Cada día que pasa, los caminos van conduciendo cada vez más al “Mexit”. Tal vez, el temor a que Lionel Messi, el mejor jugador de la historia del club, el que batió todos los récords, el que contribuyó para que ganara cuatro Champions Leagues cuando antes de él sólo tenía una, pueda generar cambios profundos en el Fútbol Club Barcelona, pero así como van las cosas, el 30 de junio de 2021, los azulgranas van derecho a perder a su máxima estrella, y sus dirigentes no parecen darse demasiada cuenta.

Por Sergio Levinsky
Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

En cuanta entrevista vino dando Messi en los últimos tiempos, sostuvo que el día que no lo quieran, arma sus valijas y se va, y si es por lo actuado por la comisión directiva, no parece que tenga demasiados deseos de que el crack argentino continúe. Ni le arman un equipo competitivo para aspirar a ganar una Champions League, ni respetaron al director técnico Ernesto Valverde, que si bien no generó un gran funcionamiento al equipo, era querido en el vestuario, y por si esto fuera poco, están metidos en un oscuro entramado de contratación de empresas ligadas a las redes sociales que atacaron a jugadores del plantel, como parte de las hostilidades hacia dirigentes opositores.

Es bastante poco usual que un club poderoso como el Barcelona haga las cosas tan mal. Cuando el Paris Saint Germain (PSG) de fondos estatales qataríes, convenció al brasileño Neymar para que se marchase y pagó por él la cláusula de 222 millones de euros, desmembrando así el espectacular tridente de ataque con Messi y el uruguayo Luis Suárez, se pensó que los catalanes utilizarían esos fondos para el armado de un gran equipo. Sin embargo, fueron contratados a cambio Ousmane Dembélé y Philippe Coutinho. El francés tuvo récord de lesiones y jamás consiguió regularidad, mientras que al ex jugador del Liverpool no le tuvieron paciencia pese a no haber hecho una mala campaña, sólo que esperaban de él algo que no podía dar, porque las expectativas estaban basadas, como ocurre muchas veces en el fútbol europeo, por el valor de mercado y no por sus capacidades reales.

Desperdiciada esta oportunidad, al mismo tiempo, el club jamás acertó con la elección de entrenadores acordes al plantel desde la salida de la exitosa dupla Josep Guardiola-Tito Vilanova. A Gerardo “Tata” Martino lo trajeron para que pusiera la cara a la hora de cargarse a la vieja guardia y el rosarino chocó contra los eternos dogmas de los azulgranas en cuanto a táctica (le llegaron a cuestionar que había perdido por escaso margen en cuanto a posesión de pelota un partido que el Barcelona le ganó 4-0 al Rayo Vallecano), a Luis Enrique le encausaron la situación luego de una dura polémica con Messi antes de visitar a la Real Sociedad en Anoeta, y luego, el cuerpo técnico entendió que había que utilizar la vía diplomática. Valverde ya retrasó demasiado al equipo, y ya pocas veces volvió a repetir el 4-3-3 para pasar al 4-4-2 y hasta a un increíble 4-5-1 en determinadas circunstancias.

Por lo menos desde 2013, el Barcelona pasó de ser un gran equipo, que generó espectáculos inolvidables, a otro cada vez más normal, con muy buenos partidos, pero también buenos, regulares, malos o muy malos, y casi siempre con la mecha encendida para en cualquier momento estalle una bomba, y en ese contexto es en el que se fue moviendo un Messi cada vez más maduro, pero al mismo tiempo, con menos velocidad, menos pique y más jugador de toda la cancha, pero que necesita socios que lo ayuden en la definición.

Si con Valverde ya el equipo no era tan vistoso, peor fue cuando decidieron prescindir de él sólo por haber sido eliminados en la Supercopa de España ante Atlético Madrid, en un partido en el que los azulgranas no se vieron superados y que fue bastante accidental. Nadie reparó en que Valverde era del gusto de los jugadores de peso en el vestuario y fueron por un reemplazo con el “ADN Barcelona”, como Quique Setién, pero las cosas fueron a peor.

