Por Jorge Sosa. Mendocinos Famosos

Como dos arañas maravillosas
Tejiendo la tela de las melodías
Sobre el diapasón.
Se vuelven locas las cuerdas
Cuando el Tito sube con cada canción.

Su nombre: Fioravante Francia, su apodo ultrapopular: “Tito”. Nació en Mendoza el 1 de marzo de 1926. Dejó su adiós el 30 de diciembre de 2004, pero aún no se ha muerto, y no sé si eso ha de ocurrir alguna vez. Músico por ADN, abarcativo, polifacético. Virtuoso intérprete y enorme compositor. La música lo tuvo de inquilino en sus diversas casas: la del folklore, la del tango, la de lo melódico y la de la clásica. Integrante del movimiento Nuevo Cancionero que le dio impulso renovador al canto de toda Latinoamérica. Socio de escenario con cantantes y músicos de trascendencia: Hilario Cuadros, Antonio Tormo, Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Roberto Rufino, Jorge Sobral, Hugo del Carril. Alguna vez anduvo piazzolleando junto a Ástor en el Lincoln Center y el Carnegie Hall de New York.

Dentro del folklore sus obras más famosas fueron, entre decenas y decenas, “Zamba Azul”, “Regreso a la tonada” y “Trovador del rocío”, todas con letras de su amigo del alma: Armando Tejada Gómez. Mercedes las eternizó.

Sus obras clásicas son numerosas. Mencionamos las más apreciadas: “Suite Ruralia”, “Concierto para guitarra y orquesta”, “Sinfonía Hiroyima”. Fueron suyas las músicas, originales, de las fiestas de la Vendimia de 1967, 1974 y 1975. Si bien participó en numerosas grabaciones, sus discos propios, LP de la época, fueron “Fiesta para cuerdas” y “Polifacético”.

Noches de tonadas

Anduvo enguitarrado con los Trovadores de Cuyo, allá cuando Hilario convencía al cochero, y con Montbrun Ocampo, y con Tormo en noches regadas de valses. Anduvo con los grandes guitarristas argentinos que siempre lo miraron como uno de los más grandes. Respiraba música, soñaba con partitura abierta, caminaba moderato e cantábile. Sabía música de cualquiera especie, póngale jazz, melódico, tango, folklore, y cuando se metía entre las partituras sepias podía volver empapado de Mozart o de Vivaldi, o deletreando las Czardas de Monti. Nunca hubo tanta música en un solo mendocino. Se equivocaron los médicos de su final, no debieron hacerle transfusiones de sangre, debieron hacerle transfusiones de corcheas.

El Nuevo Cancionero

No sé qué día los juntó, pero la historia de esta tierra debe recordar muy bien aquel día. Seguro que hubo un vino durable de bienvenida a despedida, seguro que habrá habido tonadas de esas que se cantan con el alma a la intemperie, seguro que habrá habido, en noche estrellada, chaparrones de poesías. Ya no se separaron. Los unía ese canto elemental hecho de piel de desierto, de zonda subversivo, de acequia que baja cantando la filosofía de los glaciares. Los unía una sed de justicia que no se hace con música, pero la música ayuda a encontrar el camino. Los unía las ganas de cantarle a esos que siempre se quedaron afuera de la fiesta cuidando el auto de la oligarquía. Los unía, un murmullo de América que empezaba a calentar desde abajo, como lo pedía Fierro, bien desde abajo, ese canto que estalló en la maravillosa década de los sesenta, canto de Silvio, de Chabuca, de Alfredo, de Chico Buarque, de Pablo, de Violeta, de Uña Ramos, de Simón Díaz. Ellos, desde un patio humilde de Luzuriaga, regado sin manguera, pusieron el adobe fundamental para que se levantara el Monumento del Nuevo Cancionero.

Tito estaba con ellos, y entonces todos soñaban con armonía. Voy a pasar lista, que el pueblo diga presente:

Oscar Mathus
Tito Francia
Armando Tejada Gómez
Mercedes Sosa
Chalo Cederos
Mamadera Aragón
Tordo Nieto
Presentaron un manifiesto. Después el viento los vistió de América.

ADN con pentagrama

La familia forma, influye inevitablemente. En la familia de Tito la música se sentaba a la mesa a comer entre parientes.

“En realidad mi afición musical vino de parte de mi familia paterna. Todos hacían música, mi abuelo, mis tíos, mi padre”.

La guitarra lo encontró con los brazos abiertos y se le metió en el cuerpo. Nunca fue guitarrero siempre fue guitarrista. Estudio, mucho estudio, estudio aún en tiempo de descanso. Cuando uno disfruta del estudio el estudio no cansa. No lo cansó nunca, hasta sus últimos días se metía hasta las manos en sus cuatro horas de guitarra. El buen maestro nunca deja de ser alumno. Tito fue maestro siempre, aunque tuviese al frente otro maestro mayor. Tito podía darle clase al viento.

