Se cumplieron 72 años de ls Olimpíadas de Londres. Crispín Guiñez nació el 16 de diciembre de 1906, en Rivadavia. Ni se imaginaba la gente de su pueblo natal que ese niño la iba a llevar en el orgullo hasta el estadio olímpico de Londres. Morocho, flaco, bueno, hecho con sustancia de pueblo.

Por Jorge Sosa / Mendocinos Famosos

El deporte siempre lo llamó y él respondió siempre. De Rivadavia a Mendoza, ahí cerquita de la plazoleta Barraquero, la zona de influencias de afectos de Andes Talleres.

Le gustaba el fútbol. ¿A qué pibe no? Muchos lo jugaban bien y no era fácil promocionar sus bondades ante tanta oferta. Eusebio jugó en un campeonato comercial, de los tantos campeonatos que pululaban en los baldíos marrones terrosos de Mendoza. Había conseguido un trabajo en el ferrocarril. Eso alcanzaba para la subsistencia por lo tanto podía darle una porción de su día a la pelota. Entonces sonaba el Club Pacífico, ahí donde ahora está el Club San Martín, rodeado de vías y de una ciudad que por entonces estrenaba los barrios aledaños. Pacífico jugaba en la segunda división del fútbol mendocino, no era poco, Eusebio era número puesto. En algunos lugares de ripio sin dueño, terrenos fiscales que le dicen, se practicaba el atletismo, disciplinas fáciles, de esas en las que uno sólo necesita el cuerpo: carrera, carrera con obstáculos, salto en largo, salto en alto. Un día, Giúdice, (Si alguien se acuerda alcáncenme el nombre, por favor) lo invita al negro a correr junto a unos amigos,  en una pista que de pista tenía sólo el espacio. Giudice y su barra entrenaban todos los días, estaban preparados. Le dijeron: “Damos unas diez vueltas, son dos kilómetros, pero cuando te sientas cansado, vos parate”.

El Negro no sólo dio diez vueltas sino que dejó a sus compañeros atrás de atrás. Los vagos lo miraban asombrados ¿Y este de dónde salió? Se los digo: salió de los genes de Filípides, aquel griego que corrió hasta Esparta en busca de ayuda y ni siquiera se le pasó por la sesera que estaba inventando el maratón. Me imagino la cara de Giudice y sus amigos cuando lo vieron correr al Negro, debieron ser caras parecidas a aquellos pibes del potrero de Villa Fiorito cuando se presentó a jugar por primera vez un corchito quemado de apellido Maradona. El Negro a su vez, se dijo: “Bueno, parece que sirvo para esto, y no es difícil”. Entonces largó el fútbol y se hizo atleta. Los del club Pacífico, que le daban importancia a la disciplina se enteraron y lo inscribieron en la carrera del domingo. Para ver si era cierto. Era cierto, el Negro terminó tercero corriendo con decenas de esos que hacía años que venían corriendo. Era el año 1929, empezaba a ser viejo entre los jóvenes. Tenía que aprovechar el tiempo, entrenar  y entrenar. No tomaba micros para ir a su trabajo, de Barraquero a Benegas, corriendo y también de vuelta, a veces algunas lejanías hasta Barrio Cano. Póngale cuarenta cuadras y no le va a errar por mucho. El apellido Guiñez empezó a sonar entre los pedestres.

Atletas Nibaldo Azócar, Rayner Gusberti, Eusebio Guiñez, Carazza y Abel González.

En cada carrera que se programaba los demás corrían por el segundo puesto, sabían que el primero era de Eusebio. En Buenos Aires, donde estaban los mejores, los consagrados, comienzan a preguntarse: Che ¿Quién ese tal Guiñez de Mendoza? Y cuando uno suena en Buenos Aires el eco llega al todo el país. Lo convocan, lo invitan, Eusebio comienza a frecuentar los micros de larga distancia. Mientras tanto, la vida.  Contrajo matrimonio con Doña Francisca Mathus y tuvo sus hijos: Francisco Teodoro y Elvira Eusebia.  Tenía 35 años, estaba para categoría veteranos, pero el Negro seguía ganando, incluso más allá de las fronteras. 1941 Campeonato Sudamericano de Atletismo en Montevideo. Se cansa de ganar. Mejor se aburre de ganar porque el Negro no se cansaba. Se anota triunfal en los 3000, 5000, y 10000 metros y se vuelve a Mendoza con el tiítulo de Campeón Sudamericano.

