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El olvidado recurso de las divisiones inferiores

El 14 de noviembre de 1983, un maestro del periodismo, el español Julio César Iglesias, publicó en el diario “El País” de España, un artículo con un extraño título: “Amancio y la Quinta de El Buitre”. En verdad, el nombre “Amancio”, por el gran Amancio Amaro, símbolo del Real Madrid

29/01/2023 09:19
Pep Guardiola.
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El 14 de noviembre de 1983, un maestro del periodismo, el español Julio César Iglesias, publicó en el diario “El País” de España, un artículo con un extraño título: “Amancio y la Quinta de El Buitre”. En verdad, el nombre “Amancio”, por el gran Amancio Amaro, símbolo del Real Madrid, no figuraba en el título original sino que fue agregado, no sin enfado del escritor, para darle un contexto a la pieza, debido al temor del editor acerca de que el lector no entendiera siquiera de qué iría el tema.

Lo cierto es que Iglesias, en ese artículo, recordaba al entonces director técnico de un Real Madrid aburrido, que no generaba admiración, nada menos que don Alfredo Di Stéfano, que en el Castilla, la reserva del Real Madrid, dirigida por Amancio, existía una generación (“quinta”, como le llaman en España), dispuesta a comerse el mundo y que estaba para marcar una época en Primera.

“Si los augures no se equivocan, ahora tiene diez minutos, acaso dos o tres partidos de Liga, para movilizar a la Quinta de El Buitre. Para llamar a la imaginación, a la disciplina y a la calidad”, se animó a escribir Iglesias, sin siquiera imaginar que Di Stéfano le daría completamente la razón y ejecutaría su pensamiento.

Así, en las semanas siguientes aparecieron en la Primera Rafael Martín Vázquez (18 años), Manuel Sanchís (18), Miguel Pardeza (19) y Emilio Butragueño (20), “El Buitre”, y apenas se demoró unos meses la llegada complementaria de Miguel González, “Michel” (20), dando lugar a un cambio radical en el juego, en la estética del equipo, que entre que comenzó y terminó su ciclo, se llevó dieciséis títulos entre nacionales e internacionales, y que se complementó con jugadores como el mexicano Hugo Sánchez, el alemán Bernd Schuster, y el argentino Jorge Valdano, aunque extrañamente se le haya negado siempre la Copa de Campeones de Europa (hoy Champions League).

El recurso de las divisiones inferiores parece muchas veces olvidado por los entrenadores cuando, aunque parezca mentira en un tiempo de gastos superfluos o injustificados, es lo que todos los entrenadores tienen a mano y resulta lo más sencillo porque, además, es lo más cercano.

La fórmula no parece tener secretos: salvo los casos de los clubes que tienen institutos educativos, que entonces encierran otros objetivos para la llegada de chicos desde todo el país, por lo general los que van a probarse o quieren quedar en las divisiones inferiores de un club suelen ser hinchas o cercanos a ese club. Y si es así, y se forman desde muy temprana edad y atraviesan todas las etapas hasta la anterior al profesionalismo, significa, cuanto mínimo, que se forjaron allí, que se identifican y que están, entonces, preparados para el desafío.

Sin embargo, cuando ya parece que les llega el momento de saltar, por fin a la máxima categoría, su mismo club que les dio cobijo, que los forjó y que les transmitió una identidad, los deja libres, o los presta a otra entidad o los desecha para dar prioridad a un jugador formado en otra filosofía, que hizo otra travesía y que, a su vez, fue desechado por otro club.

Días pasados, este escriba pudo dialogar largamente con Martín Posse, aquel joven delantero que provenía de las divisiones inferiores de Vélez Sársfield y que tras un largo recorrido en ese club, fue transferido al Espanyol de Barcelona, donde hizo historia, ganando dos Copas del Rey y habiendo vivido el cambio de cancha desde el estadio Olímpico de Montjuic a la actual Bombonera de Corneliá.

Posse nos citaba la importancia de Carlos Bianchi en recurrir a las divisiones inferiores, en darles a los chicos como entonces fueron él mismo, Patricio Camps, el ex arquero Pablo Cavallero, Mauricio Pellegrino, los hermanos Claudio y Alejandro Husaín, Guillermo Moriggi o Fernando Pandolfi, entre otros, confianza en sus condiciones, y entonces consideró que llegar a Primera fue “un proceso natural”.

Cuando se habla del éxito de Carlos Bianchi a mediados de los años Noventa en Vélez se suele referir a los títulos nacionales e internacionales, a la regularidad del equipo, siempre peleando arriba en todos los frentes, en que al irse dejó la posta a su ayudante de campo y amigo, Osvaldo Piazza, pero se suele mencionar muy poco que prácticamente dejó un nuevo equipo titular con casi todos jugadores salidos del club, un éxito rotundo, acaso el más importante de todos.

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