Llegado este punto de mi vida, debo asumirlo. Sí, debo asumirlo aunque así no lo sienta: soy adulto. No crean que tal aseveración pasa sin pena ni gloria, ¡para nada!

Por Alé Julián Sosa, Redacción Jornada

Ni bien asumo tal condición, un escalofrío como un tímido arroyo me hiela la cerviz. Una incómoda e inusual sensación me domina por completo. Y es que —también es preciso destacarlo— nunca he llegado a saber muy bien de qué va eso de ser adulto…


Me explico mejor. Siempre he sentido que algo no acaba de encajar, pero lo que a mí me angustia sobremanera —y deben saber que cuento tan solo con 31 años— es que en el curso del tiempo, a medida que avanzaba en mi carrera del crecimiento, fui extraviando esa dulce capacidad de soñar tan de los niños. ¡Pero precisamente! ¿Acaso no es que los niños más que soñar viven en sueños? Y yo procuro siempre evitar el recuerdo de algunas ilusiones obstinadas que pujan por salir a la luz. Yo intento que no se noten demasiado (y a veces quisiera condenarlas al exilio), pero no hay caso, son siempre la causa de que algún amigo exponga mi ingenuidad o de que algún miembro de mi familia piense que no tengo solución. Y ocurre, queridos lectores, que no hay solución, y para los sueños, para la ilusión, nunca debería haber.

¿Y qué ocurriría si yo tuviera la osadía de continuar soñando una vez que esa tarea me ha quedado chica? ¡¿Y acaso puede, algo como soñar, ser una tarea chica?!

Yo asemejo el mundo de los sueños con esos simpáticos juegos —que cualquiera que pasee atento verá por cualquier vereda del centro— en los que uno debe evitar pisar las baldosas de color diferente. Siempre que camino al trabajo puedo contar al menos dos o tres niños jugando de tal manera ¡incluso esta misma mañana vi a una joven madre seguir en el juego a su hija!, pero yo no puedo demorar mucho el paso ¡y menos puedo yo pensar en cosas tan insustanciales! Es que tengo que ir al trabajo, y los adultos no han de permitirse pasatiempos tan infantiles (pero poder, podemos).

Aunque de eso va la cosa: lo que yo me pregunto en verdad, lectores míos, es si, más que poder, no debemos intentar tales pasatiempos. ¡¿Y  por qué no?! Yo debo confesar que más de una vez camino con los ojos fijados al suelo, siguiendo secretamente la trama de las baldosas —Ahora negra, ahora amarilla… continúo por aquí. ¡Cuidado! ¡Ahora las negras hacen daño! ¡No debo tocarlas!. Pero mis tozudos pies andan en línea recta destruyendo el juego y traicionando mis inclinaciones más nobles, más sinceras. Y es cuando recuerdo a Bukowski: «hay un pájaro azul en mi corazón que quiere salir, pero soy duro con él; le digo: quédate ahí dentro, no voy a permitir que nadie te vea». Y me vuelvo hacia mis quehaceres serios, ¡ay, si pudiéramos jugar en serio y no ser serios sin jugar!

Por norma general los niños viven en sueños, se permiten sus ilusiones sin el más insignificante escrúpulo y es por eso mismo que a veces suele ocurrir que un pequeño nos embiste de una forma que consideramos imprudente por decir poco. ¡¿Cómo no ver que allí se encuentra una persona mayor?! —¡Deberían enseñarle un poco de respeto!. Aunque muy podría ser al revés y ser nosotros quienes mostremos respeto a lo inmaculado del sueño del niño, que extiende todas sus fantasías y no se cuida de la mirada ajena —y que no se cuida de los demás porque su mundo es gigante y todos se encuentran incluidos en él—; es de los adultos el mundo que segrega, que discrimina con celo furioso.

Yo debo reiterarlo: nunca he llegado a saber muy bien de qué va eso de ser adulto, ¡y extraño tanto jugar como un niño! ¡Soñar como un niño! Quizá todavía esté a tiempo y logre algo… Quizá logre desandar la carrera insensata de la adultez y alcance a ese niño que fui, ese niño que soñaba en su mundo grande, grande a fuerza de ilusión y no de años. Quizá todavía sea tiempo…

—Ahora negra, ahora amarilla… ¡Cuidado, las baldosas rojas son de fuego!


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