Por Daniel Arroyo, ministro de Desarrollo Social de la Nación.

El 17 de octubre de 1945 marcó la irrupción de millones de trabajadoras y trabajadores en la vida política argentina. Fue un antes y después en nuestra historia por la magnitud de las movilizaciones y por su potencia simbólica y política. En ese encuentro de los trabajadores con su líder se cimentaba el inicio de una fuerza capaz de interpretar las necesidades del pueblo para convertirlas en políticas de Estado. Juan Domingo Perón nos enseñó que nunca debíamos apartarnos del camino de la justicia social; y que no hay otra forma de hacerlo que no sea a través de la creación de fuentes de trabajo.

Los gobiernos de aquel peronismo naciente impulsaron la producción y el trabajo como motor para poner de pie a la Argentina. Y lo hicieron siempre con la mirada puesta en la necesaria ampliación de derechos para el pueblo. Así llevaron adelante una fuerte política de industrialización basada en la sustitución de importaciones y la expansión del mercado interno. Además, se impulsaron las industrias pesadas: la siderurgia, la generación de energía eléctrica; y se invirtió en el sector agropecuario modernizando las formas de producción. Fue el peronismo el que hizo posible el sueño del voto femenino, el acceso de trabajadores a las universidades, la creación de nuestra aerolínea de bandera, entre otras tantas políticas que son parte de nuestra historia.

¿Qué representa hoy el peronismo? Sin dudas, sentir dolor por el dolor del otro, la voluntad de querer que cambie la dura realidad que atravesamos desde los últimos cuatro años. Es poner cabeza y corazón para que mejore la situación social en Argentina. Es una identidad colectiva en la que pueden convivir ideas diversas, siempre con un objetivo común: la soberanía política, la independencia económica y la justicia social.

El peronismo también es entender que esas consignas deben revitalizarse para representar a quienes más lo necesitan. Con el Gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner estamos avanzando en una nueva agenda para y por los invisibles de hoy: esos que salen de su casa para hacer changas, los que fueron empujados por las políticas neoliberales y sobreviven con un trabajo informal, los y las que la llevan como pueden.

Nuestro deber es gestionar para generar y potenciar el trabajo. Crear oportunidades para quienes peor la están pasando. “Empezar por los últimos para llegar a todos”, nos planteó el Presidente. Para eso, es clave llegar con asistencia alimentaria a las familias argentinas; y lograr que los barrios populares tengan los servicios básicos para la vida digna. Urbanizar es nuestro deber, quizás uno de los más representativos de esa justicia social emblema de nuestro movimiento. Es fundamental generar trabajo, brindar créditos, máquinas y herramientas para emprendedores; apoyar el desarrollo de la economía popular y la agricultura familiar. El objetivo es reconstruir los caminos colectivos para la movilidad social ascendente.

Hace 75 años, Perón salía al balcón y le hablaba a ese pueblo que desde la mañana había colmado la Plaza de Mayo: “Trabajadores: únanse; sean hoy más hermanos que nunca. Sobre la hermandad de los que trabajan ha de levantarse en esta hermosa tierra la unidad de todos los argentinos”.

Hoy también la unidad es clave ante los desafíos que se nos presentan. Tenemos que articular una mirada integral del país que queremos, con un modelo de desarrollo en el que todos y todas tengan lugar. Debemos transformar estos desafíos en una política concreta, a partir de ideas nuevas. Solo así vamos a construir el modelo de desarrollo que necesita la Argentina. Solo así vamos a estar a la altura del legado del 17 de octubre de 1945 y de los desafíos que nos presenta la historia.