Cuando se juntaban a charlar aquellos atletas, en los asados bien regados de Mendoza, o en los cafés al paso de Buenos Aires, el tema resurgía obligado, reiteradamente obligado.

_ ¿Te imaginás lo que debe ser correr un maratón olímpico?

_ Estar ahí, en el medio de un montón de gente que habla idiomas raros y representar a tu país.

_ Y el estadio con las tribunas llenas, y después las calles llenas, y todo lleno, todos pendientes de nosotros. ¡Ja!

_ En una de esas a vos se te da, Negro. Has hecho méritos suficientes.

_ No, creo, hay otros mejores que yo.

Pero se le dio. Olimpíadas de Londres de 1948. Eusebio Crispín iba a cumplir cuarenta y dos años. A esa edad muchos ya están conchabados de profesores, pero él seguía corriendo, y se sentía más seguro, más completo, como si con los años su cuerpo hubiera llegado a la madurez ideal, a la complacencia de los músculos, a la mentalidad adecuada para saber cómo, cuándo y dónde. Eusebio Guiñez, Delfo Cabrera y Sisini, con la dirección técnica de  Mura.

“Dicen que antes de viajar a Londres nos va a recibir Perón”. Pero también estaba Evita. Perón, que sabía de Mendoza por presencia militar, lo apodó “el Pisauvas”. En cambio Evita pregunto ¿Qué necesitaban? Francisca, que acompañaba a Eusebio, no dudó, contestó: “Una casa.” Y la tuvieron. Misiones y Jorge A. Calle, de la sexta sección. En su patio, flamante, ya se asomaban los pucheros furibundos que Francisca prepararía en el futuro para los “alumnos del Negro”.

Después el adiós de puerto. A embarcarse. Los aviones todavía no mandaban. Barco y semanas de travesía. Después de los vaivenes  y los primeros vómitos de los primeros embates del mar, la costumbre y entonces, el rigor de la preparación. Toda la delegación argentina, más de doscientos atletas, tenía su dieta especial. Eusebio también. Él era mendocino, en su dieta no podía faltar el vino. Subió al barco con una damajuana. Sabía que iba a tener que esconderla y dosificarla para que le diera tragos de provincia durante todo el Atlántico. “Imagínense un plato de fideos que tenían el ancho de un dedo, no se podía bajar con un vasito de agua. El vino era mi dieta indispensable”. El mar, ¡cuánto mar junto por favor!, mete miedo y enamora. Pero iban a competir, no podían pasarse todo el viaje sentado en una reposera mirando las ondas marinas y tratando de descubrir a algún delfín en su vuelo de segundos, tenían que entrenar. Entonces, los que dormían debajo de la cubierta podían escuchar, con mucho de bronca, ruidos de pasos rápidos sobre la madera. A las 6 de la mañana Eusebio corría por la cubierta, ida y vuelta, ida y vuelta. Tenía tantas ganas que hubiese podido cruzar el océano corriendo. Después Barcelona, después Londres aún herido por la infamia de la guerra. Después los días de espera. Después el día.

El mendocino Eusebio Guiñez larga en punta en Wembley.

