En Diario Jornada estamos destacando en los últimos meses a mendocinos famosos, entre ellos, algunos han sido algo más que famosos. Fueron y son emblemas de la provincia. Este es el caso de Ernesto Antonio Contreras, el más grande ciclista que dio nuestra provincia y uno de los tres grandes ídolos de esta tierra de campeones junto a Nicolino Locche y Víctor Legrotaglie.

Por Roberto Suárez, Especial para Jornada – Mendocinos Famosos

El Negro Contreras, el consagrado como “Cóndor de América”, es un verdadero símbolo de nuestra provincia, no solo porque logró trascender como un deportista brillante, sino porque lo ha hecho también desde lo personal, con una madera humana enorme, marcando un derrotero por su conducta simple, honesta, franca, leal, con una vida llena de amigos y admiradores, pese a que pasaron muchos años de aquellos pedaleos célebres.

Ernesto vino a ocupar en el deporte mendocino el glorioso lugar dejado por lo hermanos Saavedra, que eran diez, nacidos en Godoy Cruz, y de los cuales, Cosme, Carmelo, Victorio y Remigio, se dedicaron al ciclismo de ruta y pista en distintos escenarios en los años 1920 y 1930. Los que más trascendieron porque se radicaron en Buenos Aires y representaron al país en diversas competencias internacionales fueron Cosme, que era el mayor de los que corrían y primer ciclista olímpico, y Remigio, diez años menor, que llegó a unir en bicicleta Buenos Aires con Mendoza a los 70 años, el 5 de diciembre de 1981 (ya lo había logrado antes en 1943).

La historia dice que Ernesto Antonio Contreras nació en Medrano, departamento de Junín, un 19 de junio de 1937. Su padre, Crispín Contreras, era chacarero y su madre fue doña Modesta Vázquez, quien además de Ernesto tuvo otros 7 hijos.

Desde muy niño, como todo infante de esas zona agrarias, Ernesto ayudaba a su padre en aquella chacra, y recorría todos los días en bicicleta los 8 kilómetros que separaban su casa del pueblo.

Empezó su carrera deportiva con una bicicleta prestada. Su debut fue con un triunfo el 22 de abril de 1956 en el departamento de San Martín, para luego clasificarse tercero en el Premio Cerro de La Gloria. El domingo 13 de junio se proclama campeón mendocino al superar a Arturo Tejedor, uno de los más grandes ciclistas de esos años. A los pocos meses, el 14 de octubre, resulta campeón argentino de persecución en pista con récord argentino en la ciudad bonaerense de Trenque Lauquen.

Aquel primer título de 1956 se suma a los 12 que logró en su brillante trayectoria deportiva: los 8 títulos seguidos de persecución individual sobre 4.000 metros entre 1956 y 1963; los 3 títulos de resistencia, distancia de 120 km contra reloj: 1959 en Santa Rosa, La Pampa; 1970 nuevamente en Santa Rosa, La Pampa y en 1971 en San Rafael, Mendoza. Hay que sumar un título en kilómetro con partida detenida, recorrido de 1.000 metros en 1961.

Viene luego la estadística que nos recuerda su incursión internacional, primero en mundiales: en 1959 en Ámsterdam, Holanda, terminó octavo. En 1961 en Zurich, Suiza, fue cuarto, la mejor posición en tierras europeas. En 1963 en la ciudad de Milán, Italia, en el velódromo Vigorelli, durante el campeonato mundial de persecución individual, Contreras con un tiempo de 4 min 55s en los 4.000m, su mejor marca en todo su historial deportivo, obtiene el séptimo lugar. Su cuarto mundial fue en Montevideo, Uruguay, en 1969, junto a Carlos Álvarez, Juan Alves y Juan Merlos, obtuvieron un honroso segundo puesto, detrás del cuarteto italiano.

Y segundo queda el recuerdo de la experiencia olímpica: Roma, 1960, 5º en persecución por equipos, eliminado por Italia en cuartos de final, con Alberto Trillo, Héctor Acosta y Juan Brotto. En Tokio, 1964, 8º en persecución por equipos, derrotas frente a Italia y Australia, con Alberto Trillo, Juan Alberto Merlos y Carlos Miguel Álvarez y en México, 1968, noveno en persecución por equipos, eliminado por Italia en octavos de final, con Juan Alberto Merlos, Carlos Miguel Álvarez y Juan Alves. Después Contreras junto a Merlos, Álvarez y Roberto Breppe tomaron parte en la prueba de los 100 km contrarreloj en ruta, donde terminaron séptimos.

