Por Emilio Vera Da Souza. ESPECIAL PARA DIARIO JORNADA

¿De qué trabajan los periodistas? ¿Porqué alguien querría ser periodista? ¿Porqué algunos confunden ser comunicadores o ser periodistas? ¿Porqué algunos disimulan y se hacen pasar por periodistas? ¿Para qué sirve ser periodista?

Mi amigo, compañero y colega Miguel Rep, que puede leer el pensamiento de los bebés, afirma que la principal tarea de los periodistas es molestar.

Un periodista tiene que ser la piedra en el zapato, debe mirar por el ojo de la cerradura, buscar donde nadie busca, decir lo que los poderosos quieren silenciar, revisar la basura, seguir la pista del dinero. Molestar es la tarea… y no está mal.

Salvo que algunos son los molestados y no les gusta.

Algunos recordarán al ex primer ministro británico John Major. Una vez le preguntaron: ¿cómo sería un mundo feliz? El tipo contestó sin dudar ni pestañear: “Un mundo feliz es un mundo sin periodistas”.

Los periodistas, varones y mujeres, tienen extrañas costumbres: se meten adonde no los invitan, preguntan lo que incomoda, se fijan en detalles por demás indiscretos, observan lo que nadie quiere ver. Eso es lo que hacen o por lo menos, lo que debieran hacer.

El escritor G.K. Chesterton, que también fue periodista, era muy duro con los que participaban de este oficio: “Los periodistas son un océano de conocimiento, pero de un centímetro de profundidad”.

Los periodistas debieran trabajar de espejo. Debieran ser el espejo plano que refleja sin deformaciones ni maquillaje a la sociedad en donde se desenvuelven.

Un periodista es la voz de las personas de su lugar de pertenencia, es el vehículo para que los demás se enteren. Los periodistas no son el cuarto poder. La mayoría son anónimos que casi no tienen poder ni en su casa. Lo que pasa es que muchos periodistas viven cerca del poder, y eso los hace desearlo, pero no es lo mismo que tenerlo. Muchos confunden el periodismo con el poder de los medios, los multimedios y los conglomerados de empresas.

Algunos andan por el mundo como si lo fueran y se disfrazan con trajes de periodistas y disimulan sus verdaderas tareas: trabajan para oscuros poderosos, intentar influenciar en sectores de la sociedad, ocultar, mentir, extorsionar, falsear, armar escenarios ficticios, maquillar a pedido de alguien, o por algunos dineros, otros ejercen operadores políticos, militantes ocultos de causas inconfesables, caras bonitas, sargentos de polizías de la secreta, chupamedias profesionales y chismosos con carné.

La información no es un privilegio de los periodistas sino un derecho ciudadano.

Los periodistas no deberían juzgar, para eso hay magistrados.

Los periodistas no debería ser voceros de empresas, para eso están las oficinas de prensa y propaganda.

Los periodistas a veces se piensan jueces.

Los periodistas a veces se vuelven voceros de los dueños del poder. Y lo vemos a diario en noticieros berretas de televisión y escuchamos en programas de radio hechos por algunos que incluso se autotitulan animales.

De todos los oficios terrestres, el de periodista es el mejor, dijo Rodolfo Walsh.

Y Gabriel García Márquez decía que es la mejor tarea del mundo.

Ser periodista no da impunidad. No nos hace diferentes. No nos libra de las multas de tránsito. No nos hace avanzar más rápido en la cola de los bancos.

Ser periodista no nos da más saberes que el resto de los mortales, ni nos hace más esbeltos o más peludos, o con los ojos más claros o menos panzones.

Ser periodista nos debiera poner más sensibles por las miserias que vemos a diario y acercarnos a los que nada tienen, para intentar reflejar esa realidad para que la vean los que pueden influir en cambiarla y hacer que vivir valga la pena.

Hoy hay definiciones de periodismo comprometido. Periodismo militante. Periodismo alternativo. Periodismo de investigación. Periodismo profesional. Periodismo para empresas o instituciones. Periodismo especializado. Todos respetables encasillamientos.

Lo que no hace falta es hacer periodismo como si fueran polizias. Los que quieran ser botones, pacos o yuta pueden probar con ir a la escuela de suboficiales y agentes.

Me molestan hasta el paroxismo los periodistas que se la pasan pidiendo cosas. Garroneando todo el tiempo. Quejándose si no les regalan algo o les mandan entradas gratis para lo que sea.

Y a veces me enojo. Bastante. Y a veces me pongo tan pero tan caliente que pienso que me voy a morir en ese momento.