El día de la gloria

(Londres. 7 de agosto de 1948. 15 hs)

Nunca había estado en un estadio así. Por favor, ¡Qué cantidad de gente! Me dijeron que hay 90 mil personas. Y mirándome a mí, quiero decir a todos los corredores, pero también a mí. Siento un cosquilleo en las piernas, deben ser los nervios. Allá está el flaco Sensini haciendo ejercicios, mueve para arriba y para abajo sus patas lungas. Allá está Delfo siempre sonriente. ¿De qué se reirá, Delfo? Delfo se ríe aunque le duela algo. Somos muchos los que vamos a correr. Hay caras de todo el mundo. Con los coreanos estuvimos entrenando cerca, estamos  ahí con ellos. Vimos a los chinos también. Creo que tenemos posibilidades. ¡Cuánta gente, por favor! Y todos por nosotros. Dicen que el maratón es la competencia más importante de las olimpíadas. Mirame a mí, el negrito de Rivadavia, representando a la Argentina en las Olimpíadas. ¿Qué dirán los de mi barrio? Ayer estuve con Felix Daniel Frascara, va a comentar la prueba para todo el país. Miro mi camiseta y está cruzada por dos rayas celestes. Tengo la bandera en mi pecho, mi pecho está henchido de orgullo. Me tocó el número 234, cuando vuelva a Mendoza lo juego a la quiniela. Hay movimiento, no entiendo nada de lo que dicen estos ingleses. Mura nos alienta desde cerca.

Delfo me hace una seña como diciendo “prepárate”. Pero él sabe que estoy preparado.  Porque estuvimos consumiendo kilómetros en el país, y después en el barco, corriendo cientos de veces su cubierta, y después en Barcelona cuando pudimos dejar el mar para estirar las piernas. Y ahora acá en Londres. No he podido recorrer la ciudad. Tal vez me quede tiempo después de la prueba. Tal vez los ingleses nos inviten a conocerla, si ganamos. El maestro Mora dijo, “Guiñez adelante, Sensini en el medio, Delfo al final”, para que no se gaste, para que pueda juntarse conmigo en la punta cuando esté llegando el final. Ojalá podamos cumplir con su estrategia. Tenemos que acomodarnos. Ha llegado el momento. La virgen conmigo, también mi familia. Miralo al negrito de Rivadavia, va a correr el maratón de las Olimpiadas. Sensini me da una palmada en la espalda que quiere decir muchas cosas, pero sobre todo “estamos juntos”. Delfo me sonríe ¿Será posible que siempre sonría Delfo? Se van los de traje, quedamos los de camisetas. Hay rubios, negros, pelirrojos, morochos, todos saltan, todos se mueven, todos deben tener la misma ansiedad y el mismo miedo. Silencio. Algo grande está por empezar. Suena el disparo y…!a correr!. La punta es mía, así se lo prometí al maestro y voy a cumplir. La gente ruge en las tribunas, Se me pone la piel de gallina pero acelero, paso al frente. Una vuelta a la pista del estadio y a las calles de Londres. No voy a poder saber cómo es. Uno cuando corre no ve más allá que el paso que  viene. Todos están atrás mío, la camiseta de argentina, mi camiseta, es la que manda por ahora. Miro para atrás, están cerca pero están atrás. Todos enteros, todos con ganas, todos intactos.

Cuando volvamos no seremos ni la mitad de lo que ahora somos, volveremos con el cansancio tirándonos de los talones. No puedo equivocarme, esa es la puerta de salida, la gente ahora grita como diciendo: ¡Ahí afuera está Londres, córranla!. Ellos, el público, se han de quedar a esperar nuestra vuelta, esperarán más de dos horas para ver de pie y a los gritos al ganador. Salgo primero, hay tanta gente en la calle como en el estadio. Un camino de gente que impide ver las casas y las veredas y los negocios y los autos. Salgo primero  y me aplauden mucho porque el primero es el cuerno del maratón, el que abre camino. Hay autos adelantes, motos al costado, espero que no me jodan al correr. Estoy bien porque estoy contento. Tengo ganas de gritar ¡Soy argentino, de Mendoza, de Rivadavia! ¡Y soy el primero!. Después las calles, calles cuyos nombres no aprenderé jamás, que después tendré que ver en el mapa para saber por dónde anduve. El resto sigue atrás mío. Tengo que mantener la punta lo más que pueda, marcar el ritmo de la carrera, el que más nos conviene. Espero que el flaco y Delfo vengan bien, que se cumpla el plan. Gris, más gris, más gris. Todas las calles son grises. No hace falta conocer el recorrido, la gente marca la cancha. Aplauden, y me acercan vasos de agua. Ya podría darme por satisfecho. Mirá si llego primero otra vez al estadio. Pienso en mi familia, en mis amigos, en mi barrio, el aliento tiene cientos de imágenes. Miro mi pecho y las dos bandas celestes sobre el blanco me empujan hacia adelante, siento que me empujan millones de argentinos. En el maratón se corre en serio, no es “te corro hasta la esquina”, ni “dale, una vuelta a la manzana”, ni siquiera los diez mil metros que ya es algo serio.

