No quieren entregarle a Castillo el triunfo obtenido en Perú, ante el silencio cómplice de los organismos multilaterales (OEA, ONU). En Bolivia no sólo los golpistas de 2019 se niegan a dar cuenta de sus atropellos, sino que ahora se atreven a pedir la renuncia del nuevo presidente (que les ganó ampliamente en las urnas).

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

Trump, cuando perdió, armó el ruido del pretendido fraude sin tener motivo ni prueba, y hasta se permitió fomentar el ataque al Capitolio para “corregir” la situación. El candidato de los indígenas ecuatorianos, al ver que triunfaba el postulante popular Aráoz en la primer vuelta, se inventó un ruidoso fraude inexistente. Y ahora vemos en la Argentina hablar de…fraudes a futuro!! Cadena de calcadas falsas denuncias, que obviamente no puede ser casual.

  El llamado “consenso de Washington” –que de consenso nada tuvo- ha cerrado su ciclo. Hacia 1990 caía la Unión Soviética, con todo el bloque coligado. Y se consolidaba la hegemonía del capital financiero sobre el productivo, surgiendo, del libre flujo planetario de capitales, la llamada “globalización”, y con ella el achicamiento de la ingerencia del Estado y la mayor concentración económica, llevando a los ajustes permanentes, la liquidación de derechos laborales y las democracias manejadas por las derechas neoliberales. Es el tiempo de Fukuyama y la creencia de que habíamos llegado al éxito capitalista definitivo, al “Estado homogéneo universal”.

  Las acciones del terrorismo contra las Torres Gemelas sacaron a Occidente del ensueño, pero en el manejo de los gobiernos la calma seguía. Luego surgía Chávez en Venezuela, después Kirchner y Lula, al tiempo Correa, y la tranquilidad del capitalismo mundial empezó a fisurarse. Se tiró abajo a Zelaya en Honduras y a Lugo en Paraguay, pero ya la fiesta total del libre mercado había cedido.

 Sin embargo, a nivel del capitalismo central todo marchaba bien. Súbitamente la crisis del 2009 tiró todo abajo: la caída del negocio inmobiliario mostró lo artificioso de la burbuja financiera, y se esfumaron múltiples negocios de una vez. La situación económica empeoró, los índices se volvieron volátiles, y empezó la crisis del modelo geopolítico de la democracia montada sobre el capital monetizado.

 Así surgió el autoritarismo de Trump, apelando a consignas nacionalistas y de encierro que eran poco esperables del globalismo estadounidense. Bolsonaro se subió a la misma onda, y a ellos se sumaron las derechas neofascistas europeas, reforzadas por la alarma ante la inmigración asiática y africana, motivada por el hambre y por las guerras (producidas ambas con la complicidad occidental).

  Y se acabó la estabilidad del “modelo democrático”. Ya está claro: la promesa de un liberalismo tranquilo y autoasegurado ha terminado, incluso en Europa. Crecen derechas más radicales, incluso algunas izquierdas (Portugal, Grecia en su momento, Podemos en España). El centro se va vaciando, la política marcha hacia polarizaciones. Estados Unidos inventó el “lawfare”, y con él castigó a Lula, a Cristina Fernández, a Correa. Pero lo de Lula ya se comprobó que es falso, el ataque a la  ex presidenta argentina no impidió que su alianza ganara la elección, el candidato de Correa ganó la primer vuelta a pesar de todo, y el partido de Evo gobierna de nuevo. Ya no alcanza la manipulación de instituciones, ni las elecciones libres: estas pueden perderse, lo primero ayuda a sectores hegemónicos, pero nada les garantiza.

  Por eso, los sectores del stablishment ya no se conforman con comicios o con hacer persecución de espionaje y judicial, como la que hubo en Argentina entre 2015 y 2019. Ahora hay que protestar las elecciones: si se las gana estarán bien, pero si se pierde “es que hubo fraude”.

 Así, asistimos a denuncias poco plausibles. Brandoni dice por tv que “él cree” que hubo fraude en las PASO de 2015. El periodista, de parecida posición ideológica, lo mira pasmado. Le dice que no se denunció en su momento, que nadie lo vio así. El actor, con total indiferencia a sustentar en algo sus dichos, insiste en que “él cree”, y se acabó. Luego Macri se suma en igual discurso –es obvio que algún asesor lanzó la idea de que lo digan-, y dos periodistas televisivas obviamente amigas se quedan estupefactas, y hasta una se atreve a señalar su incredulidad. ¿Cómo podría hacer fraude quien no tenía las riendas del gobierno ni de algún poder institucional de peso, como hubiera sido gestionar la provincia de Bs.Aires? No importa. Macri insiste con el libreto de ficción, para asegurar desde ya que, si pierde, él dirá en noviembre que hubo fraude.

 Un modo de protegerse mientras la interna de JxC entra en una deriva extrema. También en FdT las cosas no son fáciles, pero no se advierten desbordes públicos en torno de lo electoral. La pelea de Macri con Larreta, agravada por la provincia de Bs.Aires, Santilli y Jorge Macri en el medio, se ha hecho encarnizada: y como allí eran pocos llegó Manes, traído desde una UCR que no tiene candidatos propios.

  Ante esto, vemos a ciertos locutores y periodistas de TV hacer el curioso papel de “dar órdenes” a “sus” políticos de JxC para que dejen de pelearse, se porten bien, y todos en bella armonía se dediquen a destronar al gobierno. No sólo es bastante extraña la apelación, sino incumplible: es como pedir a esos periodistas que suspendan su pretensión de ganarle en el rating a sus competidores del mismo horario, aunque sean del mismo palo ideológico. Es pedir lo imposible.

  En síntesis: ojalá la deriva antidemocrática sostenida desde el Norte no sea la única posibilidad para los países latinoamericanos. Su primer versión, la de las dictaduras de los años 60 y 70, acabó trágicamente para todos, no solamente para aquellos que fueron reprimidos y perseguidos.-

_______________________________________________________________________
Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.


-->