Lastimaduras universitarias

Le dolió mucho cuando la Universidad lo hizo a un lado como si fuera uno más. Tito no era uno más, Tito era el uno. Y era tan nuestro como el pericón. Dicen que un día golpeó la Patria la puerta de su casa porque necesitaba escuchar “Zamba azul”. Quiso seguir dando clases, o ayudando a dar clases en la Universidad, porque para el claustro era su mejor escenario. Lo bocharon. ¿Cómo pueden bochar a un talento de esa magnitud? A veces el dolor recibe un doctorado honoris causa. Nunca pudo olvidarse de ese desaire de la casa que amaba.

Embeleso

Hay una palabra más elocuente que la palabra virtuoso. Porque yo lo vi tocar, a un mate de distancia, y lo que hacía Tito no era de este planeta. Ningún hombre puede sacar tanta belleza de sus dedos. Era admirable escucharlo, y era admirable verlo. Era todo un festival de cuerdas. Exigente hasta la mínima semicorchea, el pentagrama se sentía talentosamente habitado cuando tocaba Tito.

Esa amiga con micrófono

Era la época de oro de la radio, cuando la gente se amontonaba junto al aparato parlanchín a escuchar eso que se decía o se cantaba a la distancia. La radio era un medio poderosísimo de persuasión. Toda la vida pasaba por la radio. Las emisoras de entonces tenían elencos estables de teatro y orquesta propia, y además auditorio para que la gente fuera a ver y escuchar a sus artistas. Queda poco de aquello, el auditorio de Radio Libertador y el Nacional, los dos con una rica historia impregnando sus paredes. Tito formó parte de esas orquestas con las que tocaba de todo, pero de todo todo, jazz, tango, folklore, clásica. Debían, entonces acompañar a cuanto cantante consagrado o no accedía a los micrófonos de la emisora. No es fácil, hay que estar atento para no desafinar, para no destacarse, para facilitarle el trabajo al dueño de la voz. Hay que ser rápido, certero, solidario, y eso da una gimnasia musical inigualable, con tamaña práctica casi que nada es imposible. Ahí se fogueó Tito acompañando a los trascendentes de entonces, ahí lo conocieron y empezó a ser Tito de Argentina.

Un elogioso reproche

La Orquesta Sinfónica de la UNCuyo estaba preparando el debut mundial de la Sinfonía Hiroyima de Tito, a la que yo le había puesto la letra. Fueron varios días de trabajar en el patio de su casa hasta dar con las palabras que no ofendieran semejante melodía. Una tarde fuimos a un ensayo. La orquesta lo recibió con mucho afecto al creador. Cuando subíamos la escalinata que nos iba a posicionar sobre el escenario un violinista lo espetó de lejos: – Tito, ¿qué escribiste? ¿Te crees que somos Paganini? – Tito sonrió, era un elogioso reproche.

Una anécdota para valorarlo

Tal vez esta anécdota sirva de ejemplo de la trascendencia de Tito. Cuando estuve porteñeando por cuestiones de trabajo, trabajé y nos hicimos amigos, con Víctor Laplace. Víctor tenía buenos recuerdos de Mendoza y un anhelo manifiesto: escucharlo tocar al maestro, así le decía, Tito Francia. Ese día soñado se hizo realidad. Víctor viene a representar a nuestra ciudad una de sus obras teatrales y me llama. Quedamos en juntarnos y yo le preparé una sorpresa. Cuando llegó a casa estaba esperándolo Tito con su guitarra. La felicidad de Víctor trepó hasta alturas cósmicas. La noche transcurrió entre canciones vibrantes, charla amable, anécdotas risueñas. Cuando Víctor se iba, con lágrimas en los ojos, me dijo: “¡Canté con Tito Francia! Hoy es uno de los días más felices de mi vida”.

¿Qué tal, Buenos Aires?

Decidimos hacer un espectáculo de tangos que titulamos “¿Qué tal Buenos Aires?”. Tito, Pocho Sosa, el Polaco Krisak y yo. Nos juntábamos a ensayar en la casa del Polaco, en Luzuriaga. Mención para el polaco: fue el bandoneonista más destacado del país, no es mi valoración, es la del jurado del Concurso Nacional de Bandoneonista que presidió el magnífico Horacio Salgán. Tito y el Polaco hacían maravillas con los tangos elegidos, pero había otra maravilla que el público no iba a apreciar: cuando en los descansos de los ensayos se ponían a improvisar. ¡Por favor! ¡Cuánto talento! ¡Cuánta inspiración! Yo los miraba hasta con las orejas y no podía creer que a belleza fuera tan cierta. A veces se peleaban, y eso era bueno, porque después tocaban mejor. Seguramente Pocho podrá dar testimonio de lo que digo.

Hiroyima

Cuando me llamó para que escribiera la letra de su sinfonía “Hiroyima” yo le mostré mi sorpresa y mi temor. El compromiso era muy serio. Tito me alentó, me dio impulso, me hizo partícipe de la belleza. Pero me convenció con su dolor por Hiroyima, lagrimeaba al recordar eso que él catalogaba como uno de los grandes genocidios de la humanidad. Entonces me dije: – A este hombre no le puedo fallar. Ojalá haya sido coherente con su sentimiento de mundo.

