Cada vez que este periodista tiene que escribir sobre el tema, invariablemente fluyen las lágrimas, las emociones y han pasado ya treinta y cuatro años. El Mundial de México de 1986 fue el primero que tuvimos que cubrir, siendo muy jóvenes, y hay que ser muy afortunado para que en una primera experiencia de este tenor, el resultado haya sido el que fue.

Por Sergio Levinsky, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Las expectativas, cabe recordar con justicia, no eran las mejores, deportivamente hablando. La selección argentina llegaba a la ciudad de México, a instalarse en el predio de Las Águilas del América, en medio de una de las tantas grietas que nos separan, que nos hunden en polémicas estériles y estereotipadas, como si no hubiera una tercera vía, y en este caso, ocurría lo mismo pero dentro del fútbol: menottistas y bilardistas se disparaban con todo lo que tenían a mano y sentíamos que no era ni una cosa ni la otra.

Ni era cierto, como le escuchamos decir a César Luis Menotti a pasos de sus declaraciones en el centro de prensa del hotel Presidente Chapultepec sobre que Diego Maradona estaba “como un barrilete” o que no estaba entre los que serían figuras del torneo entre las que mencionó a Michel Platini, Zico o Michael Laudrup, ni todo estaba tan pensado ni esquematizado como se quiere hacer ver, tanto que había jugadores que discrepaban con la línea de juego, Carlos Bilardo hablaba de España como rival en semifinales, y en los partidos de la primera rueda, la gente gritaba “juego, juego” como una súplica, por la lentitud en la salida, posiblemente por el calor reinante en la altura.

Ese calor y esa altura dieron lugar, a su vez, a una agria polémica entre Maradona y Valdano, por el lado de los futbolistas, que reclamaban un mejor trato y pasar los partidos a otros horarios más humanos, y el entonces presidente de la FIFA, Joao Havelange, a quien este cronista vio ingresando al lujoso hotel en el que trabajábamos, en la planta superior, del brazo del contraalmirante Carlos Lacoste, ex “Hombre Fuerte” del fútbol de la dictadura militar, y de Constancio Vigil, capitoste de la Editorial Atlántida, editora de la revista “El Gráfico”.

Fue bajar las escaleras mecánicas y toparse de frente con el trío, para subir raudamente por la otra fila, contarle a los colegas lo recién visto, con la consecuencia de una rápida pero firme decisión colegiada: nos retiraríamos hasta que el ex militar abandonara el lugar. Pocos días después, algún periodista extranjero le preguntó a Havelange, en una conferencia de prensa, qué hacía Lacoste allí, en esa visita. Hubo una silbatina general, y un colega angloparlante se subió a una silla y gritó “we don’t want murders here” (“nosotros no queremos asesinos aquí”).

Eran tiempos distintos a los actuales. Los periodistas argentinos éramos pocos, no había internet, y tampoco fax. Era bastante sencillo dialogar con los jugadores de cualquier selección, incluida la argentina. Era usual encontrarse cara a cara con Maradona, Daniel Passarella, Jorge Burruchaga o Valdano y dialogar algo al paso, lo mismo que con Bilardo o el doctor Raúl Madero. Sólo en una oportunidad, harto del seguimiento cada vez mayor en la medida que el torneo avanzaba y su chance de reinado aumentaba, pegó u salto hacia la cancha, separada por varios centímetros de alambrado, y ninguno de nosotros le pudo seguir el ritmo y hubo que poner el grabador a distancia.

Fuimos testigos, a pocos metros, de cuando el “Zoilo” Gerardo Horovitz, intentó sacar la típica foto de tapa de la semana previa al inicio de un Mundial para la revista “El Gráfico” para lo cual quiso que posaran uno al lado del otro, portando sombreros mexicanos, Maradona y Passarella. Imposible que se tocaran porque ya la relación entre ellos estaba dañada y costó mucho sonsacarles una tímida sonrisa.

El equipo argentino fue creciendo, como los billetes de pesos mexicanos en nuestros bolsillos. Llegamos con una cantidad de dólares pero en medio del Mundial (o poco antes) hubo una devaluación fuerte de la moneda local y lo que era una idea de viajar cada tanto a Guadalajara a ver algún partido del Brasil de Telé Santana, en bus, se transformó en una chance de hacerlo seguido y en avión. Allí, en tierras tapatías, pudimos hacer una linda amistad con el gran Joao Saldanha, DT original del gran equipo verdeamarillo del otro Mundial de México 1970, hasta que la dictadura lo quitó de su puesto, y no pudo concurrir a la máxima cita.

La fiesta del Mundial, con la ola en las tribunas que para ese entonces ideó una de las más conocidas marcas de bebida gaseosa en el mundo, contrastaba con la realidad del país. “No queremos goles, queremos frijoles”, decía la gente por las calles, y con sorna, algún programa crítico de TV cambiaba el “Bienvenidos, México recibe a sus amigos” de la canción oficial, por “Bien jodidos”. El país salía de un terrible terremoto que lo había asolado un año antes, en 1985, y se temió por el torneo, y las ruinas estaban todavía allí, frescas, como en la Colonia Roma.

