Andan diciendo que el 7 de junio fue el Día del Periodista. Ser periodista en tiempos de pandemia, ¿qué, qué significa?

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Insisto con interrogantes que vengo formulando desde esta columna. En este 2021, virus mediante, los periodistas, ¿podemos, debemos celebrar? En todo caso celebremos, pero celebremos reflexionándonos. (Que buena falta nos hace).

   Elemental: ser periodistas asediados por el covid-19 es muy diferente que ser periodistas en la hoy considerada vieja “normalidad”. No es lo mismo ser periodista en el carnaval de Río de Janeiro que en la cubierta del Titanic. Las responsabilidades de nuestro oficio se han agudizado. Al mismo tiempo –reconozcámoslo– también se han agudizado las irresponsabilidades. Mentir se ha vuelto una frecuente opción, una obscena costumbre.      

   Una vez más evoco al laico patrono de los periodistas, el muy fugaz Mariano Moreno. Que hacía periodismo explícitamente político, sin disimulo. Si reitero ciertas preguntas es, por empezar, porque la realidad insiste en reiterarse. Va de nuevo la pregunta: si Moreno, ese muchacho  hubiese nacido hace 40 o 50 años, ya bien entrados al siglo 21, ¿tendría trabajo? Algo más: ¿hubiera llegado, vivo, a cumplir los 40 o 50 años de su edad?

    No nos distraigamos: sabido es que Moreno murió en un barquito, rumbo a Gran Bretaña. No hubo autopsia, ni exigente verificación médica: quedó reducido a enigma la causa de su raro, de su repentino patatús. Se sospecha que se debió a un tecito destituyente que le incendió las entrañas. Moreno, por joven y por periodista, era un muchacho muy atrevido, muuuy incomodante. No tenía pelos en la lengua, ni pelos en la pluma. Por eso: un tecito / ¡y adiós Marianito! En fin, que Mariano fue uno de nuestros primeros desaparecidos. De aquel político, inquietante pensador, rescato un concepto cada día más vigente: “Es preferible una libertad peligrosa, a una servidumbre tranquila”.

Pero que quede claro que estamos hablando de genuina libertad, no de la libertad berreta e insolidaria que se enarbola últimamente. Libertad usada para contagiar al otro. 

  Todavía habitando en la semana que atesora el Día del Periodista sugiero que nos revisemos como periodistas, en lo que hacemos y en lo que dejamos de hacer. No le escapemos al peaje de la autocrítica. Ojo al piojo: en nombre del distanciamiento, en nombre del autodenominado periodismo independiente, en nombre de la hipócrita neutralidad no caigamos en la práctica de la indiferencia activa. En pandemia es aconsejable lavarse las manos, de acuerdo, pero en la realidad de nuestro oficio, por favor, no nos lavemos las manos. ¡No seamos discípulos de don Poncio Pilatos!

   Detengámonos un poco: con frecuencia los periodistas reclamamos una dirigencia política mejor. Enarbolamos “la necesidad de diálogo y reconciliación”. Criticamos la mentada “grieta”, pero lo hacemos (con perdón de los perros) ladrando ofensas. Con mala leche. A la desinformación se le suele añadir confusionismo deliberado. A la incomunicación se la suele infectar con la (des)comunicación. Nos amparamos en la desmemoria a la hora de argumentar. A los archivos los eludimos como Maradona a los ingleses. 

   Ya que estamos en el modo reflexión autocrítica, no nos apuremos. A ver, ¿qué sucede con el promedio del periodismo estelar? Se juega al periodismo independiente y objetivo, se supone que tenemos una sola vara para medir en nuestras críticas. El problema es el uso que le damos a esa vara. “Medir con la misma vara” se nos ha vuelto peliagudo. Y esto se agrava por ese descarado cultivo de la desmemoria. Desmemoria que garantiza la impunidad.

   Cuando se dice que se escuchan “las dos campanas”, hay que ver cómo se eligen esas campanas. Y en qué orden se escuchan. Porque, no lo neguemos, casi siempre la campana que suena última es la que suena mejor. El orden de las campanas, señoras y señores, sí altera el producto.

    Rasgo de nuestra actualidad: se promueve la confusión, estamos sumidos en el reino del barullo. Hay demasiado monicaco suelto. Monicacos que la pasan con prosperidad en democracia y la pasaron macanudo en tiempos de dictadura. Por lo general esos monicacos confunden barullo con pluralidad, confunden investigación con alcahuetería, confunde lagaña con emoción, confunden impunidad con heroísmo. Lo dicho: los farsantes todo el tiempo se amparan en la desmemoria.     

    Sigamos enfrentando nuestro incómodo espejo: todo el tiempo alardeamos con “llegar a la verdad hasta las últimas consecuencias”. Por favor, no nos engañemos: con frecuencia lo que se busca no es la “verdad” sino el “escándalo” que puede producir esa presunta “verdad”. 

   Ya es tiempo de preguntarnos cuánto han contribuido a ahondar la mentada “grieta” los medios y periodistas que se lamentan y denuncian esa “grieta”.  

    Buena ocasión para reanudar una pregunta que se ha reiterado en esta columna a lo largo de los años: los periodistas, ¿somos realmente periodistas o somos sumisos partenaires, o somos voceros y dactilógrafos de los intereses de nuestras ocasionales empresas?

    Más interrogantes incómodos: si no escribimos, si no hablamos un castellano digno, si estamos en el (des)nivel de las abundantes carencias de Tarzán, ¿podemos considerarnos periodistas? ¿Acaso no atentamos contra la libertad de expresión cuando cometemos un lenguaje estreñido y plagado de gerundios?

