Como en una película farsesca, todos vimos lo inaudito: el Capitolio de Estados Unidos, donde debía proclamarse al nuevo presidente, tomado por una serie de personajes violentos y semigrotescos, que llevaban vetustas banderas de la Federación esclavista, que arrasaban con todo ante la sospechosa pasividad de la seguridad oficial

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

Una policía que sabe cómo moler a palos y también matar a quienes considera “de segunda” –negros, casi siempre-, miraba pasar a los invasores como si no tuviera cómo detenerlos. Unas 12000 personas había en la manifestación, muchos habían venido desde lejanos estados para participar. No eran muchos, pero eran revoltosos. Los congresistas debieron atrincherarse por momentos, por momentos huir.

  Trump los había incitado abiertamente con un discurso incendiario, invitando a marchar sobre el Capitolio para liberarse de lo que, contra toda realidad o evidencia, llama “el fraude” electoral. La estrategia es clara: no quería entregar el gobierno. Si ganaba la elección, él sería de nuevo presidente. Si perdía, sería presidente también, como fuera y de cualquier manera. Estados Unidos está acostumbrado a ejercer prepotencia fuera de sus fronteras, pero no conoce precedentes parecidos en su propio territorio. Se trató de un nuevo modo de golpe de Estado, no tan diferente al que precisamente Estados Unidos fomentó en Bolivia para derrocar a Evo Morales.

  No le fue bien a la maniobra, al menos no tan bien como se pudo planificar. Los congresistas no huyeron despavoridos para no volver: a las pocas horas retomaban la sesión y proclamaban nuevo presidente a Biden, a partir del 20 de enero. Y el denigrante espectáculo de un grupo de facciosos pretendiendo tomar por la fuerza el máximo espacio institucional del Legislativo de aquella Nación, empezó a destrozar los apoyos a Trump dentro de su propio gobierno y del Partido Republicano. Muchos dijeron: “hasta aquí”.

  Cinco personas muertas, numerosos heridos, entre ellos varios policías. Personajes sorprendentes, de un movimiento como el QAnon, que creen que hay una conspiración mundial satánica para imponer un gobierno de pedófilos, eran principales en la movida. Steve Bannon, el conocido ideólogo de la extrema derecha mundial que también asesorara a Bolsonaro, había anunciado por radio lo que se venía: notoriamente, estaba informado por los organizadores, o formaba parte de ellos.

   El golpe de Estado fracasó. Trump ha tenido que hacer declaración de que entregará el gobierno y de que respeta “la ley y el orden”, pero es evidente que intentó pasar por encima de ellos. Los demócratas piden su destitución, pero no tienen herramientas para hacerla, menos en los pocos días que quedan a Trump como presidente. Muchos republicanos se dan cuenta que han abierto una brecha por la que puede entrar cualquier cosa: el sistema político se ha mostrado vulnerable y débil. Aún nadie ha presentado cargos judiciales contra el presidente que –cauto- contempla darse un insólito “autoperdón”, un indulto a sí mismo que suena descabellado.

  Ahora Trump dice que aquellos a que dijo “los amo” luego de la asonada insurreccional, han faltado a las leyes de su país. Tarde se acuerda. Lo cierto es que el sistema prohijó a este hombre, que tiene el apoyo de muchos millones de votos, basado en el resentimiento de muchos por la caída gradual pero evidente de Estados Unidos como líder mundial, y de los problemas económicos que padece un sector de la población que no es menor.

  Si otros no saben qué hacer con él, Trump sí sabe lo que quiere. Lo suyo no son sólo fanfarronadas: si no se encuentran cauces legales que lo compliquen (no sólo por su llamada a ir sobre el Capitolio, sino por su previa intervención sobre los votos de Georgia y su posterior discurso de apoyo a los grupos vandálicos), podrá seguir teniendo la iniciativa política. Trump demuestra que su audacia y falta de límites le conceden ventaja. Los legalistas no están acostumbrados a tratar con quienes pasan sobre la ley.

  Quizá el partido Republicano se parta, quizá Trump forme su propia fuerza, o quizá se apodere del partido y expulse así a algunos fuera del mismo. Se verá. Pero que nadie crea que va a quedarse quieto. Si los demás actores políticos no reaccionan con energía suficiente, la desestabilización para el próximo gobierno será amenaza permanente. 

  Desde Latinoamérica advertimos la humillación de esos Estados Unidos que en nombre de la democracia, en casos parecidos de otros países, se han permitido mandar tropas propias para “poner orden”. Ahora el papelón internacional ha sido mayúsculo, si bien tienen apoyos mediáticos para aminorarlo. Pero es mejor que miren para adentro: si no saben actuar con decisión, este escándalo antidemocrático habrá sido sólo el comienzo.-