Acaso el 20 de abril debería ser declarado como el Día del Hincha en el fútbol europeo

Por Sergio Levinsky, desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Pocas veces, y de manera tan rotunda y cabal, los simpatizantes se volcaron a las puertas de sus clubes participantes del anunciado proyecto de la llamada “Superliga”, oponiéndose a los privilegios que ésta les otorgaba, tratando de hacer entender a sus dirigentes y a los del deporte en general, que no pretenden ganar un lugar especial por decreto sino en la cancha, y lograron la adhesión de la clase política y de gran parte de los seguidores de todo el planeta.

La “Superliga”, de haberse materializado, aunque fracasó rotundamente y apenas duró un día hasta que se desgajaron los seis clubes ingleses (Manchester United, Manchester City, Liverpool, Tottenham, Chelsea y Arsenal), habría sido la máxima expresión del capitalismo salvaje, ese que viene tratando de aplicarse (con devastadores efectos) en tantos otros ámbitos del mundo, concentrando cada vez más la riqueza en pocas manos, y con pobres cada vez más pobres que siguen esperando que la famosa “pirámide” inventada como tipo ideal, les “derrame” alguna migaja.

A diferencia de lo que su principal vocero, el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez (a la sazón, también elegido a cargo de este nuevo organismo que comenzó con doce miembros y esperaba sumar a tres más), trató en vano de explicar en los medios (a los que casi nunca acepta entrevistas en tiempos corrientes), el problema de este nuevo formato, con el que estas entidades se apartaban de la tradicional Liga de Campeones de la UEFA, no pasaba estrictamente por lo económico.

Si es por las cifras, puede entenderse que doce clubes tan poderosos como los seis ingleses mencionados, sumados  al Real Madrid, el Barcelona, el Atlético Madrid, la Juventus, el Milan y el Inter, más otros tres invitados que no estaban del todo especificados, intentaran crear un nuevo torneo. Si ya por participar, cada uno de ellos iba a llevarse 300 millones de euros, y que era muy posible que cada uno pudiera vender por su cuenta sus derechos de TV, y esos valores sumaban casi el triple de lo que obtuvo el Bayern Munich por ganar la Champions en 2020, hay poco para decir desde ese lado.

El problema era que esta estructura determinaba que esos doce clubes se clasificarían cada año con derecho propio a hacerlo porque sí, porque creen (ellos mismos) que sus trayectorias lo merecían, y que los demás, todos juntos, incluso aquellos clubes con más títulos que varios de ellos (por ejemplo Ajax, Porto, Benfica, Sevilla), debían desde ahora pujar para llegar a conseguir las otras cinco plazas y darse el lujo de jugar en la élite, un disparate a toda regla.

Pero no sólo es injusto el sistema que proponen estos doce en cuanto al formato de disputa, sino que Florentino Pérez explicó con pelos y señales que las encuestas que ellos manejaban hechas en los países con las cinco ligas más poderosas (España, Italia, Inglaterra, Francia y Alemania), determinaban –sin que se comprobara en la realidad- que entre un 57 y un 75 por ciento de los consultados creen que los partidos deben achicarse en tiempo, que son muy aburridos y que el espectáculo debe ser distinto y que así como está, va camino de perder hinchas en todo el planeta.

En este punto, no es casualidad que gran parte de los fondos (3500 millones de euros) sean aportados por la banca JP Morgan, -más allá de que también se sumó otro inversionista, la Key Capital, dado el vínculo de Anas Laghrari (secretario general de la nueva estructura deportiva) con Florentino Pérez-. Era claro el intento de “soccerización” del fútbol europeo en busca de un espectáculo que atraiga a los menores de treinta años, apuntando al futuro y acercándose a fenómenos como YouTube o Tik Tok, justo cuando el fútbol, como nunca, va creciendo en los Estados Unidos y su liga no sólo se asienta sino que van apareciendo figuras en el mismísimo Viejo Continente como Sergiño Dest (Barcelona), Musah (Valencia), Reyna (Borussia Dortmund), Pulisic (Chelsea) o Mckennie (Juventus).

Y como no podía ser de otra manera, la explicación de Pérez en los medios (acompañada con algo menos de alto perfil por Andrea Agnelli, el heredero del imperio de la Juventus), se basaba en un derecho histórico no siempre comprobable para permanecer en la élite, sumado al desconocimiento de reglas de convivencia y competitividad por las que sólo ganándose el lugar en la cancha, y en la temporada correspondiente,  se puede llegar a los lugares más altos. El otro basamento residía en que, según estos “visionarios” dirigentes, no existe mejor mecanismo de “solidaridad” con el resto de los clubes europeos (medianos y chicos) que derramar dinero desde la punta de la pirámide por lo que “sólo” cabe en ellos tener paciencia y esperar que llueva la oportunidad, algo que no es otra cosa que aquella “Teoría del Derrame” que viene utilizando el capitalismo salvaje en el mundo, con los nefastos resultados ya harto conocidos.

Y por si fuera poco, tampoco les interesó a los dirigentes de estos doce clubes lo que pudiera pasar en sus respectivas ligas nacionales, por lo que el discurso de solidaridad no parece encontrar cierta coherencia. Si ellos ya tienen sus lugares asegurados cada año en la máxima competencia europea, ¿por qué competirían cada año en sus ligas aquellos que rápidamente quedarían lejos de la lucha por el título, si ser segundos o decimoquintos daría igual? No por nada, aparecieron en Inglaterra (junto con Alemania, los dos sitios de más formidables manifestaciones de los hinchas), banderas que decían “gánatelo” o “prefiero morirme de frío en Stoke”.

La movilización de los hinchas, una vez más, salvó al fútbol, esta vez en Europa, así como en el pasado, los hinchas de San Lorenzo consiguieron que el club no se privatizara a nombre de la ISL (que quebró un año más tarde) a principios de este siglo, o van consiguiendo ya casi regresar a su estadio del Viejo Gasómetro de Boedo, o los de Racing se opusieron a la quiebra también en la misma época, o muchas hinchadas alemanas se retiraron masivamente de los estadios oponiéndose al aumento del precio de las localidades. Son los hinchas, los técnicos como Josep Guardiola (Manchester City) o Jürgen Klopp (Liverpool), los jugadores como James Milner (Liverpool) o Gerard Piqué (Barcelona), los que consiguieron, por una vez, doblegar a un monstruo que tenía toda la intención de expandirse y de generar una nueva era en el fútbol, la de los ultra ricos que diseñaban un sistema para ellos mismos.

Esto no significa en absoluto que lo que hay es muy bueno, que no haya enormes injusticias y que los ricos hayan dejado de ser favorecidos. La crítica a la falta de transparencia de organismos como la UEFA o la FIFA (a la que agregamos a la Conmebol y a muchísimas federaciones nacionales sino todas) es más que atendible, pero no parece que para combatir el incendio haga falta arrojar litros de aceite.

El 20 de abril, el fútbol, el genuino, el de los que lo aman en todo el mundo, se descubrió fuerte y dispuesto a colocar una raya roja, una especie de “Línea Maginot” al ultra capitalismo que excluye a la mayoría y ahora ya ni siquiera la deja participar. Tal vez sea el inicio de algo un poco más limpio, un poco más digno. Ojalá.



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