A mediados del siglo XVIII adquirió importancia una posta ubicada, al sur de la población de Mendoza, en el paraje La Isla, reunión de los arroyos Aguanda y Yaucha. El asentamiento de colonos y las primeras estancias hicieron necesario tomar recaudos para su defensa.

El fuerte fue construido en 1770, por orden de la Audiencia Gobernadora de Chile como defensa contra las incursiones indígenas, pehuenches y ranqueles. Por entonces el territorio de Mendoza pertenecía a la Capitanía General de Chile dependiente del Virreinato del Alto Perú. Se lo bautizó San Carlos en honor del Rey Carlos III hecho que, tal vez, entronizó al santo del lugar: San Carlos de Borromeo. Poseía gruesas paredes de barro pisado asentado sobre cimientos de piedra y completaba la fortificación un pozo seco de 4 m de ancho por 3 de profundidad. Llegó a albergar a 50 personas.

Fue protagonista de acciones ofensivas y defensivas contra los nativos belicosos del sur del Diamante y también de parlamentos y acuerdos. Pero el hecho más destacado de su historia fue la reunión que el General San Martín tuvo con los pehuenches comandados por el legendario cacique Ñacuñán.

La reunión

Septiembre de 1816. Los pehuenches llegaron con todos sus atributos de guerra, con los rostros pintados, pintados los caballos, con sus lanzas, con sus flechas, con sus boleadoras. Los ancianos, las mujeres y los niños detrás, ellos al frente haciendo camino, mostrando coraje, alardeando, asustando. En el fuerte de San Carlos los esperaba la comitiva que había preparado San Martín y varias mulas cargadas de regalos. Los pehuenches hicieron ostentación de sus habilidades con los caballos, pero también hicieron demostraciones los granaderos del escuadrón que acompañaba a San Martín, para el goce de los nativos. Después vino la reunión.

Fray Francisco Inalicán era de sangre americana, de los pueblos originarios, su padre cacique mapuche de la zona chilena de Chillán lo había cedido para que supiera más con los españoles, para que creciera entre aquellos que más de una vez habían sido sus enemigos. Inalicán se destacó en la Iglesia de San Francisco en Santiago de Chile y aprendió las bondades del Santo, sobre todo su vida de ayuda y de pobreza, su búsqueda incesante de la verdad. Después la vida lo había hecho cruzar la cordillera y ahora estaba allí, en el mismo recinto en el que estaban sus hermanos de piel de sol, de ojos como puñales, esos que hablaban su misma lengua.

El parlamento comenzó, Fray Inalicán sabía que todo pasaba por sus palabras, palabras de dos idiomas, palabras de dos culturas. Presentó a su jefe, San Martín, habló de las buenas intenciones que tenía esa reunión, alabó el coraje y la valentía de los jefes nativos que lo miraban fieramente. Él los conocía, ahí estaba el lonco mayor, Ñacuñán (Águila blanca) ahí estaban sus capitanejos. Trató de recordar su mirada de sus tiempos niños, de cuando su padre le enseñaba el poder de los ojos y entonces él también miró con fiereza. Los asuntos a tratar eran muy serios y requerían entonces seriedad suprema, esa que él había cultivado en tantos claustros del convento que lo acercó a otro Dios.

De Ngnechén a Jesús. Francisco Inalicán habló, dijo lo concertado con San Martín, leyó parte del documento que fijaba los argumentos, pidió, prometió. ¿Qué pidió? Permiso para que pasara el ejército liberador por el territorio pehuenche, y que fueran apoyados, y ayudados en su empresa de terminar con los españoles que tanto se habían ensañado con los pueblos de la tierra. Después le tradujo a San Martín que los jefes reunidos aceptaban la propuesta. El pacto estaba cerrado, era hora de comenzar la fiesta. La intención oculta de San Martín, quien nunca pensó cruzar con el grueso del ejército por el sur, era que los pehuenches llevaran la noticia de que eso iba a ocurrir para desorientar a los realistas del otro lado. Era parte de la guerra de inteligencia del General, que el mismo llamó “Guerra de Zapa”.

La celebración

Cuando el pacto se había cerrado comenzó el festejo de los nativos. Una orgía de alcohol, sexo, de gritos, de bailes, de gritos, de peleas. Mezclaban el alcohol, cualquier fuese, en hoyos que habían hecho en la tierra, rellenados con cuero. De allí bebían. Muchos de ellos quedaron en el patio del fuerte tirados, hubo algunos muertos por alta dosis de excesos. Las peleas a falta de armas, porque las habían entregado a los hombres de San Martín como señal de amistad, eran a las trompadas, patadas, tirones de pelos y mordiscones.

San Martín miraba y aprendía, miraba y guardaba en su memoria abierta. Jamás había visto tamaño descalabro. Lo contaría años más tarde, en 1826, cuando residía en Bruselas, al también militar Miller, quien realizó un trabajo de investigación sobre la vida y la campaña del general.

Poco después el Fuerte de San Carlos fue otra protagonista de El Cruce de los Andes. El paso del sur (El Portillo) fue cruzado por un menguado destacamento al mando del capitán José León Lemos. Fue el último en partir y el más pequeño, sólo lo integraron 25 soldados del cuerpo de blandengues y 30 milicianos del sur de la provincia de Mendoza. Su misión consistió en cruzar a Chile y sorprender a la guardia del fuerte de San Gabriel; este ataque haría pensar que el grueso de la ofensiva podría llegar por allí y que el destacamento de Lemos sería sólo la vanguardia de un ejército mayor. Lemos partió del Fuerte de San Carlos.

En la actualidad pueden observarse restos de los adobones que conformaron sus paredes y dos cañones de la época. El lugar fue declarado monumento histórico en 1951. Funciona en él el Museo Histórico Municipal de San Carlos.

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