No son interesantes ni los asuntos cortesanos ni las intrigas de palacio. Tenemos tanta información disponible del mundo que no nos enteramos de lo que pasa a la vuelta de la esquina.

Los que trabajan de periodistas en los medios porteños, piensa que se comen los niños crudos, hacen asados abajo del agua, fuman adentro de las garrafas. Son recontrapiolas y se la pasan subestimando a los que trabajan en los medios de provincias. El interior dicen ellos. Son muy cancheros. Como si vivir en la Argentina, menos en Buenos Aires, fuera estar en el exterior.

Soy periodista porque me gustan las artes, algunos lugares de mi ciudad, algunas personas que aprecio, algunos personajes que me parecen interesantes. Sobre eso me gusta escribir. Sobre la mujer que quiero. Sobre mis hijas. Sobre algunas pocas ideas que podrían servir para hacer nuestras vidas más llevaderas. Sobre los que me acompañan en este oficio. Poder contar que nunca llegamos enteros a fin de mes. Ni con el sueldo entero, ni con la balanza en condiciones, ni con los besos que nos gustan, ni con lo que más queremos en el mundo.

Podría hablar de las mujeres periodistas. Ahora que los asuntos de género traspasan todos los temas. Sólo quiero decir que es mejor siempre trabajar junto a mujeres. Como ellas pueden hacer varias cosas a la vez con mejor resultado, hacen que nos empeñemos en la tarea para no quedar como unos inútiles. Siempre que trabajo con ellas, me parece que salen mejor las cosas.

Me gusta ser periodista. Me parece que podría hacer que la vida sea más vivible. Más intensa. Más emotiva y más emocionante.

Ríos y ríos de tinta se utilizan para hacer alabanzas pero yo quiero ser periodista para realzar la belleza de las palabras, para que la literatura sea accesible para más gente, para caminar libre por las calles de la ciudad. 

A veces escribo sobre asuntos cotidianos, sobre mi barrio, sobre la ciudad, sobre artistas y sus producciones. Me gusta escribir sobre asuntos que me han conmovido. Sobre noticias que entiendo mejor que otras. Sobre detalles de lo que puedo observar. También sobre personas que admiro y respeto. Los temas que me generan sensaciones y sentimientos contradictorios son buen motivo. Lo que me gusta, lo que me apasiona, lo que tiene misterio, lo que me sorprende, lo que me indigna, lo que permanece oculto y sería digno de mostrar, lo que me da curiosidad.

Cuando son noticias, hay que cuidar las palabras de tal manera que la información sea entendible, respetando el castellano, con palabras precisas pero sencillas. Que el texto tenga toda la información necesaria y que los datos estén completos.

Una historia de ficción, para ser creíble, tiene que tener algún dato fantasioso. Y una nota periodística, para que sea atractiva, tiene que ser contada como una novela, decía más o menos, el maestro García Márquez.

Con la plata del premio Nobel, García Márquez fundó la escuela para El Nuevo Periodismo Latinoamericano. Allí formaban a una nueva camada de jóvenes periodistas. El reconocido Tomás Eloy Martínez dijo en una de sus clases: “Un hombre no puede dividirse entre el poeta que busca la expresión justa de nueve a doce de la noche y el reportero indolente que deja caer las palabras sobre las mesas de redacción como si fueran granos de maíz”.

Leila Guerrero, argentina, referente del periodismo narrativo en castellano, dice contundente: “Si la pregunta es cuál es el límite entre el periodismo y la ficción, la respuesta es simple: no inventar. Claro que poner un adjetivo bien puesto no es hacer ficción; hacer una descripción eficaz no es hacer ficción; utilizar el lenguaje para lograr climas y suspenso no es hacer ficción. Eso se llama, desde siempre, escribir bien. Si se confunde escribir bien con hacer ficción, estamos perdidos. Si se confunde ejercer una mirada con hacer ficción, estamos perdidos”.

Los periodistas, en épocas de “fake news” (noticias falsas en redes sociales) para ser creíbles deben ser rigurosos y exactos en los datos. Pero también su texto debe ser atractivo, interesante, entendible, creativo y de buen gusto.

Me gusta la fotografía, el cine, la música, el Cabernet Sauvignon y las especias bien utilizadas, la inteligencia y la solidaridad activa. Todo eso puede contribuir a hacer mejor nuestra vida.

Sólo el pensamiento sin egoísmos, las acciones generosas, el respeto y el compromiso ciudadano, podrían ayudarnos a crecer. Y eso me parece que podría ser un buen motivo para ser periodista.