Donald Trump se niega a reconocer el triunfo a Biden, proyectado desde el sábado, y sostiene que hubo fraude electoral, sin mostrar pruebas al respecto

Una cuestión relevante era si el presidente usaría su enorme poder para evitar el reconocimiento de Biden.

Y la respuesta a esto comenzó a develarse esta semana, con varias medidas del gobierno de Trump que desafían los resultados de la elección y entorpecen una transferencia ordenada del poder.





Y esta actitud del magnate presidente le hace muy mal a la convivencia internacional.  Porque hay un problema que ahora afecta prácticamente a todo el mundo.

Nuestras sociedades, las de Argentina, la de Estados Unidos, la de Europa y la de varios países presentan un grado de polarización altamente preocupante. Se definen bloques antagónicos, muy radicalizados desde un simplismo angustiante. Cada bando se define en contra de ellos, los otros, más que por razones que los identifiquen en valores propios.

Joe Biden hereda un país política y socialmente dividido, enfrentado, agrio y predispuesto a encontrar en la calle la respuesta de sus resentimientos. Y esto nos pasa aquí y en todo nuestro entorno. La polarización se impone.

Y la polarización no se improvisa. No nos despertemos un día para descubrir que estamos polarizados. Esto viene de lejos; es un proceso que tiene un largo recorrido. Que se ha construido paso a paso, con tenacidad, con querida confrontación, con irritada displicencia por la opinión no coincidente. La polarización ha convertido la convivencia en un valor decadente que ha dejado paso a todas las modalidades posibles de la violencia. Legitimada y avalada, la violencia, para los que encuentran la excusa de su ambición intolerante.

Solo criticada, la violencia, cuando es la de los otros, la de los propios, la de los nuestros siempre se justifica. La polarización está servida gracias a la acción o pasividad de todos. Los altercados no son diferentes en función de quién los provoque.

La polarización siempre ha acabado mal. Siempre; no hay excepciones. La polarización otorga a los extremos del abanico político un protagonismo que no hace otra cosa que acentuar la radicalización y agravar el clima social. Los bloques impermeables se retroalimentan y ponen en riesgo la estabilidad institucional y las bases de la convivencia. No se trata de condicionar la libertad de la gente, ni su legítima ambición de progreso. Pero debería aceptarse que la polarización en tiempos de crisis alimenta las posiciones totalitarias. Paradójicamente, Hitler ganó con la oferta de ley y orden. Y su victoria sirvió para arrinconar la ley e imponer el desorden del terror. Y experiencias de signo contrario provocaron el desorden revolucionario para imponer el orden totalitario. Cuando el adversario se convierte en enemigo, la democracia se tambalea. Cuando la diferencia es perseguida, la libertad se desmenuza.

Hay que luchar contra la polarización cuando aún estamos a tiempo. Recuperar el gusto por la centralidad, por la transversalidad. Romper las fronteras de los polos para compartir espacios. No hay que renunciar a nada, pero tampoco obligar a renunciar a nadie. Hay mucho por compartir, mucho por respetar. Nadie encontrará honor más grande que el de abrir puertas de entendimiento. No se puede regalar a los portavoces antisistema la explotación de las debilidades o vulnerabilidades de una crisis o del propio sistema. Tenemos problemas y no los hemos de ocultar; hay que luchar, pero solo lo haremos bien y establemente desde la libertad y la democracia. El grito o el golpe no nos traen soluciones.

Joe Biden, afortunadamente, ha ganado. Pero el problema es la inmensa cantidad de gente que se ha dejado seducir por una persona como Donald Trump. No será con su estilo que resolveremos los problemas que sufrimos. Por eso, Biden habla de ser el presidente de todos y para todos, desde el marco de la democracia americana. Centralidad, transversalidad, libertad; serán –o han de ser– las instituciones de la democracia las que frenen a Trump. Él se encuentra bien con la polarización; es su terreno. Los demócratas americanos han de buscar su espacio, que solo encontrarán escuchándose y respetándose. Esto Trump no lo sabe hacer. Biden puede y quiere intentarlo.


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