Los títulos y laureles conseguidos por el “Negro” marcan porque fue un grande de verdad en el deporte nacional: ocho veces campeón argentino consecutivo de pista en la modalidad de persecución individual 1956–1963. Primer campeonato argentino de kilómetro con partida detenida en pista 1961. Tres veces campeón argentino de Ruta: 1959 – 1970 – 1971. Campeón Americano de pista en la modalidad de persecución individual en Brasil 1958. Subcampeón Americano de pista en la modalidad de persecución individual en Montevideo 1957. Campeón Río Platense en la modalidad de persecución individual 1957 – 1959 – 1961 y vencedor dos veces del Cruce de los Andes, 1968 – 1973.

Este dato último es imborrable en nuestra historia: en el primer Cruce en 1967 fue 2º; ganó en 1968 la 2ª edición; fue 3º en 1971 y 2º en el 4º Cruce; ganó la 5ª edición en 1973, y fue 7º en el 6º Cruce. No corrió el último y se retiró de la práctica del ciclismo a los 41 años. La preparación física fue fundamental en su carrera, la hacía sin descuidar ningún detalle, llevaba una vida ordenada y metódica, porque entendía que la preparación era fundamental, ya que las competencias se caracterizaban por su dureza, y el estado físico adquiría una importancia decisiva al final de la prueba. Un hombre de temple, con una tenacidad para imitar, un luchador que nunca se entregaba, con un estilo particular, siempre peleaba por la punta. Por eso en la historia del deporte argentino, su nombre está escrito con letras de oro y con el fervor de los que tuvieron el enorme privilegio de verlo desplegar sus alas con toda su magia por las rutas y velódromos del país. 

Pero hay que detenerse para hacer un repaso a su actuación en los inolvidables Cruces de los Andes. Esa competencia marca un hito imborrable en la vida de los mendocinos. La llegada de los Cruces que corrió, en sus últimas etapas a Mendoza, volcaba al pueblo masivamente a la vera de la ruta para alentar y vivar, arrojarle agua y flores, al enorme ciclista que lograba una vez más esa increíble comunión del pueblo con sus ídolos. Con mucha fuerza, a veces muy fatigado, con los músculos fibrosos al extremo, la larga estampa del “Negro” recibía la fuerza de todo un pueblo para poder llegar a la meta y convertirse en el “Cóndor de América”, como acertadamente lo bautizó ese gran maestro del periodismo que fue Marcelo Houlné.

Tuve la suerte de cubrir como periodista la campaña de Ernesto, entrevistarlo en varias ocasiones, y fundamentalmente de conocerlo profundamente como para afirmar hoy que le bastó la breve dimensión de ser una buena persona y pedalear como un gigante para penetrar en los infinitos recovecos del alma humana.

Hoy sigue en su negocio, por supuesto una bicicletería, en Godoy Cruz, siempre con su esposa Marta, con quien comparte el amor de tres hijos y seis nietos. Abraza su vocación de pastor evangélico, pero recibiendo siempre el cariño y afecto de todos los mendocinos, porque nunca perdió el título de ídolo.

Nietzsche, Schopenhauer, Freud, Jung, han abordado bastante el misterio de la idolatría. Pero, como diría Diógenes, no hay nada certeramente escrito sobre ese fenómeno emocional. De algo estoy claro: los ídolos no se inventan ni se fabrican. Saltan a la fama, impresionan, se adueñan de la gloria, se meten en nuestros corazones y se agigantan, sin proponérselo, incluso, sin pretender ser ejemplos ni preocuparse por no serlo, como Ernesto.

Contrerías

Charla de Ernesto Contreras y Jorge Sosa

Se llamaba Crispín, como el pájaro de la leyenda, pero le decían Jesús. Viña y trabajo. Huérfano a los nueve años tuvo que hacerse cargo de los hermanos. Crispín Jesús creció a fuerza de sacrificio y así formó su familia en Medrano. Llegaron los críos. Siete. Ernesto fue el más chiquito. Cuando niño los llamó el fútbol. Es que la cancha estaba pegada a la casa paterna. Saltaba la ventana y ya estaba jugando. Ernesto se destacaba como arquero. Su hermano Rodolfo, centro forward de los de entonces, era también fana del ciclismo. De él era la bicicleta que usó Ernesto, primero para ir al pueblo, o al cine del pueblo, cuatro kilómetros a pie o en dos ruedas, después para correr.

