Se esperaba la sentencia de la Corte Suprema nacional, por tantos días que ella llegó tarde. Técnicamente es una decisión irregular, en tanto fuera de término: el DNU sobre el cual dictaminó, ya no estaba vigente. La sentencia devino abstracta, aunque podría usarse políticamente en relación a situaciones posteriores

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

  Los supremos fallaron en favor del gobierno de la CABA, lo cual era esperable: no otro color político parece preferir la Corte. Dos de sus miembros fueron inicialmente puestos por el dedo de Macri –vía decreto-, Heighton ya debiera estar jubilada, e hizo un arreglo para quedarse cuando el macrismo gobernaba. Con eso, ya está la mayoría automática. Si se suma a Lorenzetti (que es cualquier cosa, menos cercano al actual peronismo), los fallos de la Corte son aburridos por lo esperables.

  También es cierto que en lo formal, la sentencia tiene otros problemas: refiere a la CABA, pero el DNU tenía alcance nacional. No puede juzgarse un decreto nacional sólo por sus singulares efectos en un municipio, por decisivo y masivo que éste sea.

  No son leves los efectos materiales que esto conlleva: permiso a Rguez. Larreta para  seguir haciendo presenciales a las clases. Niños yendo a la escuela, lo cual sólo un pensamiento mágico  podría afirmar que no implica más circulación humana y, con ello, más circulación del virus. Las “evidencias” aludidas por un retórico Larreta, jamás las mostró: simplemente, porque no existen.

  El fallo que el presidente ironizó como “fallido”, desató un enorme vendaval político. Unió inmediatamente a los diferentes sectores del gobierno, que se mostraron juntos en el acto de Ensenada al día siguiente: Fernández, Cristina y Massa, junto a Kicillof. Los minoritarios medios de comunicación progresistas se pusieron en fuerte campaña de denuncia respecto de la parcialidad que atribuyen a la decisión judicial. Y se habló hasta de “golpe de Estado”.

  Qué exageración, pensarán algunos. Mientras, Macri en un encuentro neoliberal en Miami, declaraba ufano que “el lawfare no existe”. Su declaración tiene parecido valor a la que allí mismo hizo Lenin Moreno, cuyo “prestigio” se nota en que su candidata sacó el 3% de votos en la última elección. El mismo Moreno reveló que un ciudadano lamentó no tener “un mejor presidente”: él le respondió que quería “un mejor pueblo”. Lo que se dice, un gran partidario de la soberanía popular.

  Es que el lawfare existe. Si no, que se pregunte en Brasil, donde Lula ha sido liberado, los juicios que se le hicieron anulados por vicios insalvables, y el juez Moro amonestado por cometer irregularidades, una de las cuales fue que actuó fuera de su jurisdicción.

  Esa es otra costumbre del lawfare. En este caso, Larreta dijo obedecer una inicial decisión judicial que devenía de un tribunal menor, sin pertinencia para el caso. Claro, tribunal al que llaman “amarillo” (por el PRO),  en el cual una jueza es hermana de un ministro del mismo Larreta. Cómo no le iban a sentenciar a favor. Cuando un juez con más jerarquía anuló esa decisión, el jefe de gobierno de la CABA ya no obedeció la nueva orden judicial. 

  Además, lo de “golpe de Estado” no es simple exabrupto. Tras la deslegitimación de los golpes militares, hubo un tiempo de democracias neoliberales controladas en Latinoamérica, hasta los años 90. Pero luego surgieron gobiernos nacional/populares (Evo, Correa, Chávez, Kirchner, Lula). Al principio, el imperio se descolocó: no tenía respuestas. Ahora ya las elaboró. Y la estrategia de enfrentamiento a los gobiernos populares, se ha hecho por demás evidente.

  La persecución judicial es la nueva herramienta para desestabilizar gobiernos populares. Ya la democracia no es controlable, de modo que hay que forzarla: si la derecha gana las elecciones, se persigue mediática y judicialmente a la oposición. Si ganan sectores no afines a la hegemonía del gran capital, se destabilizará al gobierno, manteniendo la persecución judicial a sus líderes y seguidores, hostigando permanentemente a la gestión, fomentando el “golpe bando” con cacerolazos, además de agitación en la calle y en las redes.

  Claro que en las redes lo nacional/popular también existe, y en la calle no se manifiesta por la pandemia, pero su potencial es aplastante. Que nadie crea que la suerte está echada. La decisión del Norte (“si ganamos gobernamos con los nuestros en el Ejecutivo, si perdemos gobernamos a través de medios hegemónicos y poder judicial”) tiene sus problemas para imponerse. Los pueblos tienen límites en su paciencia, y cuando éstos se transgreden, pueden mostrar los efectos de su cólera. Se vio en Chile hace un año: se ve en Colombia ahora. Y seguro que se seguirá viendo con reiteración en la región.-


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