Fue cuando en vez de Messi teníamos a Musimessi, remoto arquero de Boca, después del golpe de Estado de 1955. Allí comenzó la decadencia. Un sector de la Argentina creyó que podría prescindir de aquella mitad plebeya que había gobernado por 10 años; quiso atenuarlo Lonardi con el lema “ni vencedores ni vencidos”, pero la decisión vindicatoria de Rojas y Aramburu empujó la larga deriva nacional

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

Por aquellos tiempos los que hoy peinamos canas o somos calvos, éramos niños. Y era un país de “Made in Argentina”, de industrias propias, fuerte clase media, clase obrera organizada en sindicatos, y casi nula desocupación. Vaya época. El capitalismo mundial fue desarmando esas posibilidades en los últimos 40 años, pero la Argentina le agregó a ello el plus de su propio golpismo de derechas con resistencia popular, que ha determinado una especie de empate estratégico paralizante.

  El golpismo viene de lejos, así como las palaciegas intrigas. Aún parece no saberse qué llevó a Urquiza a retirarse en Pavón, cuando tenía todo para vencer: el puerto de Buenos Aires se quedó con el país a través de una batalla que dio por ganada, pero casi no se libró. Y Mitre figuró en la historia como victorioso, y no como un hombre de escasa pericia militar. No sólo venció sin convencer en aquel estratégico y misterioso enfrentamiento, sino que pretendió impedir que Avellaneda fuera presidente luego del período de Sarmiento, y realizó redadas por el sur de provincia de Buenos Aires reclutando gauchos y algunos indios: con esos combatientes enfrentó en la olvidada batalla de La Verde a tropas oficialistas, que eran…casi 10 veces menores en número!! Pero igual perdió Mitre, aparentemente no por falta de parque o de buenas armas –parece que también él tenía Remington-, sino por la errada estrategia de un ataque frontal de caballería, donde ofreció un blanco perfecto. Lo que aquí importa: en esa batalla en que Francisco Borges, abuelo de Jorge Luis, labró la imaginada épica del gran vate argentino, la vocación golpista de nuestras elites se expresaría a pleno, incluso para lanzar luchas intestinas entre diferentes grupos de poder. El mitrismo seguiría conspirando hasta llegar a unirse a la rebelión de Alem hacia 1890, tal su deriva en el intento de hacerse con el gobierno que había perdido desde Sarmiento.

 Es esa la Argentina de los enriquecidos cuando el Bicentenario, que resistían a los inmigrantes anarquistas y socialistas con la ley Cané de residencia, que otorgarían a regañadientes el voto masculino denominado “universal”, y que así perdieron la elección ante Yrigoyen, pero no dejaron de presionar para la represión de la Semana Trágica o la de la Patagonia. Y que apenas pudieron labraron el criollismo ambiguo de Lugones, que transformó la inicial “guerra gaucha” de Güemes y Vidt, en neohispanista llamada a la represión con “la hora de la espada”.

 Y comenzó la interrupción de la legalidad institucional como recurso legalizado. Se hizo en 1930, con otras intenciones en 1943, luego con el golpe cívico-militar-eclesial de 1955. La ruptura interna del país quedó establecida. Proscripción del peronismo: Frondizi firmaría el pacto secreto con Perón que le permitió llegar a la presidencia, pero tendría que hacer piruetas ante la presión militar mientras aplicaba el represivo plan Conintes, y abría la educación privada tras los enfrentamientos por escuela “laica o libre”. Siempre, curiosamente, la derecha ha apelado a hablar de libertad para justificar sus propios atentados contra las libertades: lo sigue haciendo.

 Y fue entonces que se arruinó todo. Para impedir al peronismo (y de pasada agitar el fantasma del comunismo), Onganía se entronizó: según él, venía por 20 ó 30 años. La rebelión popular creció, la juventud se hizo rebelde, la falta de libertad política radicalizó las luchas hacia cordobazos y mendozazos, Lanusse –que se burlaba de la ceguera política de Onganía- echó al émulo de Francisco Franco, puso primero a un olvidable delegado en la presidencia, y luego se encargó él mismo de ocuparla. Hizo fintas con su Gran Acuerdo Nacional, y mostró que la derecha no podía aceptar a Perón casi por ninguna circunstancia. Pero hubo una: debieron impedir que las acciones de resistencia armada crecieran. Sólo ante esa presión entregaron el gobierno, preparándose para volver.

  Y volvieron con la dictadura de Videla. La única preocupación era aniquilar a las organizaciones de izquierda, así como lesionar al peronismo. Un proyecto de país vetusto y de retorno a lo agrario cerró las fábricas, mientras la Argentina se enlutaba, nos distraían con el Mundial, y luego intentaban hacerlo con Malvinas. Esto último fue una aventura trágica que dejó cientos de muertos, y una fuerte lesión en la memoria nacional.  

  Fue una derecha cuyo único proyecto fue oponerse al peronismo y/o a la izquierda. Suena actual, ¿verdad? Esto se ha ido radicalizando: en la época de las nuevas subjetividades fruto del vértigo televisivo, las redes y los smartphones, los sectores conservadores ya no creen necesario tener pensamiento ni proyecto nacional alguno: sus “intelectuales” son de azarosa sintaxis como el Dipy o Alfredo Casero, o dan penosas explicaciones como las de Maximiliano Guerra cuando balbuceaba que “los nuevos golpes de Estado los dan con los pobres”.

  Pobres de nosotros, en verdad. Pobre Argentina, perdida por un sector dominante que no sabe ser dirigente, que endeudó el país al límite durante el macrismo y no aporta mínima idea de qué hacer si volviera a ser gobierno, ni promueve algún horizonte constructivo desde la oposición. Un stablishment donde muchos se sostienen como herederos de la tradición mitrista: si no podemos ser gobierno, tratemos de serlo a la fuerza. Y que se impida así la mínima cohesión social que permita sostenernos como país viable.-

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