Cuatro kilómetros debíamos andar para ir a la escuela. Recuerdo esos inviernos crudos de los pueblos. Mamá nos armaba un braserito portátil y los hermanos íbamos rodeándolo. Después, en la escuela seguía calentándonos.

Por aquellas épocas el ciclismo se daba en todos lados. Las uniones vecinales organizaban sus vueltas. Ramiro, el hermano mayor, estaba en le colimba, entonces Ernesto tomó prestada su bicicleta. Ramiro con su ausencia estaba inventado un ídolo.

Era una bicicleta común. Yo le bajé el manubrio y la hice de carrera.                        

De vez en cuando vuelvo a la casa en que nací, allí, donde comenzó esta historia. De Medrano al mundo, ¡quién lo diría!

La primera carrera fue en San Martín. Abril del 56. Fue sin saber qué era correr, cómo se debía proceder, qué cuidados había que tener.

Fui a correr por primera vez y gané. Era una criatura. La gente que me veía pasar me prevenía: ¡Tené cuidado en las curvas! ¡No te acerqués al pelotón que te van a tirar! Yo corría y corría. Gané y en casa ni se enteraron. Mi papá leía el diario pero al mediodía. A la mañana del lunes fue a comprar a un almacén del barrio y todos lo felicitaban. El preguntó por qué. – Por la carrera que ganó su hijo ayer – y le mostraron el diario, donde en un pequeño cuadradito había una foto mía cruzando la línea de llegada. Entonces se enteró y me retó: “Primero se enteran los de afuera y no los de la casa”.

Lo miro y todavía conserva aquella figura de larguirucho querido que yo supe admirar cerca del podio en una de sus consagraciones. Sigue siendo fuerte. Hasta supongo que si se subiera ahora a una bicicleta no haría mal papel si todavía se hicieran aquellas competencias barriales. Su cuerpo estaba hecho para ese deporte.

El 3 de junio de ese 56 de la primera carrera, era campeón de la provincia, en septiembre era finalista de un certamen nacional. Campeón sudamericano al año siguiente, en Uruguay. Lo de Ernesto fue una explosión. Se había descubierto, había descubierto sus posibilidades. A los 17 años nacía un ganador.

Cuando estaba en Buenos Aires no me fue fácil meterme en el circuito grande. Bueno, nada fue fácil para mí. Me mandaron a llamar de Buenos Aires urgente y me fui. Pero el certamen era en la otra orilla del Río de la Plata. Yo era menor de edad y necesitaba el permiso de mi padre para salir del país. Urgente hice el pedido. Tenía que autorizarme ante escribano público pero en nuestra zona solo había dos escribanos. Allá fue Jesús, en sulky a San Martín a conseguir el papel imprescindible, cincuenta kilómetros para que yo pudiese competir. A Uruguay viajé solo, todo era novedad para mí. Gané una medalla para la Argentina. La primera. Fue la única que consiguió el grupo.

No fue fácil nunca. El ciclismo era entonces una actividad amateur y eran más los gastos que provocaba a los participantes que las ganancias. El premio era un trofeo. Nada de plata. Y después a volver a ser lo pobre que uno era.

Venía a Mendoza a correr y tenía que venirme en bicicleta. Corría y después de correr, tenía que volver a casa pedaleando. De vuelta era más difícil porque seguro que tenía que acarrear con algún trofeo. Claro, volvía contento.

Nada fue fácil, pero así de fibroso como era su cuerpo, así era su espíritu, entonces no lo engañaban las falsas promesas ni las fotos con aires proselitistas. Ernesto supo siempre que todo dependía de él, que la gran ayuda estaba en Marta, en los hijos, en los amigos.

En las competencias largas mi mujer me asistía, me cuidaba, me preparaba comida especial. Nada hubiera sido sin ella.

Los gobiernos nunca me ayudaron. Una vez me dieron un trabajo que me permitía entrenar pero a los tres meses me echaron, nunca supe por qué.

Conocí a Perón. Sabía todo de mí. Me contó mis triunfos como si fueran suyos. Me dijo que el exilio seguía mis actividades a través de los diarios y las revistas, y que yo era uno de sus ídolos. No lo podía creer.

Algún osado, de los que gustan catalogar a las personas por los números, podrá pensar que El Negro, con sus múltiples triunfos hizo mucha plata. Se equivocan. Las dos ruedas no lo llevaron a ningún banco a disfrutar de sus ahorros. Él pedaleaba por el orgullo, no por la billetera.

