Miro por el espejito retrovisor y recupero y reanudo conceptos que me vienen sembrando esta columna hace años, varios

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Sigo pensando que Días como el de la Madre, son un invento descarado al servicio del consumismo comercial. Pese a saberlo, suelo hacer la vista gorda y, por algún costado me deslizo en el conmovido afecto a mi madre, única, que con el aporte de mi padre me trajo a respirar estos aires, allá en el Luján de Cuyo.

   Así es: confieso pronto que estoy cayendo en la preciosa tentación, antes de entrar en la consideración de las madres más eternas, las Madres Abuelas de Plaza de Mayo, algo voy a escribir sobre la autora de mi sangre, mi madre, Juana Zarategui de Braceli, hija de vascos que apenas si completó su segundo grado de la primaria, jamás leyó un libro. Pero esta mujer, chiquita, fornida y vehemente, hablaba el castellano como si fueran tres o cuatro idiomas. Me adivinaba el pensamiento y la intención y la gambeta. Era una sabia adivinadora que apenas si escribía un garabato para firmar.

    Cuento una: un Jueves Santo llegó a mi casa un ex socio de mi padre; venía a forzarlo a firmar algo. Estaba con el brazo extendido con un revólver, a un metro, apuntándole. Algo intuyó mi vieja, que se “asomó de casualidad” y se metió en el medio, entre el arma y el cuerpo de mi padre. Y, chiquita como era creció y, sacando pechoS empezó a empujar al revólver que seguía apuntando; el tipo que empuñaba el arma, caminando para atrás, fue retrocediendo hasta la vereda y se fue con el arma avergonzada, tapado de insultos y carajos.

    Cuento otra: allá por los años ’50, cierto día mi padre trajo a la casa un lavarropas. Basta de la lavar sobre una tabla en la ardua batea que estaba en el patio. Mi vieja salió al vecindario gritando la novedad: “¡El Andrés me regaló un jabón de lujo!”. Debía decir un “Eslabón de lujo”. Acertó con el error: ¿qué otra cosa es un lavarropas, que un “jabón de lujo”, para una mujer que durante toda su vida se la pasó lavando a mano?

   Hace años que mi madre, con prepotencia, respira de otra manera.

   Pero llegó el momento que cumpla con mi promesa del título de esta columna. Dejo de contar sobre mi madre y paso a hablar de otras madres esenciales: las locas, hoy abuelas o bisabuelas, ¡las implacables parteras de la memoria!

   Por empezar, no caigamos en la trampa de creer que cuando hacemos memoria, retrocedemos. Sólo la voluntad de la memoria nos puede semillar un futuro diferente.

  Hay madres como yunques y como martillos, como harina y como acero. Hay madres con dientes en los dedos y uñas en la mirada del corazón. Las hay capaces de dormir despiertas, asumiendo el insomnio como deber. Hay madres ancianitas, preñadas de memoria, y madres hay capaces de abrirse el pecho, sacarse el corazón de cuajo y arrojarlo a nuestro rostro, a ver si despertamos de esa sorda indiferencia activa que amparó los crímenes de los violadores de la vida y de la muerte, de los ladrones de criaturas desde la misma placenta.

   Hay, por aquí, vadeando obscenidades, madres capaces de no bajarle la mirada al sol. Son linternas que se le animan a esta oscuridad sembrada de abulia y de (des)memoria. Son parteras que rescatan a esos que, por décadas, permanecieron secuestrados de identidad. Porque ellas todo lo pueden con el corazón de par en par. Sin una pedrada, sin una bala recuperaron 130 nietos. Y van por más, siguen secuestrados unos 300 que no saben ni cómo se llaman.

   Nuestra Argentina es famosa en el mundo porque aquí crecieron Gardel y Fangio y Borges y Maradona y Messi y Pérez Esquivel y Leloir. Famosa por el tango que abraZSa los cuerpos. Pero desde hace más de cuatro décadas la Argentina también es mundialmente admirada por sus tenaces Madres Abuelas de Plaza de Mayo.        

