En el mismo año en que Ricardo Rojas, el célebre autor de El Santo de la Espada, nacía en Tucumán y en Inglaterra moría Charles Darwin, que trajera a la luz El Origen del Hombre y la evolución de las especies, un 11 de abril de 1882 a las 11 de la noche, según cuentan algunos de sus biógrafos, nacía en Francia Fernando Fader, en la pequeña localidad de Burdeos. El mundo se convulsionaba entonces con la revolución industrial que había comenzado con la invención del ferrocarril, y los grandes progresos arreciaban preparándose para darle forma al que sería luego el controvertido siglo XX. De familia acomodada, hijo de un emprendedor ingeniero naval, Carlos Fader, y de la vizcondesa Celia de Bonneval, desde la cuna gozó de los refinamientos y cultura cultivadora que caracterizaba a los muy pudientes de la época. A los tres años es arrastrado por los ímpetus emprendedores de su padre a Mendoza, donde se destacaba Juan Gualberto Godoy, considerado históricamente por Félix Weinberg como el padre de la literatura mendocina, y permanece hasta los seis, cuando es devuelto a Europa para que curse sus estudios primarios. Regresa así Fernando Fader a la tierra que lo vio nacer.

Estudia en Alemania. Va y viene a Europa, viaja incansablemente para después, en 1904, emocionalmente y ya sin dudas, contagiado de su espíritu y geografía, elige Mendoza como su residencia. Abre su propia academia de pintura en 1905.

Entre 1907 y 1908 funda el grupo Nexus siendo sus compañeros de remo, Cesáreo de Quirós, Ripamonte y Alberto Rossi entre otros, y exponen con éxito en Buenos Aires. Sucedía 1908 y es cuando realiza entonces su primera muestra individual en la Galería Witcomb.

Por esas cosas que suelen ocurrirle a los grandes artistas toma distancia con la pintura entre 1909 y 1914 para dedicarse a la actividad empresarial. Los titulares de los diarios daban cuenta del inicio de la Primer Gran Guerra y el siglo XX ya no sería el mismo.

La vocación por el trazo y el color puede más. Otra vez pinceles y paleta en mano recrea amaneceres y crepúsculos; caballos y rancheríos; cielos y tierras; luces y oscuridades, convirtiéndolos en esos manchones memorables que hoy conocemos.

Su consagración internacional llega en 1915 con el primer premio de la Exposición Internacional de California.               

En 1918 debe radicarse casi obligado por los médicos en Córdoba, en la finca Loza Corral. La tuberculosis invade sus pulmones y la tos interrumpe cada vez más sus conversaciones, y esta será su residencia definitiva.

En 1924 la Sociedad Amigos del Arte lo afaman realizando su primera muestra retrospectiva. Pinta incansablemente Fernando Fader. Pinta mientras su salud se deteriora. Pinta y expone. Su salud no le da tregua. Transcurre 1927 pero resiste, resiste y pinta; expone y resiste hasta su última muestra individual en 1930.

Se había casado, nuestro Fernando Fader con Adela Guiñazú. El solar es ahora el Museo Emiliano Guiñazú casa de Fader, donde el maestro solía emplazar sus atriles y desplegar su maestría. El color y la luz, la emoción y el desvelo, y sobre todo los enamoramientos con la naturaleza, fueron indudables guías de su insuperable arte.

Deja la vida en 1935 rodeado de su familia. Al año siguiente Lorca moriría asesinado por fusiles en Granada. Si se hubieran conocido habrían sido amigos. Hoy los junto caprichosamente en mi memoria.

Faderías

Las situaciones volcadas en este pasaje fueron recogidas de los documentos que guarda y la memoria que recita su nieta Rosa María Fader, gran protagonista del arte de nuestra provincia. Quede dicho el agradecimiento por su confianza en nosotros.

Ciento cuarenta años tiene la casa que sostiene al museo que honra la memoria de Fernando. Lleva el pomposo título Museo Emiliano Guiñazú, casa de Fader. Pero realmente esa casona enorme y señorial, magnífica en interiores y jardines nunca fue la casa de Fader. Fernando, en Mendoza, vivió en su casa de la calle Buenos Aires 640, plena tercera sección. Ocurre que en la época de verano, Fader y su familia iban a la casa de su suegro (Emiliano Guiñazú) de cercanas vacaciones. No nos olvidemos que estamos hablando de los comienzas del siglo XX. En Mendoza los lugares frecuentes de veraneo eran las termas de Cacheuta, los baños de Lunlunta, el Challao, y ciertas zonas de Luján.