El ciclismo me dio todo, nunca me dio plata, pero me dio el premio más preciado: un montón de amigos en muchos países, y me permitió conocer gran parte del mundo. Soy un agradecido. Tengo una calle en mi pueblo que lleva mi nombre. Me doy por bien pagado.

Era un osado. La superación estaba en sus planes diarios. En la carrera que viene tenía que mejorar. Cuando apareció algunos avezados en el ciclismo no lo podían creer. Sus tiempos eran abrumadores.

Para un campeonato nacional se hace la selectiva en San Juan, había que correr cuatrocientos metros en la ruta cercana a Pocitos. Pruebo y bajo la marca récord en 30 segundos. Claro, no me conocían, dudaron de mí. De la organización me dijeron que estaba descalificado porque había corrido detrás de una moto. Me salvó un tano que estaba entre el público. Se opuso. –Yo lo vi correr y corrió limpio. – La organización se avino a tomarme otra prueba. Bajé la marca en 45 segundos. Quedaron con la boca abierta, menos el tano, que sonreía.

 Fue tres veces tapa de El Gráfico, era la consagración dentro del periodismo de América. Entonces ser tapa de esa revista era como ser el San Martín de la tapa de Billiken (con todo respeto). Pero él no buscaba la trascendencia, la trascendencia lo buscaba a él.

Una etapa del Cruce nos llevó a los corredores a Viña del Mar. Al llegar al hotel me detiene un hombre y me dice: –Soy el director de El Gráfico, quisiera conversar con usted – Yo le contesté: – Ahora no. Tengo que descansar. Mañana lo atiendo – Postergar al director de El Gráfico no era algo común. De todos modos al día siguiente nos juntamos, me dijo: – Quiero ser yo el que le haga la nota a quien puede sacar multitudes a la calle.

Andando a esa velocidad en bicicleta, a veces cerca de los 50 km por hora, cualquier caída puede ser muy grave. El Negro nunca pensó en eso. Se cuidaba por instinto y su instinto solo falló una vez

Una sola caída fulera tuve. Fue en el Prado del Parque San Martín. Me caí y me pasaron por encima. Salí con un tajo largo como toda mi cabeza.

Y un día la camiseta celeste y blanca sobre su torso, y la bandera argentina que flamea al frente de la delegación. Un estadio repleto y unánime saludándolos. Eran los olímpicos del mundo que se juntaban a competir, en paz, sin discordias. La alegría entonces tenía una sonrisa que abarcaba toda su cara.

Participar en los Juegos Olímpicos es algo impresionante. Entrar al estadio en la ceremonia inaugural solo se puede contar en lágrimas. El hecho de representar a tu país es algo imposible de describir, un regalo de la vida.

En las Olimpíadas de Roma de 1960 ganaron los italianos, se había preparado cuatro años para lograrlo y lo lograron, pero al día siguiente un diario de Roma comentó: “Si Argentina hubiera presentado a cuatro Contreras, Italia no ganaba”.

Llegué a Holanda solo, como otras veces. No entendía nada a nadie. Yo llegué pero las bicicletas no llegaron. No sabía qué hacer. Conseguí la dirección del consulado, desesperado subí a un taxi y le di la dirección. El taxista la miró, dijo algo que no entendí y no arrancó el auto. Insistí con la dirección. Volvió a hablarme y no arrancó. Insistí nuevamente. Entonces el tipo, con cierto enojo, arrancó y me llevó a una cuadra de donde estábamos. El consulado estaba ahí.

A pesar de sus más de 200 triunfos en distintas especialidades ciclísticas, Mendoza y el país lo recordarán por siempre por sus intervenciones en el Cruce de los Andes. Le dije que me parecía, me sigue pareciendo, una tarea ciclópea desafiar esas alturas valiéndose solo de las piernas.

De las piernas y del corazón. En los distintos cruces, tragué tierra del color que me pidieran, pero nunca me rendí. Algunas veces, por circunstancias de la carrera me tocó trabajar para el equipo. Lo hice con todas mis ganas. Pero yo siempre quise ganar.

Recuerdo en el último Cruce, de Cacheuta a Mendoza a ambos lados de la ruta había gente, nunca se interrumpió, gente, gente y cada vez más. Sentía que me vivaban, me daban aliento, eso me hacía pedalear con más fuerza. Algunos me tiraban agua para refrescarme. ¡Si hubieran sabido que no me gustaba que me tiraran agua!

