Comprobado: el quinquenio 2015 / 2019 fue el más caluroso desde que hay registros climáticos en la historia de la humanidad. El nivel medio del mar en la última década tuvo el valor más elevado jamás registrado. Ayer nomás: en Madrid la nevada empezó como novedoso divertimento pero…

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

…pero el divertimento a los tres días se convirtió en sombría pesadilla. Sin ir más lejos: por estos días se anuncia que la nevada en Nueva York camino va de ser la más dramática de su historia; dramática por cruel…





    Algo más, muy novedoso: el Estado Francés acaba de perder un juicio histórico que fue iniciado hace dos años por cuatro ONG de ese país. La acusación es por “inacción climática”. Juicios semejantes también han comenzado en España. Y olé. Y se anuncia una “ola internacional de litigios climáticos”.

     Ante esto uno se pregunta: ¿Será válido aquel dicho que expresa que “más vale tarde que nunca”? ¿O los daños climáticos son ya irreparables?

    Lo evidente, desde hace años, es que los humanos, al compás del angurriento neoliberalismo, hemos profanado el mar y la mar, hemos podrido los aires, no paramos de degollar bosques. ¿Consecuencias? Ahora el cambio climático nos pasa las facturas. Quienes se burlan del culto de la Pachamama ahora tienen que meterse la lengua en el bosillito de atrás. Estamos padeciendo lo que supimos conseguir.

     Reanudo reflexiones recurrentes en esta columna desde hace más de diez años. Empecemos por casa: ¿Los argentinos tenemos el verano que nos merecemos? En tal caso, ¿por qué en la ciudad de los Aires Buenos los cortes de luz y las calamidades omiten a Puerto Madero, Barrio Norte y zonas adineradas?

Mientras maduran las respuestas consideremos que como la necedad de los humanos es reiterativa, corresponde que seamos reiterativos haciendo memoria. Por ejemplo: las noticias del verano del año 2007 después de Cristo nos avisaban que “por el cambio climático, hasta los esquimales necesitan refrigeración”. Los inuit, en el Québec canadiense, instalaron aparatos para afrontar los más de 30 grados de aquel mes de julio. Más noticias: en Alemania un huracán derribaba unos 25 millones de árboles. Tras de cada desastre saltaba el tema del dióxido de carbono que expulsan los benditos automóviles. La Unión Europea marca el límite de 140 gramos por km. en los gases de escapes. De las 20 primeras marcas sólo 3 (tres) estaban por debajo de ese nivel. En plena democracia, los países del Primer Mundo entregan su conciencia ecológica a las crueles dictaduras de las mega empresas. La cumbre de científicos en París, dramática, anunciaba que la temperatura media de la Tierra subiría “entre 1,8 y 4 grados en cien años y el nivel de los océanos aumentará unos 59 cm.”

    Un detalle rotundo: los humanos, en 50 años, destruyeron más que en toda su historia, desde Adán y desde Eva. Minga de 4 estaciones de 3 meses. Tenemos 9 meses de verano, 1 mes de otoño, 1 mes de primavera y 10 días de invierno. ¿Y los otros 20 días? Propina para el hijo de Bush y Trump y Bolsonaro y la banda de sucesivos cabrones que sostienen los genocidios ecológicos del liberalismo preventivo.

    Solemos decir que “Dios tiene látigo y no se le ve”. Argumento castigador y de doble filo. Mejor que invocar la sanción divina basada en el chantaje del miedo, es sembrar una justicia mundial que ponga en su sitio a los que generan hambre y analfabetismo y analfabetización; a los que pudren las aguas y los aires, a los que invocan la tortura como una “razón de estado”, a los que robaron criaturas, a los que saquean y violan al planeta. No sabemos si el que nombramos “Dios” tiene látigo, pero la que sí tiene látigo es esa Naturaleza que viene siendo violada a rajacincha por los países que se dicen más “civilizados”. Esa obscena metáfora de la esclavitud que es la globalización, nace de un sistema –por ahora triunfante, aunque decrépito– al que llamamos capitalismo, o neoliberalismo. Emerge de ese Imperio insaciable y desbocado que comete genocidios preventivos como quien organiza kermeses destinadas a juntar fondos para el viaje de fin de curso.