Anecdotario

La Familia Fader vivió de viaje en viaje. Fernando llegó al país de muy pequeño, y de muy pequeño volvió a Europa para estudiar en Burdeos y luego en Munich. En la casa familiar siempre había valijas preparadas de alguien que iba a partir.

El padre de Fernando, Carlos Christian Fader, era un ingeniero naval recibido en Italia y con posteriores estudios en Suiza Alemania. Al llegar a la Argentina, en Buenos Aires, levantó uno de los primeros astilleros. Quien lo invita a Mendoza fue Emilio Civit. Aquí se desarrolla como empresario de cuestiones que tendrá que ver con el futuro de esta tierra. Monta la primera usina de gas, la primera usina de petróleo y el primer oleoducto del país.

Los hermanos de Fernando

Carlos, economista (nacido en 1873) – Enrique, ingeniero mecánico (1874) – Adolfo, Bioquímico (1876); fue director de Industria del Gobierno de Mendoza – Luis (1878) funcionario público y Federico (1880), funcionario del banco Transatlántico. En 1982 nace Fernando, en Burdeos, Francia.

Adolfo, hermano de Fernando, trae a Mendoza desde Francia la fórmula para la elaboración de Champagne, beneficio que recibe la familia de bodegueros Benegas.

Los viajes de la familia, cruzaban el Atlántico con asiduidad. Casa en Burdeos, Casa en Alemania.

Fernando era un artista total. Magnífico en sus interpretaciones de piano de obras de la literatura clásica. También escribía, sobre todo poesías. En su correspondencia se pueden encontrar pasajes bellamente escritos y descripciones ajustadísimas. Tanta era su pasión por la música que adquiere un piano Bechtein de cola, uno de los más afamados en el mundo entero, y lo instala en su residencia de Loza Corral, Córdoba.

A la muerte de su padre, Fernando se hace cargo de los negocios y no lo hace mal. Sin embargo intereses mezquinos (capitales ingleses aliados con algunos empresarios locales) lo van desgastando y un alud en la zona de Cacheuta, donde tenían sus usinas, arruina el emprendimiento. Fernando se ve en la obligación de vender muchas de sus posesiones para paliar la deuda. El mismo escribe a su amigo Müller: “… he perdido en este vía crucis toda la fortuna, la de mi señora, la de mi madre, y no tenemos más que lo que tenemos puesto”. Fueron rematadas varias de sus telas, lo que menospreció su trabajo. Su amigo Federico Carlos Muller lo provee de una mensualidad de 500 pesos por mes a cuenta de las obras de Fernando que serían vendidas en el futuro.

Los Fader hablaban varios idiomas. En la casa paterna jugaban con ello. Determinaban un día para cada idioma: Hoy en esta casa, hablamos alemán. Y todos hablaban Alemán.

Los Guiñazú eran integrantes de una familia muy acaudalada, con varios emprendimientos en nuestra provincia. Criollos riquísimos, de aquellos que al viajar a Europa llevaba la vaca en el barco. Fernando fue llamado por Emiliano Guiñazú para que adornara las paredes interiores de la su enorme casona. Así lo hace Fernando, hoy podemos admirar sus frescos en el hall de entrada, en la pileta de invierno y en otros muros. Pero Fernando, a más de un trabajo seguramente bien remunerado, tiene otro premio. Conoce a Adela Guiñazú, la hija de Emiliano. El amor hace su juego y Adela y Fernando se casan el 6 de setiembre de 1906, como cuenta la crónica del diario Los Andes. Algunos expertos consideran que los retratos de Adela están entre sus mejores obras.

Los premios y distinciones se suceden. Fernando comienza a adquirir trascendencia nacional e internacional. Pero los más destacados son la Medalla de Plata en la Exposición de Munich por su trabajo “La comida de los cerdos”; el primer premio y medalla de oro en la Exposición Internacional de San Francisco en California, y uno que tenía una valoración moral, cuando el casamiento de Balduino y Fabiola, que repercutió en todo el mundo, el gobierno argentino regala a la pareja real un cuadro de Fernando Fader.

