Se reinició en La Plata el juicio vinculado a Jorge Julio López. ¿Quién es López? Es un albañil, jubilado, que desapareció una, dos, ¡tres veces!

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Por estos días se están cumpliendo 15 años desde que fue borrado del mapa (en democracia) Jorge Julio López. Estamos a una década y media de aquella, su segunda desaparición. En su momento López, frente a una veintena de testigos, declaró, aportó pruebas, contra los represores Miguel Etchecolatz y Julio Garachico. Hace pocas semanas se inició en los tribunales federales de La Plata un juicio por crímenes y desapariciones cometidas en el centro clandestino “Pozo de Arana”. Allí López estuvo secuestrado entre el 27 de octubre de 1976 y junio de 1979. Vio y escuchó gritos y alaridos de decenas de prisioneros. Vio y escuchó “demasiado”. En su rotundo testimonio mostró las marcas de la picana en su cuerpo. Cuando se aprestaba a exponer los alegatos contra Etchecolatz fue desaparecido. Esto sucedió entre las 12 y las 18 horas del 18 de setiembre de 2006 por segunda vez.  

   Es por demás significativo que esta segunda desaparición haya sucedido cuando estaba por desarrollar sus alegatos contra el tristemente famoso Etchecolatz, ex director  general de investigaciones de la policía bonaerense. Un detalle: el Pozo de Arana es un lugar rural famoso por los alaridos, por la falta de comida y porque allí mismo se enterraban o incineraban los restos de los torturados. Por ese espantoso sitio pasó también “el chico de los boletos”, uno de los estudiantes secundarios secuestrados en la mentada Noche de los Lápices.

    Estamos acostumbrados a decir que el jubilado albañil Jorge Julio López desapareció dos veces: en la dictadura de 1976 y en democracia, en setiembre de 2006. Qué flojos somos para la aritmética. Porque en realidad a López lo desaparecieron 3 (tres) veces. Ya veremos cómo se consumó la tercera desaparición.

   En el trayecto de los 15 de años desde su segunda desaparición, en esta columna reflexioné sobre el caso López en cuatro ocasiones. Retomo conceptos allí vertidos. ¿Soy reiterativo por eso? Reiterativa es la espantosa realidad, la que propone  más y más mano dura. La que consiente y celebra la asesinación mediante la flagrante desmemoria. El método desapariciones ya sabemos de dónde viene; y quienes lo apañan.

    De ninguna manera es cierto que las ideologías hayan muerto. Quienes proclaman la muerte de las ideologías tiene una férrea ideología que practican a destajo: ¿Acaso la paranoia no se ha convertido en una ideología en medio mundo y en la otra mitad también? ¿Acaso la desmemoria no es una muy eficaz actividad ideológica? De derecha, por supuesto.

   Hacer memoria –según una muy alimentada confusión–, significa retroceder, significa quedarse anclados en la ciénaga del odio. Pero no: hacer memoria debe significar justamente lo contrario: semillar un futuro diferente. Por eso recordar las sucesivas desapariciones del albañil López no es necesario, es imprescindible.

   López tenía 69 años cuando declaró como testigo en el Juicio por la Verdad. Él vio y padeció torturas, con el tiempo señaló sin disimulo al general Camps y a su mano derecha, el policía Etchecolatz. López vio y contó y dio pruebas abriendo su camisa para mostrar las marcas que la picana selló en su cuerpo. El albañil, ya jubilado, pudo haberse callado la boca amparándose en el simple “no recuerdo”. Pero habló, y alumbró. Y enseguida fue secuestrado. Y adiós, nada más se supo de él. Los asesinadores sólo devolvieron su llavero, lo arrojaron impunemente al jardín de su casa. Con el secuestro y desaparición del albañil se intentó meter pánico a tantos otros testigos. Pese a todo, los juicios siguen y los testigos hablan y la justicia aunque con demora llega por fin; y juzga. En este terreno, en el de la Memoria, la Verdad y la Justicia somos un país admirado en el mundo entero.

   El segundo secuestro de López evidencia una vez más que hay demasiada “mano de obra desocupada” y que los muchos que enarbolan la necesidad de “reconciliación nacional”, en realidad están pidiendo olvido y desmemoria. En ellos la palabra “reconciliación” es un eufemismo descarado que reemplaza a la palabra “olvido”. Y olvido es sinónimo de “impunidad”.

    Ahora bien, ¿por qué afirmamos qué el albañil López desapareció en tres oportunidades? ¿Cuál sería su tercera desaparición? La tercera es la perpetrada por la desmemoria y por la indiferencia. Indiferencia activa. Hay muchos comunicadores que se autocalifican de “independientes” y siembran (des)comunicación, silencian, ningunean, cultivan esta obscena indiferencia que se traduce en la actitud menos que tibia del promedio de esta sociedad olvidadiza, la nuestra.

    Es la misma actitud que se observa hacia los Nietos alumbrados por esas parteras de la memoria (y de la búsqueda sin violencias) que son las muy ancianas Abuelas de Plaza de Mayo. 130 nietos fueron recuperados, rescatados de ese secuestro de identidad sostenido por más de cuatro décadas; secuestro que empezó cuando los afanaron desde la placenta. Pero la búsqueda no ha terminado: quedan otros más de 300 secuestrados pendientes.

   La indiferencia de nuestra sociedad ante el secuestro y la desaparición y la muy posible muerte de López, es un sostenido escándalo. Constituye una enarbolada vergüenza. Por eso hay que machacar: debemos alertarnos en cuanto a la indiferencia ciudadana, tan sembrada por los comunicadores estelares.

   A ciertos temas los pasan de largo, los charlatanes mediáticos. Así es que han traspapelado, por años, casos como los del albañil López y del joven estudiante de periodismo Miguel Bru; este desaparecido por la maldita policía “mejor del mundo” (la definición es del profético Eduardo Duhalde). Muy sola, Rosa, su madre, busca “aunque más no sea, un huesito de Miguel”. Busca madre Rosa, todos los minutos, desde agosto de 1993. En vano. Pero no le afloja. Sigue buscando. Otra que sigue buscando nietos sin identidad es Rosa Tarlovsky de Roisinblit. Dicho sea: ya rumbea para los 103 años de su edad. Qué maravillosa la terquedad de doña Rosa.

    En fin, para vadear los espasmos de solidaridad, para superar la tan abonada indiferencia de nuestra sociedad, para que nuestra condición humana y nuestra democracia suban un escaloncito más, los referentes, los famosos, los medios y nosotros los periodistas debemos sostener la memoria. La memoria alumbradora y sembradora. La que nos puede salvar de la tan extendida y funesta antipolítica, encarnada y proclamada por las derechas.  

   Posdata. Hagámonos cargo: al jubilado albañil López lo desaparecieron tres veces: una, los militares violadores de la vida y de la muerte y afanadores de criaturas del ’76 en adelante. Dos: lo desaparecieron en democracia, por ser testigo acusador de la “mano de obra desocupada” de aquella dictadura. Y tres: lo desapareció la escandalosa indiferencia del promedio de nuestra sociedad, tan asquerosamente sembrada por los pulpos (des) comunicadores que malgastan esa “libertad de expresión” que tanto y tanto reclaman. Libertad de expresión que han transformado en libertadura de expresión. Ya no les alcanza con monopolizar el Cuarto Poder, quieren manipular al Primer Poder. Usan la democracia de preservativo. O de papel higiénico. En fin: despabilémonos para que esta pretensión no sea la normalidad.

* [email protected]   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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