La selección argentina volverá a enfrentar a Brasil en un nuevo clásico sudamericano, esta vez en el Arena Corinthians de San Pablo y por la clasificación mundialista para Qatar 2022, apenas poco más de un mes después de ganarle en su propia casa, en el Maracaná, el esperado título de la Copa América, y necesitará llegar con sumo equilibrio, sin hacer caso a las deformaciones que pueden llegar si falla la percepción, como cuando algunos ya la colocan como favorita para este partido

Por Sergio Levinsky, desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Ante Brasil y en Brasil, difícilmente la selección argentina sea favorita, por historia y por lo que significa el rival, con el que se puede ganar, empatar o perder porque existe desde hace un tiempo, una notable paridad, rota solamente en los últimos años del siglo pasado y los primeros de éste.

Sí hay un dato que es cierto, aunque no es culpa de los argentinos. La selección brasileña, que no jugó un partido convincente el jueves pasado como visitante ante Chile, pero logró imponerse por sus individualidades y su peso específico, no cuenta con los jugadores de la Premier League inglesa, aunque esto ha sido porque la CBF ha preferido la diplomacia pensando acaso en un futuro y no tanto en el presente, y decidió no forzar las convocatorias que por reglamento le correspondían, algo que imitaron la Asociación Uruguaya (AUF) y otras.

En cambio, y con acierto, y contando con un saludable compromiso de los jugadores, la selección argentina consiguió, en solitario, que todo el plantel esté presente para los partidos –veremos si antes del tercero, ante Bolivia en el Monumental de Núñez, porque el Aston Villa y el Tottenham, que cedieron a cuatro futbolistas entre los dos, sostienen que hay un acuerdo para que vuelvan antes- y ese es un factor importante pero no decisivo (de hecho, Cristian Romero estaba suspendido ante Venezuela y Emiliano Buendía ni integró el banco de suplentes en ese partido).

Lo destacable de la situación es que todos estén pese a las presiones en contrario por parte de las poderosas ligas europeas, que chocaron contra la decisión del TAS a la que nunca debieron llegar porque la FIFA debió ponerse los pantalones largos y hacer pesar el reglamento que dice que en las fechas de selecciones nacionales, los jugadores deben ser cedidos por sus clubes sin ningún tipo de condicionamientos.

Más allá de estas cuestiones políticas, desde lo futbolístico la selección argentina viene encarando hasta aquí una fase clasificatoria tranquila como pocas veces se recuerda en los últimos tiempos. Apenas con Alejandro Sabella, para Brasil 2014, o con Marcelo Bielsa para los Mundiales 2002 y 2006 hubo una situación similar.

El equipo se va consolidando más allá de los gustos personales, y en base a la conformación de un grupo nuevo, en muchos de los casos, con escasos jugadores del ciclo anterior y una generación comprometida (algo que quedó demostrado en los hechos con esta convocatoria contra todos los intereses económicos), y por supuesto, ayudado por los buenos resultados, tanto en la pasada Copa América con un título ganado luego de 28 años, como por el transcurso de esta clasificatoria al Mundial 2022.

Los tres triunfos como visitante en cuatro partidos (ante Bolivia en la altura de La Paz, ante Perú y ante Venezuela días pasados, y un empate que Colombia consiguió en el último minuto) permiten una cierta tranquilidad y entonces hasta una derrota con Brasil pasa a no ser grave, y a la vez permite jugar un fútbol más pretencioso, o al menos, no tan conservador.

Si bien el triunfo ante Venezuela en Caracas fue claro, una vez más no hay que engañarse y el equipo albiceleste tiene muchas cosas por corregir. Ante la “Vinotinto” jugó contra un rival que venía de cambiar pocos días antes su director técnico (el portugués José Peseiro se fue luego de catorce meses sin cobrar y fue reemplazado por el local Leo González, con otro estilo y filosofía) y no sólo le faltaron jugadores fundamentales como Yordan Osorio (Parma), Yangel Herrera (Espanyol) y Salomón Rondón (Everton), sino que pocos minutos después de comenzado el partido fue expulsado Luis Martínez por una violentísima falta a Lionel Messi y ya los locales habían hecho tres cambios en la primera etapa.

Esto no significa que la selección argentina haya jugado mal sino que ganó muy bien y con justicia, pero tuvo ventajas que no suelen ser habituales en esta clase de torneos y es aún menos esperable ante Brasil y en su casa y con ánimos de revancha luego de aquella final perdida en el Maracaná.

Es evidente que luego de ganar la Copa América, el entrenador Lionel Scaloni se reafirmó en su idea del sistema 4-4-2, con Messi y Lautaro Martínez como puntas, con dos laterales casi en la mitad de la cancha, Ángel Di María volanteando, retrasado, y una superpoblación de volantes como Rodrigo De Paul, Guido Rodríguez y Giovani Lo Celso.

De esta forma, lo que ocurre es que al no ser Messi un punta (y menos a los 34 años), Martínez queda muy solo arriba, sólo acompañado a veces por los dos laterales, Nahuel Molina y Marcos Acuña, que no tienen oficio de delanteros y todo mejoró, obviamente, con los ingresos de Ángel y Joaquín Correa, de muy buen presente en sus equipos (Atlético Madrid e Inter), porque eso significó más presencia en ataque.

Acaso sacrificando un volante (o Lo Celso o De Paul) , con un extremo como Nicolás González y subiendo unos metros a Di María, o probando con más tiempo en la cancha a Paulo Dybala, con un buen regreso luego de un tiempo sin convocatorias, como en los últimos quince minutos, se podría probar otro sistema, especialmente para partidos que lo ameriten.

De cualquier modo, que cada vez se consolide más un equipo que trate de no depender siempre de Messi y que se comprometa tanto dentro como fuera de la cancha, como ocurrió esta vez, hay ya ciertas muestras de pasos hacia adelante, pero eso de que se es favorita ante Brasil en su casa, no es otra cosa que deformar el espejo.

Ni los peores del mundo antes, ni los mejores del mundo ahora.

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