Armando Sensini (arriba), Eusebio Guiñez y Delfo Cabrera, en Londres en 1948.

El maratón es lo máximo y el máximo esfuerzo. Hay que tener el cuerpo preparado, hay que conocer el cuerpo de uno, hay que respirar con armonía, hay que mover los brazos de tal forma que no confronten con el viento, hay que estar concentrados en cada paso, pero por sobre todo hay que vencer el cansancio, el cansancio no te pide permiso, se te mete en cada una de tus células, uno se cansa de adentro y de afuera. Pienso en mi familia, en mis amigos, en mi barrio. Miro para atrás, están más cerca pero yo ya he cumplido ¡Qué manera de ver pasar ingleses que están parados! ¡Cómo nos alientan!. ¿Alguno sabrá cómo me llamo? Vi varias banderas argentinas. Son los otros atletas de la delegación que se han desparramados para que no nos sintamos solos. Gracias, machos, aunque sean mujeres, gracias machos.  Paso calles y calles. En algunas adivino restos de los bombardeos. ¡Cuánto debió sufrir esta gente, por Dios! Estoy cumpliendo el plan, me anuncian los 35 kilómetros. ¿Cómo estoy? Estoy cansado, no hay duda, pero esa es una condición de todos. A esta altura del maratón importa recibir el cansancio, hacerle un lugar en tus músculos, pero que no te pueda, que el cansancio siga corriendo con vos. ¡La puta madre! ¿Qué pasa? Estoy vomitando amargo. Es el hígado. ¡Puto hígado, ahora no! Tengo que parar, pero si paro me quedo, no arranco más. Disminuyo la marcha, se me viene el mundo encima, una puntada me atraviesa el lado derecho, si me paro abandono. ¡Negro! ¡A ver si esto te ayuda! ¿Quién sabe mi nombre? ¿Quién se preocupa por lo que me pasa? ¡Es Cosme Saavedra! Del equipo de ciclismo. ¡Argentino macho! Me tira una esponja con agua. La chupo, me la paso por el costado, me recupero, sigo, miro a Cosme para agradecerle y levanta las manos como diciendo; ¡Me la juego por vos, Negro! Y yo sé que es verdad que se la juega. Pero me han pasado varios ¿En qué puesto estaré ahora? Faltan dos kilómetros. Tengo también una molestia en los pies, duelen, pero eso no me va a parar. Voy más despacio pero ya no me pasan.

Es decir uno me pasa, es el Delfo. Se está cumpliendo el plan del maestro. Ahora le toca a Delfo hacer su parte. No importa quien gane si ganamos. Delfo me supera con una sonrisa. ¿Es que nunca va a dejar de sonreir, Delfo? Le grito: ¡Dale Indio, no te vas a caer ahora por favor!  Le veo la espalda, se aleja de mí, lo veo entero, digo, me digo: este gana. Ahora voy por mí, por lo que me falta. Ahí está el estadio, ya está, ya está, lo primero es llegar y eso ya está conmigo. ¿En qué puesto andaré?. La puerta, esta vez de entrada. La multitud que ruge, escucho un estallido de voces. Pienso ya hay un ganador. Ojalá sea Delfo. Sigo ahora estoy otra vez entero, cuando entro a la pista miro y me doy cuenta de que no son muchos los que están delante de mí. Un grupo de argentinos me da aliento, grita, me grita, me enjuagan las ganas. Creo ver a otro grupo de argentinos con un hombre en andas. ¡Es Delfo! ¡Ganó el Delfo! ¡La puta que lo parió! ¡Ganamos!. Cruzo la línea y vuelvo a tomar agua, pero ya no de los vasitos reparadores de la gente sino de mis ojos, agua de mis ojos, eran dulces, lo juro. ¡Llegué, vieja! ¡Llegué muchachos! ¡Quinto, Eusebio! Me gritan antes de abrazarme. ¡Delfo primero y vos quinto! ¡Es la gloria! Entonces la conocí.