   Pero resulta que, salvo algún que otro tornado irrespetuoso, los mayores desastres son padecidos en los países hambreados. Ojo, esto hasta ahora, y por ahora. Porque –recordemos– en el no tan lejano 2005 hubo un dramático corte de electricidad que afectó a 50 millones de personas, por empezar a Nueva York. Entonces el río de la multitud salió a las calles, reunida por la solidaridad del espanto. Ahí surgieron más preguntas: ¿El corte fue por un atentado? ¿O fue consecuencia del calor y de la calor? Por otro lado, Europa sudaba la gota gorda. Suiza, la de los bancos preferidos por nuestros atorrantes nativos, tuvo el junio más sofocante en 250 años. La Europa occidental, tan dada a la xenofobia, no pudo cerrar sus fronteras de arriba: a 1500 metros de altura el aire superó los 30 grados. La sensación de Apocalipsis se desató en Francia: ríos resecos, incendios en cadena, hospitales colapsados, pronósticos que mentían temperaturas más bajas, funerarias cerradas por falta de stock y 14 mil personas muertas en un agosto. Todo esto marcaba un presentimiento de la pandemia que ahora, hoy por hoy, nos acosa.

    Evidente, innegable: no basta con ser del Primer Mundo para escapar a las tremendas consecuencias de lo que le hicieron al planeta los patrones del mundo. La madre que nos parió, la Naturaleza, ya perdió la paciencia: se calienta, harta por la degollación de bosques, por la pudrición de aguas, harta por la emisión desaforada de dióxido de carbono.

    ¿Acaso se volvió loca la Naturaleza? No culpemos a las consecuencias, culpemos a las causas. Ocurre que la Madre Tierra se hartó de que la criminal globalización le toque el traste y algo más. Se hartó y ya no hace distinciones entre Primer y Tercer Mundo. Porque, claro, la Ecología violada “es un monstruo grande y pisa fuerte”. Los 14 mil muertos de aquel verano francés, el apagón neoyorquino, el aire caldeado a 1500 metros de altura en Europa, los refrigeradores entre los esquimales nos están avisando que el planeta entero entró en un default que ya no privilegia a nadie.

    Resignados, impotentes, solemos decir: “No somos nada”. Con eso, ¿vamos a caer en el triste consuelo del “mal de muchos”? Así es la cosa: no somos nada y seremos mucho menos que Nada si seguimos tolerando, con férrea indiferencia, por ejemplo, que para cometer un genocidio preventivo, como el de Irak, se invirtieran millonadas de dólares; millonadas espeluznantes, millonadas muy superiores que las que harían falta para terminar en sólo un par de años con las plagas endémicas, con el analfabetismo y con el hambre como “inevitable” padecimiento de la condición humana.

   Y por casa; ¿cómo andamos? Buenos Aires se retuerce de calor, rompe sus record en más de un siglo, decenas de miles de hogares sin luz, sin agua, sin ascensor. De pronto llueve y la avenida Cabildo es una Venecia más; muy cerca del Obelisco –recordemos– el bonito Metrobus recién inaugurado se anega de agua, y en los varios barrios porteños el agua empieza a entrar a las casas y, a todo esto, meta y meta construir a rajacincha, ¡y que vivan las privatizaciones!, mientras el agua tapa las veredas. La Patria convertida en una inmobiliaria de atar. Pero ojo, esta Venecia inesperada trae aguas muy turbias, aguas coronadas por mojones, es decir, por soretes humanos.

    Más allá del obelisco patrio continúan, impiadosos, los desmontes. ¿Esto para qué? Esto para darle más espacio al genocidio sojero. En tanto la Mesa de Enlace, prepotente, con el auspicio de la Sociedad Rural sigue sosteniendo que justamente “ellos” son los cimientos y pilares de la grandeza de este gran país que es la Argentina. Los prepotentes, son todos cantores. Se cantan en todos los que no son ellos. Siempre confundiendo un país grandote con un gran país.

   Mientras sucede esta ecología al espiedo, tomemos conciencia de la inconsciencia. Así vamos derechito a un final planetario sin necesidad de bombas. Consentimos, propiciamos un sordo apocalipsis al compás de un neoliberalismo alevoso. Por supuesto: así, por esta senda, no somos nada. El juicio que ha perdido el Estado Francés es dolorosamente elocuente, es un tremendo aviso.

    Un aviso alarmante es también la multa de 1600 millones de euros que impuso un tribunal de Siberia al grupo minero Norilsk Nickel, por contaminar con combustible a varias fuentes de agua del Ártico ruso.

    Más allá de las multas, los desarreglos de la naturaleza reavivan el comentario: “No somos nada”. De todas maneras, damas y caballeros, no estaría demás reflexionar sobre algo imposible de negar: es infinitamente mejor decir “no somos nada” estando bien comidos y entechados y alfabetizados, que decir “no somos nada” a la intemperie, frente al estupor de hijos hambrientos. En otras palabras: no es igual la responsabilidad de los que acopian “abundancia” que la responsabilidad de los que no conocen otra cosa que calamidades, al compás de la desesperación.

   De cualquier forma lo cierto es que la madre naturaleza hace rato perdió la paciencia. El coronavirus ¿algo nos está sugiriendo? Mientras tanto los antibarbijos y los antivacunas, presumiendo de valientes y libertarios, siguen haciéndose gárgaras con el suicidio ecuménico, total.

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