Se llegó a una situación en la que el estado de ánimo de Messi se había invertido en 180 grados: parecía más contento cuando iba a la selección argentina, con la que redondeó una muy buena Copa América (en especial contra Brasil en semifinales y en los minutos que jugó ante Chile por el tercer puesto hasta que fue expulsado) y apareció cada vez más identificado y como líder total de la nueva generación, con otra voz y otro voto.

El Barcelona empezó a generarle pesadillas de todo tipo: una extraña caída en la Champions en el Olímpico de Roma por 3-0 luego de un 4-1 en la ida en el Campo Nou. Parecía una derrota puntual, de esas que ocurren una vez en la vida y parecía que el plantel se había juramentado que no se repetiría, pero al año siguiente, otra vez le pasó cuando cayó 4-0 en Anfield ante el Liverpool en semifinales, y eso, a su vez, hizo efecto dominó en la final de la Copa del Rey ante el Valencia en el estadio Benito Villamarín del Betis, todo envuelto en rumores (luego concretados) de la contratación del francés Antoine Griezmann, que dejó mal parados al propio Messi y a Gerard Piqué en la temporada anterior, cuando se manifestaron a favor de su llegada pero el galo decidió quedarse un año más en el Atlético Madrid.

Tras una temporada sólo con la liga española, viene ahora otra en la que el título parece ya en inexorable camino a las vitrinas del Real Madrid, con eliminación en la Copa del Rey a manos del Athletic de Bilbao y que sólo la Champions, justamente el torneo más difícil de todos, puede salvar al Barcelona de quedarse sin nada, cuando Messi viene reclamando, para quedarse, un equipo competitivo.

Una comisión directiva que no mira a las divisiones inferiores, algo que en los últimos tiempos había resultado fundamental para aquellos éxitos con Guardiola-Vilanova entre 2008 y 2012, que no tiene una clara política de contratación de jugadores, pero todavía peor, que está inmersa en una extraña controversia porque empresas del manejo de redes sociales que contrató para atacar a posibles adversarios en las próximas elecciones, o a Jaume Roures, pope de los medios de comunicación, terminaron metiendo en la bolsa a Piqué y a familiares del propio Messi, como si quisieran morder de la mano que les trae los títulos y una posible inyección económica.

Y por si faltara poco, los dirigentes tampoco acertaron con la contratación del ex lateral (y compañero de Messi) Eric Abidal como director de Fútbol, quien dio a entender que algunos jugadores no ponían todo su empeño en el campo (Messi, como capitán, salió a exigir nombres) y utilizó a una de las mayores figuras del Barcelona de los últimos años, Xavi Hernández, ahora en Qatar, al que fue a visitar para ofrecerle el cargo de entrenador en plena crisis del equipo, aunque luego lo negó.

Messi ama al Barcelona. Llegó siendo un adolescente, lo consideran un producto de La Masía, donde salen los juveniles aunque su talento sea innato, y jamás vistió otra camiseta. Su contrato vence el 30 de junio de 2021 y por el momento, no lo renovó y no parecen ser los mejores días para que lo haga. Y más allá de que desde Madrid haya salido la información de que muy posiblemente se vaya cuando acabe la próxima temporada y que hay algunos movimientos llamativos (el extraño regreso de Ignacio Scocco a Newell’s Old Boys cuando con River podía pelear títulos, que Maxi Rodríguez demore su despedida), hay algo muy claro: los dirigentes del Barcelona están matando a la gallina de oro, están a punto de chocar la Ferrari.

Messi se está hartando, y salvo que haya un llamado urgente a elecciones en el club, o que le armen un gran equipo alrededor, y que cambie absolutamente la dinámica de una comisión directiva que ya perdió muy buena parte de su credibilidad con Josep María Bartomeu a la cabeza, puede estallar la bomba en pocos meses, y estaremos, entonces, en las puertas de una noticia que puede conmover al mundo del fútbol.

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