   Recordemos: eran un puñadito y giraban bajo lluvias de diluvio o bajo soles rajantes. Giraban solitas y desguarnecidas, “inútilmente” giraban. No sabíamos, no alcanzábamos a comprender que esas tercas eran las panaderas de la memoria. Las linternas del destino.

    La mayoría de las que quedan respirando aquí ya atravesaron los 90 años de sus edades y van para centenarias: ancianitas, siguen saliendo, buscando buscando buscando buscando, siguen pariendo identidades. Ya no van solas, ahora las acompañan seres de todas las edades, entre ellos  jóvenes que no habían nacido cuando ellas empezaron a girar, allá en la más eterna de las noches, la que padecimos tras el año 1976 después del incomprendido Cristo.

    La preciosa novedad es que los miles que están con las Madres Abuelas en esta infatigable faena de darle vuelta los bolsillos a la muerte, aparte de la ira de los estribillos, alzan alegría. Porque no sólo estamos para el luto, también para la alegría. La alegría como un derecho y la alegría como un deber.

    A propósito del terco coraje ilimitado de las Madres Abuelas, hay interrogantes a considerar. Por ejemplo: en una sociedad tan fogoneada por los elefantes medios de (des)comunicación para el miedo histérico y para el descompromiso y para la paranoia hoy convertida en ideología, en un conato de república así sembrado, los actos arrojados de estas madres cruciales, ¿no son acasor una suerte de compensación?

   Hay que repetirlo en voz alta. Ellas fueron la última cornisa de nuestra dignidad. Que no se nos olvide: el coraje de ellas no es un coraje en cómodas cuotas mensuales, es un coraje sin red, de cuajo, un coraje sin feriados, sin días de guardar.

   Estas mujeres ecuménicas, ¿son realmente heroínas o sólo responden a esa sagrada expresión del egoísmo que es la protección materna?

   Animémonos al interrogante: lo de ellas, ¿es puro coraje o es ciego amor convertido en inconsciencia temeraria?

   En todo caso, la inconsciencia de estas Madres ante situaciones extremas, nos muestra que saben pensar con el instinto; han convertido al instinto en pensamiento imbatible.

   Pero no hay caso, el miserable negacionismo recrudece: abundan los que prefieren argumentar que el coraje de estas Madres no es otra cosa que ciega desesperación subvencionada por dádivas colaterales.

   Ante los ninguneadores de las Madres Abuelas, reduciéndolas a mera expresión de inconsciencia, propongo meditar sobre una gran paradoja: es notable cómo la mentada “inconsciencia” de estas mujeres vino a servirnos para desactivar el descompromiso. Tal la paradoja: la supuesta “inconsciencia” de ellas sacudió la “conciencia” de una sociedad sumida en el cómodo limbo de la digestión.

    Pero, sea coraje o inconsciencia, es evidente que los sacudones de conciencia provocados por las Madres algo despertaron en una sociedad anestesiada por la costumbre del miedo. Las Madres Abuelas se la pasaron incomodando, perturbando. Por ellas aprendimos a diferenciar abstinencia de prudencia, desmemoria de reconciliación. Y sobre todo aprendimos que la paciencia es lo contrario de la resignación.

   ¿Qué sería de esta patria idolatrada sin las arrojadas acciones de estas madres? ¿Estaríamos de pie? ¿Estaríamos en cuatro patas? ¿Estaríamos? Escribió Susana Sontag: “Se nos ha enseñado a olvidar perfectamente. Y ésa es la base de nuestro optimismo”. Pero este concepto, tan dolorosamente cierto, se desactiva por completo a propósito de nuestras Madres Abuelas. Ellas sí pueden ser optimistas, porque no olvidan, y porque no nos dejan olvidar. Ellas nos enseñan que no hay alegría bien habida sin memoria. Y más: que la memoria es la forma más ardua y necesaria del optimismo

    Posdata.   Eternas viejitas preciosas, ya hemos descorchado la botella y es para brindar por la eternidad de ustedes. ¡Salud! entonces. ¡Salud y memoria! ¡Salud y alfabetización! ¡Salud y pan de cada día y pan de cada noche en todas, todas las mesas!

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