Cuando terminé el cruce en el 79 había cien mil personas en el Autódromo Los Barrancos. Es un dato de la policía. Hay una foto que da testimonio de ello. Me subí a un móvil de radio Nihuil y saludé. Entonces los vi. Eran miles y miles los que levantaban los brazos como yo lo hacía. Lloré hasta agotar las lágrimas.

Cuando los dos nos cansamos de la entrevista, yo apagué mi netbook y nos fuimos a tomar mates con tortitas a su taller. El fotógrafo nos ametrallaba con su máquina. Ahí me dijo cuestiones jugosas que no puedo dejar pasar:

Me encanta el folklore. “La Tupungatina” es una de mis tonadas preferidas.

Nunca tomé vino, nunca.

Una vez estuvimos a punto de ponernos un bar con Nicolino y el Víctor.

¡Hubiera sido un acierto, Negro querido!. Los tres juntos. Yo hubiera ido a tomar café hasta después de la úlcera.

La emoción más grande de mi vida no fue un éxito mío, fue cuando mi hijo Omar ganó la Vuelta de la Argentina.

Soy evangelista, de la Iglesia de Pentecostés. Un día fui a una reunión y me gustó. Volví y ahora soy pastor.

Al irme me mostró un cuadro de bicicleta: Esta es la bicicleta que me regaló un tano que tenía una fábrica. La fábrica cubría una manzana, proveía de bicicletas a toda Europa. Con ella corrí veinte años. Estaba ahí, yo la vi. Es la misma de la foto en donde aparecen nada más que sus piernas. La toqué, me embadurné la mano de camino y de éxitos.

El Cóndor de América

(Un relato de Jorge Sosa)

Te lo cuento a vos, pibe, que no tuviste la suerte de vivirlo. ¡Qué lástima, pibe! Hubieras visto algo único, especial, irrepetible. Te lo cuento. Yo estaba frente a la Dirección de Turismo de entonces. Había más gente que en el carrusel pibe, te lo aseguro. Decenas de miles de portátiles en las orejas escuchando las radios que anunciaban su llegada. “Pasamos el río Mendoza, vamos a la ciudad”, decía el relator y levantaba el murmullo en toda esa gente. Pero, a ver pibe, en toda la ruta, desde Cacheuta al centro había gente. Ni un solo espacio libre, gente y gente, y gritos de aliento, y brazos levantados, y muchas lágrimas pibe. Porque no solo estaba terminando el Cruce de los Andes, estaba llegando él, el elegido, el que la gente amaba con los pelos de punta. Todos miraban hacia el sur. De pronto se advertía un movimiento, ¡Viene, viene! Pero no, falsa alarma todavía faltaba. Los padres levantaban a sus pibes a cococho, había algunos audaces subidos a los árboles, a los canas le importaba un carajo mantener el orden, los canas también querían verlo, qué joder.

Otra vez movimiento, el murmullo crecía, los de las radios en los tímpanos nos gritaban: “¡Llega, está llegando!”. Entonces la locura, pibe, la más increíble invasión, un torrente de euforia. ¿Quién podía contener a esos que estaban ahí para verlo pasar, para verlo llegar, para verlo? ¿Quién? La gente se desbordó, ganó la calle con la autoridad que da la idolatría. El grito vino de qué sé yo cuántas cuadras, ponele diez pibe, pero al grito de ellos se sumó el nuestro y entonces fue un griterío infernal, perdón angelical, porque todos tocábamos el cielo con las manos. Pasaron unos autos que acompañaban a los corredores como pudieron, los autos hacían señas con las ruedas para que la gente se apartara, pero tuvieron que esquivarlos, pibe, la gente arriesgaba la vida para verlo, te lo juro. Fue como una serpiente, yo que estaba subido a un cantero pude ver las cabezas que al saltar formaban una serpiente ¿Viste la ola de los estadios de fútbol? Lo mismo pibe, lo mismo. Entonces supe que ahí venía él, y vino, con su cuerpo largo y moreno, con los pies repitiendo por millonésima vez la misma ceremonia, con los ojos más abiertos que nunca, tal vez con los oídos más abiertos que nunca, porque estaban cantando para él la canción más gloriosa que alguien puede escuchar: la sinfonía de un pueblo alegre. Lo vi pibe, te lo juro, lo vi, pasó delante de mí y yo me tragué mis lágrimas y las del vecino, con las mías solas no alcanzaba. Me abracé con él. Nos abrazamos. Nos abrazamos todos. Después, de vuelta a casa, miré hacia las montañas y me pareció que aplaudían. Su cóndor había llegado. Mendoza ya podía empezar a puntear su mejor tonada.

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