    Un detalle: a propósito de la tan mentada ética, ¿cómo anda nuestra ética de la sintaxis?

   Y tanto que pontificamos sobre la corrupción, ¿cómo andamos por casita?

   No le saquemos el poto a la jeringa. A ver, cómo respondemos a la siguiente pregunta: ¿En qué medida los grandes medios y sus periodistas somos o no responsables de la creciente analfabetización que sirve para consolidar el analfabetismo?

   ¿Será suficiente con descansar en la comodidad de echarle todas las culpas a “los políticos” o a la tevé basura? 

   Pregunta muy incómoda: ¿No será que con la excusa de que somos simples empleados, rehenes del pan de cada día, nos resignamos a ser partenaires con demasiada facilidad? Damas y caballeros, ¿hasta cuándo nos vamos a esconder en la obscena coartada de la obediencia debida, o del “qué querés, tengo que darle de comer a mis hijos”. Salgamos de la comodidad de ser víctimas: la obediencia debida tiene sus límites. Finalmente, a la hora de teclear somos dueños de la repregunta y del orden de las preguntas (orden –dijimos– que sí altera el producto). Además somos dueños de los diez deditos que por lo general tienen nuestras manos a la hora de teclear el sujeto, el verbo y el predicado.

   Entre el cinismo y la ignorancia, periodísticamente hablando, ¿qué es lo peor? Lo peor es la distracción. La distracción es mucho más nociva que la censura. Porque cuando estamos distraídos nos quedamos mirando la punta del dedo y no lo que el dedo señala.

Paranoia como ideología   

 Retornemos a la evocación de aquel lúcido y corajudo Mariano Moreno que prefería la “libertad peligrosa”. Sus palabras encajan en tiempos en los que el miedo se ha convertido en religión. Y en coartada ideológica. Respondámonos: ¿qué responsabilidad tiene el periodismo en la construcción de la paranoia como ideología?

   La paranoia analfabetiza, y paraliza y extraña y reclama la urgente necesidad de una Mano Fuerte. La paranoia conduce a la indiferencia activa, la que a su vez es ideología activa; de derecha, claro. El neoliberalismo congenia, se lleva bárbaro con la paranoia social. Por algo será.

   Hay cosas primordiales que no podemos perder de vista como periodistas de este tiempo:

   Que la ecología debe ser mucho más que un temita de moda.

   Que desde ya debemos sembrar conciencia de que el agua pronto valdrá mucho más que el petróleo, mucho más que el oro.

   Que el pan, si no es compartido, no es pan, es obscenidad.

   Que el analfabetismo es muy grave. Y la analfabetización es una forma de activo genocidio.

    Los autodenominados periodistas cada día, en ayunas, debemos recordarnos que la ética empieza por casa. Y la corrupción también.

   Cerremos filas contra los buitres de afuera y los buitres de adentro.

   Afrontemos los prodigiosos riesgos de una “libertad peligrosa”, desechando la patética comodidad de una “servidumbre tranquila”.

   Seamos periodistas, comprometidos con la democracia, con la vida, con el aprendizaje de la extraviada solidaridad. 

   Si no somos eso seremos paupérrimos partenaires, mercenarios, meros dactilógrafos a sueldo, periodistas digestivos, eructantes. (Ojo, la digestión no debiera ser confundida con una actividad cívica).

   Aunque no coincido con su dogma, adhiero a una frase del excepcionalmente lúcido cura Leonardo Castellani: “Dado que el periodista tiene que decir algo, ¿por qué no dice la verdad de vez en cuando?”

   Y no nos engañemos: los y las periodistas somos trabajadores/ras tan esenciales como los enfermeros, carpinteros, científicos, bomberos, vendimiadores, peones rurales… A propósito: las vides están gestando los vinos venideros. Hoy estamos en plena pulseada con la pandemia. Recordemos: el momento más peligroso de esa pulseada sucede cuando nos creemos que la vamos ganando.

   Esta es la cuestión: Ser periodista o ser virus.

Libertad, sinónimo de solidaridad

   Con paciencia (que no es resignación) esperemos el tiempo de descorchar los malbec debidos. ¡Salud y solidaridad! La libertad de nuestro tiempo tiene que ser sinónimo de solidaridad. ¡No le aflojemos! ¡El sol –solidario como nadie– cuenta con nosotros!

    Hay periodistas y periodistas. Hay periodistas que ya entrados al siglo XXI

llegan al colmo de celebrar la muerte. Están acostumbrados a celebrar las malas noticias y acostumbrados a deformar y ningunear las buenas noticias.

En el 2021 la pandemia nos está arrancando las caretas. Pasamos de considerar a las vacunas de venosas a reclamar, airadamente, por la ¡escasez de vacunas!!! ¿En qué quedamos?

    No estaría demás dejar de actuar con malaleche.

    El neoliberalismo perdió la vergüenza. Ciertos sectores incluso se han afanado la palabra “república” y la palabra “libertad” y hasta la palabra “democracia”. A propósito,  a la siempre tenue democracia la están cariando, socavando duro y parejo los que han hecho de la obscena celebración de la muerte y de la mentira la nueva normalidad. 

    Por eso, no, no estaría demás insistir en la recordación del olvidado cura Castellani cuando decía: “Dado que el periodista tiene que decir algo, ¿por qué no dice la verdad de vez en cuando?”

*  [email protected]   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.


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