dicho al hecho no hay un gran trecho: hay un puente que él construye con tenacidad, diariamente.

    Comparto un par de fragmentos del capítulo que le dediqué:

“Había una vez un pibe demasiado apurado por hacerse hombre. En la mitad de cierta noche se desveló. Calor, mosquitos, el pesado ronquido de su padre, la resignada respiración de su madre, todos allí, durmiendo en el aire de la misma pieza… Desvelado como estaba, se dio cuenta de que faltaban dos días para la Navidad. Pensó en el regalo que recibiría: “Seguro que va a ser una camiseta o si no un par de medias”. Casi en voz alta el pibe decidió hacerse él mismo un regalo: el juego del Estanciero. Al otro día sacó la plata de su latita de ahorro, y se fue a comprarlo. Mientras le envolvían el juego miró de reojo una guitarra. Y la rozó con sus dedos. Volvió con el regalo disimulado entre diarios y lo escondió debajo de su cama. Todo llega y también la noche de la Navidad. Los cohetes, la sidra, la camiseta para el próximo invierno. Aprovechando el barullo, el pibe fue a la única pieza de su casa, sacó su regalo de abajo de la cama y salió a mostrárselo al vecindario: “¡Miren, miren lo que me regalaron mis viejos!”

–León, ¿cuántos años tenías cuando te hiciste el autorregalo?

–Ocho. O siete. Para entonces ya hacía un año que tenía dos trabajos: de seis a diez de la mañana repartía carne. El otro trabajo consistía en hacerle los mandados y diligencias a una señora que estaba imposibilitada.”

    En aquella conversación de hace décadas, luego de observar, por derecha y por izquierda un panorama desolador, le dije a León:

–Pese a todo, tu capacidad de soñar no amaina.

–¡Cómo va a amainar si estoy vivo! No hay que ir muy lejos para empezar a ver cómo, uno a uno, se mueren por no comer y por viejas enfermedades de otros siglos mil, diez mil, veinte mil chicos, cada año. Y eso también pasa aquí, a la vuelta de la esquina eh. Qué sé yo: bajar los brazos, entregarse, me parece más grave que suicidarse.

–Las canciones, ¿servirán para algo?

–Esto va para largo. Pero hay que darle y darle. ¿Cómo dejar de cantar, de hacer poesía? Yo siento que la vida es como un boomerang.

–¿En qué consiste ese boomerang?

–En que hay que dar sin calcular en recibir. Cuando das pensando en recibir, no hace falta ni que des. Siempre pienso que puedo desprenderme de todo, pero por favor, que no me maten. Y agrego una frase que estoy afanando de una canción mía: “El amor es tenaz y vuelve a salir, como el sol”.

Posdata

¿De cuántos artistas, se puede decir que están a la altura de lo que enarbolan?

¿Cuántos hacen un esfuerzo sostenido por acortar el trecho que hay entre el dicho y el hecho?

¿Cómo sería este mundo si entre el dicho y el hecho hubiera, al menos, la preocupación de una reducción del trecho?

¿No será esta, la de acortar el trecho, la más atrevida, la más corajuda, la más difícil de las revoluciones?

   Gieco, León, nos enseña con sus actos que vivir es algo más que hacer la digestión. Que no se trata de cantar arriba del escenario una cosa y abajo hacer otra. Que no se trata de cantar de la boca para fuera.

   Aplaudiendo a Gieco, sembramos el abismo.

Sí, ya hemos descorchado la botella de luminoso vino oscuro. Brindemos por este León solidario, fanático de la coherencia y obrero infatigable de esa memoria donde se está semillando un futuro diferente y mejor. Justamente la memoria, la forma más ardua de la esperanza.

[email protected]   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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