Maestro

Era maestro, nunca dejó de serlo, recibía alumnos, los instruía, sacaba lo mejor de cada uno, y los rigoreaba de una manera espantosa. Les transfería su perfeccionismo. A los alumnos les costaba, pero estaban recibiendo un certificado de calidad inigualable. Es toda una garantía que en el currículum de un guitarrista se diga que fue alumno de Tito Francia.

Disfrute un hermoso recuerdo.

Charla con Mildred, la hija amada

(Charla en un bar céntrico. Con Mildred nos conocemos de hace mucho tiempo. Excelente bailarina. La he admirado bailando en el ballet de la Universidad y otros de su cariño. Sé del respeto que se tenían con Tito. Ella admiraba al músico, él a la bailarina. Fueron compinches. Nadie mejor que ella para contarnos.)

Era muy perfeccionista. Estudiaba cuatro horas seguidas por día su instrumento; aun cuando ya era un consagrado seguía estudiando. También era exigente como profesor, bien tajante. Como compositor también se exigía, escribía sus obras con lápiz para poder corregirlas.

No hay dudas de que era muy pintón. Algunos dicen que era mujeriego pero a mí no me consta. Se cuidaba, era muy puntilloso, afeitarse para él era todo un ceremonial. Iban muchas mujeres a casa, mi mamá no las dejaba vivir. Era muy celosa. Él tenía tres, cuatro amores mujeres: Tita, mi mamá; Ingrid, mi hermana; yo y su guitarra.

Era muy humilde, nunca hablaba de él. Un tipo generoso. Lo llamaban pidiéndole plata y siempre les daba.

Se cuestionaba permanentemente su existencia. ¿Por qué vivo? ¿Por qué estoy en este mundo? Eran sus preguntas habituales.

En la última etapa estaba muy deprimido. No quería tocar la guitarra, eso era algo muy grave. Lo que hicieron en el hospital con mi papá fue un desastre. Lo mataron.

A la época de la radio siempre la recordó con cariño. Ansiaba volver a las orquestas estables de la emisora. Trabajó para que esa hermosa costumbre retornara, pero ya era tarde.

Su gran dolor es no haber sido reconocido por la Universidad. Lo segundearon en un concurso, nada menos que a él, a uno de los grandes guitarristas de la Argentina, ese al que le escribía Paco De Lucía ponderando su disco “Fiesta para cuerdas”.

Ellos, los del Nuevo Cancionero, tenían un duende inspirador: “La nota azul”. Todo lo que los hacía vibrar de buenas emociones tenía “la nota azul”. Ellos la buscaban permanentemente. Tito escribe una obra para un cuarteto de voces. Mientras más la iba arreglando, más a zamba sonaba. Le hace escuchar el intento a Armando en LV10 donde trabajaban los dos. Armando es categórico: “Es zamba y te la voy a pintar de azul”. Así una de las canciones más emblemáticas de mi padre.

Una noche soñó con una mujer y se enamoró de ese sueño, a tal punto que la dibujó para no perder los rasgos de esa desconocida que comenzaba a ser anhelada. El milagro ocurrió: en una actuación en LV10 la vio sentada entre el público. Se le fue como mosca al dulce, la persiguió hasta que logró su cariño. La familia de Lita, mi madre, se opuso a ese romance. No querían que se pusiera de novio con un músico. Pero el amor pudo más. Además mamá tuvo siempre vena artística, quería ser locutora. Era muy bonita, fue virreina de la Vendimia de la Capital, como mi hermana Ingrid, que fue virreina de la nieve.

Tenía una postura social clara e intensa. La injusticia y el hambre lo afectaban mucho.

Cuando las famosas vendimias de Abelardo Vázquez, mi padre hizo sus músicas. Fue un momento de inspiración muy importante.

Algunas de sus obras son muy difíciles de abordar. Que diga Albertina Crescitelli todo lo que le costó dominar su “Sonata para piano”.

Quería que respetaran sus creaciones tal cual las había creado. Si bien Las Voces Blancas le hicieron popular su “Zamba azul”, se quejaba porque le habían cambiado el final. Era entendible. Él se mataba para encontrar la nota azul y otros simplificaban su obra.

Siempre me apoyó en mi vocación de baile, pero no lo convencía. Decía que la de bailarina era una profesión muy sacrificada y muy corta. Tenía razón. Pero jamás dejó de alentarme.

Mis recuerdos son maravillosos. El domingo era mío, calesita, bañadera, zoológico, parque de diversiones, jugaba conmigo como un niño más. Era cariñoso, me acostaba con él y él inventaba los personajes de los cuentos. El “Vago Patagonia” era un gigante, contaba y hacía los efectos sonoros, y yo me creía absolutamente todo. El “Burrito Añejo” era otro de sus personajes. Un burro que, según él, habitaba en el parque; le hizo una canción.

Para mí era un padre no un artista.

 (Gracias Mildred por compartir tu orgullo)

Como dos arañas maravillosas
Tejiendo la tela de las melodías
Sobre el diapasón.
Se vuelven locas las cuerdas
Cuando el Tito sube con cada canción.

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