En Buenos Aires al regreso de Londres de los atletas participantes en las Olimpíadas de 1948. En la foto Armando Sensini (con el mate), Eusebio Guiñez y Sra., Nelly Sensini de Liberali y Ampelio Liberali.

_ Mucho gusto, señora Gloria, soy Eusebio Guiñez, mendocino.

_ Señor Guiñez, soy la gloria, déjeme abrazarlo.

Y la abracé, la tiré contra el pasto, le hice el amor, la bese por todo el cuerpo, la levanté en mis brazos, le puse mi camiseta argentina. Y Delpo y Sisini estaban conmigo y Delpo sonreía más que nunca. El maestro que gritaba: ¡Así era, así era!. Y la pequeña barrita de argentinos, locos, desatados, incontenibles que corrían para todos lados corrían más que nosotros en el Maratón. Alcancé a escuchar “In the five plays, Eusebio Guiñez, of Argentina”.

Vi mi nombre escrito en el enorme cartel luminoso del estadio, y me dije: deciles Eusebio, deciles a estos miles y miles lo que estás sintiendo. Y yo se los dije ¡Soy el Negro de Rivadavia, Mendoza, República Argentina!

Después, cuando llegamos al hotel, lleno de laureles y aplaudidos por todos, pude sacarme las zapatillas. Entonces me di cuenta por qué me dolían los pies. Había perdido seis uñas. Quisieron llamar un médico, pero yo dije, ya van a crecer solas. Que me importaba el dolor abajo con toda la alegría que tenía arriba. 

REGRESO DORADO

El regreso de la delegación a Buenos Aires fue un escándalo de júbilo. La gente se pasaba a los atletas de abrazo en abrazo. Hubo festejos, celebraciones, y brindis por los futuros triunfos. Pero el Negro ya había tomado una decisión. “Los pibes, me esperan los pibes. Tengo que hacerles transfusiones de experiencia. Ellos merecen todo y todo lo que me queda será de ellos”. Después de Londres en Buenos Aires le dieron el título “Maestro de la educación física”. Pero él sabía que el de “maestro” no es un título, es una actitud de vida y a eso se iba a dedicar. ¿Correr? Solo para acompañarlos y de vez en cuando para hacer un “homenaje.”. Todos los años entraba corriendo al cementerio de Maipú para cumplir con su amigo Domingo Ribosqui. Si la amistad no sirve para esas cosas ¿para qué sirve?

De pronto se acordaba del fútbol, de aquellos inicios en el Club Pacífico y entonces pagaba recuerdos viejos con recuerdos nuevos. Fue entrenador de Godoy Cruz, Huracán Las Heras, Gimnasia y Esgrima, Gutierrez y por supuesto Andes Talleres, el club del barrio, trescientas trancadas de la plazoleta Barraquero.

Los pibes, siempre los pibes. La Dirección Provincial del Menor se los surtía por cientos. “Que se queden tranquilos los padres. Yo los llevo y yo los traigo en mi auto. Préstenmelos un ratito que yo se los cuido”. Los miraba Eusebio y sabía entenderles las ganas de pobres. En el patio de la casa que le regaló Perón, en Misiones y Jorge A. Calle, el puchero de doña Francisca llenaba las bocas del hambre.

En aquella casa de la sexta, peronista hasta los cimientos, en septiembre del 87, su nieta lo encontró tirado en el suelo. El 1 de octubre largó su carrera más larga. La fama nunca le prestó un mango. Dejó una familia hermosa, amigos desparramados por todo el mundo, títulos que hicieron grande al país y sobre todo una pléyade de pibes que aún ahora, con cabezas entrecanas, siguen llamándolo “maestro”. Largó su carrera más larga. Ya le habían crecido las uñas.


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