Su enfermedad, la tuberculosis, lo atacó desde muy joven, siempre la tos formó parte de sus días. Fernando intenta entrar en la Academia de Bellas Artes de Munich. Es rechazado. Aconsejado por el maestro de Heinrich Von Zügel practica el dibujo durante seis meses. El maestro le pide más trabajos. Fernando vuelve al tiempo con su obra y una excusa: perdóneme, maestro, estuve enfermo y no sólo pude hacer pocos trabajos. El maestro sonríe: menos mal que estuvo enfermo si no nos entierra de obras. Fernando había presentado numerosos trabajos. Fue aceptado en la escuela. La tos no pudo con su talento.

Grandes personalidades de la Argentina visitaban las galerías que exponían sus obras en Buenos Aires: Julio Roca, Irigoyen, Alfredo Palacios, se contaban entre sus admiradores.

El ochenta por ciento de su obra la realiza en las sierras de Córdoba a las que se traslada en 1916 y que recorre hasta construir su casa, en 1918, en la estancia Loza Corral en el pueblo Ischellín, a pocos kilómetros de Deán Funes y Capilla del Monte. Ahí se muestra un museo que guarda reliquias de la obra de Fernando.

Las obras de Fernando están exhibidas en prestigiosos museos de nuestro País, el Museo Nacional de Bellas Artes, Museo Rosa Galisteo de Rodríguez en Santa Fe, Museo Emilio Carafa de Córdoba, Museo Municipal de Bellas Artes de Rosario, Juan B. Castagnino y obviamente, nuestro Museo Emiliano Guiñazú, Casa de Fader.

Más de novecientas obras realizó Fernando Fader. En su época y en la actualidad fue uno de los artistas mejor cotizados en el mercado nacional e internacional. El martes de la semana pasada, el oleo que él tituló “El vestido azul” fue vendido en 224.000 dólares. Sus evaluadores hacen esta figura, como comparación: “nunca un cuadro de Fader valió menos que una casa, una casa bien puesta”.

La tuberculosis lo acosó sin darle respiro. Estando en Mendoza los médicos lo desahuciaron. Decide entonces buscar aires que lo aliviaran. Los encuentra en Córdoba. Hubo momentos en que no pudo llegarse hasta Buenos Aires para presenciar las presentaciones que de su obra hacia Muller. Cuando cumplió cincuenta años, en 1932 se realiza la Gran Exposición Fernando Fader. No pudo estar presente. Raúl, su hijo, atendía a su padre con celo, con cariño. Años después del fallecimiento de Fernando, Raúl se despertaba por las noche gritando: ¡La inyección! ¡La inyección!. Raúl es quien aliviaba con inyecciones el malestar de Fernando.

Cuando estalló la primera Guerra Mundial, Fernando estaba en Europa. Sufre entonces una contradicción: él era francés de nacimiento, pero alemán por educación. No podía enfrentarse él versus él. Asdrúbal Guiñazú Rawson un diplomático argentino lo sacó de Europa.

Muchos de sus paisajes interiores ocurrieron porque Fernando, por su enfermedad, no podía salir de su casa. Pasaba largos días, ahí en el medio del campo cordobés, sin contactos, sin teléfono, sin mensajes. Él conversaba con la tela y los colores.

El museo

Sobre el carril Cervantes, en Mayor Drummond, está la casa solariega que alguna vez habitó Emiliano Guiñazú, y que ahora se muestra como Museo. El edificio está, en estos momentos, siendo estudiado por la Universidad Tecnológica Nacional para su reparación y conservación. En algunas de sus paredes se pueden observar los murales que Fernando Fader realizó a pedido del dueño de casa. Los murales necesitan una reparación hecha por expertos para que luzcan con toda la belleza del intento inicial de Fader.

La pinacoteca que el museo resguarda es excelente, variada en los autores, pero fundamentalmente rica en la obra de Fader. Gastón Alfaro, su director, nos cuenta que la mayoría de los visitantes, sobre todo los turistas del extranjero, no se allegan por el museo, sino por las pinturas de Fader. El reconocimiento al artista abarca el mundo entero. La gente del museo disfruta todos los días de un lugar tan especial, de las galerías orladas de talento y de los jardines señoriales que le ponen verde a los colores del interior. La gente del museo ama al museo, y se sienten guardianes de la memoria de ese hombre que nos hizo propietario de su belleza interior.

Cartas de Fader

Respuesta de Fader a la carta de Müller en la que le insiste que viaje para asistir al homenaje.

Lascano González, Antonio (1982) Fernando Fader. Buenos Aires: Ediciones Culturales Argentinas. Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación. 2a. edición. p. 161.