Nuestra economía daba para todo y con un hermoso grupo de colegas contratamos de una vez al conductor de un taxi destartalado pero excelente gente (“Don Alejo Fonseca Pastrana pa’ servirle”) y nos encariñamos tanto que acordamos un salario, y nos llevaba y traía a todas partes mientras cantábamos con él por los caminos o las calles de Distrito Federal (“Con dinero o sin dinero/ hago siempre lo que quiero/y mi palabra es la leeeeeeey”). Así fuimos a Puebla, al partido con Uruguay por los octavos de final. No temíamos tanto en lo futbolístico sino a esa tradición por la que todo puede ocurrir y casi sucede cuando ya ganaba el equipo argentino con un gol de Pedro Pasculli, pero en el segundo tiempo el cielo se ennegreció, iba a desatarse una tormenta, y entre Enzo Francéscoli y Rubén paz, casi se cae la estantería.

Esperaba Inglaterra, a cuatro años de la Guerra de Malvinas con todo lo que eso significaba. El día anterior al partido, apareció José María Muñoz por el entrenamiento argentino acompañado por Bobby Charlton, quien era auspiciado por una tarjeta de crédito internacional, para apaciguar el ambiente. Un colega israelí prometió contactos en la concentración inglesa a metros del aeropuerto Benito Juárez y allí fuimos con mi amigo de Las parejas, Luis Blanco, quien lamentablemente nos dejó hace tres meses, y al rato, teníamos en una mesa que daba a un hermoso parque, a Gary Lineker y a Terry Butcher. El ambiente estaba caliente.

El 22 de junio estábamos allí, sentados en el palco de prensa con el grupito de colegas argentinos, para ser testigos de un día inolvidable. En el segundo gol de Maradona, el más hermoso de la historia de los mundiales, estábamos del otro lado de la cancha, a la altura del mediocampo aunque para el lado de la defensa argentina, pero no hubo tiempo de mucho: se nos cayó encima, en la euforia, un periodista desde la silla de arriba y nos lesionó algo la pierna derecha, pero ¡qué importaba!

Luego vino lo mejor: Bilardo hablaba de España pero el rival era Bélgica aunque íntimamente, sabíamos que sin Brasil ni Inglaterra, el camino estaba abierto para todo. Se respiraba un ambiente cada vez mejor y Valdano, de la misma ciudad que Luis Blanco, le prometió antes de la final que en el momento del himno, levantaría su pulgar como saludo para él. Lo vimos por el largavista pero no estábamos seguros de que se hubiera acordado y tal vez ese gesto fue para un familiar.

Cuando el brasileño Romualdo Arppi Filho pitó el final y la selección argentina se consagró campeona del mundo, este cronista, de 23 años entonces, no paraba de llorar, pero no había demasiado tiempo. Con varios de sus colegas de generación intentamos una locura, impulsados por el momento histórico que se vivía: aunque no estaba permitido, quisimos ingresar al vestuario pero nos topamos con una fila, cual barrera futbolística, de policías, aunque sólo munidos de palos. Nos terminó salvando Julio Grondona, quien nos tironeó hacia adentro.

Casi no se podía ingresar. En la puerta, en vano, el ex futbolista de Estudiantes residente en México y dueño de un restaurante que visitaba todo el ambiente del fútbol, “Mi Viejo”, Eduardo Cremasco, rogara que nadie más ingresara porque nos asfixiaríamos. De hecho, al rato hubo que acostar en la camilla a Carlos Muñiz, jefe de Deportes de “La Nación”. Pudimos hablar con un “Vasco” Olarticoechea, quien no parecía entender lo que estaba viviendo ni lo que pasaba en el Obelisco, a tantos kilómetros de distancia, Oscar Ruggeri se acordaba de “los panqueques” y Jorge Burruchaga lagrimeó ante nuestro grabador cuando alguien le preguntó por su ciudad natal de Gualeguay, en Entre Ríos. La selección argentina en estado puro, acababa de dar la vuelta olímpica en el estadio Azteca y Maradona acabaña de ser ungido como nuevo rey del fútbol mundial. Hacía minutos. Y nosotros estábamos ahí.

En el hotel Presidente Chapultepec sonaba el piano con tangos argentinos y con Luis Blanco nos dirigíamos al Restaurante cuando escuchamos que de algún lugar de la calle, una voz bien nuestra gritaba su voz. Era Valdano, desde el bus de la Selección, que asomado a la ventana levantaba su pulgar, como saludo.

Después, por si todo esto fuera poco, vinieron las vacaciones en Cuba, antes de regresar a Buenos Aires. Pasaron ya treinta y cuatro años de aquellos días tan felices y siempre nos sentiremos privilegiados por haber sido vivido aquello, incomparable, acaso por ser el primero, por la gloria, y porque esa generación de jugadores era la misma que la nuestra.

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