En medio de una pandemia que nos golpea duramente obligándonos a cambiar nuestro estilo de vida, encerrándonos en un aislamiento que muchas veces nos asfixia, y con perspectivas de que ésta modalidad se mantenga por un tiempo más con hospitales al límite, médicos y enfermeros fatigados, muchos contagiados y lamentablemente muertos. Envueltos en una larga polémica sobre los efectos del Covid – 19 es que me atrevo a contar mi historia.

Por Luis Martínez redacción Jornada

En mis largos 37 años de profesión es una de las pocas veces en que hago autoreferencia, es por ello que pido disculpas a los lectores y les pido sepan entender.

Es que nunca pensé pasar lo que pasé y, afortunadamente, pasé.

A fines de junio con varios contagios cercanos y, a pesar de todas las medidas de prevención tomadas, con un hisopado inicial negativo, finalmente, el coronavirus estaba conmigo.

Con algo de preocupación y un poco de nervios preparé mis cosas para lo que suponía unos 14 días de internación sin mayores sobresaltos. Es más, cargué mi computadora para incluso hacer algunas cosas para el diario. Así llegué al hospital Santa Isabel de Hungría donde llevaría adelante la “pelea de mi vida”.

Apenas llegado y ante los controles de rigor el diagnóstico no fue bueno: neumonía bilateral. En menos de una hora y con problemas de oxigenación, estaba ingresando en terapia intensiva por primera vez en mi vida. Fue con suerte, había disponibilidad de camas y de elementos porqué nunca supuse que iba a necesitar de todo el equipamiento y, sobre todo de la capacidad profesional de quienes me atendieron.

Aquí comienza otro capítulo de mi historia, uno que me contaron porque debido a mi situación debieron colocarme respirador artificial en coma inducido. Allí comenzó el gran combate entre el cuerpo que se defiende como puede y el “bicho” que quiere ocupar su espacio a costa, incluso, de la vida del paciente.

Conectado a un sin número de máquinas que daban todo tipo de datos sobre mi estado, enredado en cables de variados tipos y colores, nada supe de mis horas en posición prono, de la fiebre que se presentaba alta en los primeros días, de los pronósticos más que negativos de cada jornada a pesar de los diferentes tratamientos que me aplicaban, informes médicos nada satisfactorios que provocaban dolor y preocupación en familiares y amigos. Nada de nada, la propia oscuridad y el total desconocimiento de quien duerme sin saber que pasa y de quien podría haber pasado a otro estado, también oscuro en el que nada se sabe.

Así pasaron 11 días en los que nada supe del esfuerzo médico, de las oraciones de la familia y allegados, de la enorme incertidumbre que los envolvía por una situación que, lejos de mejorar se complicaba día a día.

Tres días más sin medicación para poder despertar. La pregunta era: despertará?, tendrá algún tipo de secuela?, estará bien?.

Para no hacerla tan larga, sí, al fin desperté. Sin entender mucho que hacía en ese cubículo de cristal, solo, lleno de cables y sonidos, con médicos y enfermeros que entraban protegidos y  a los que sólo identificaba por sus ojos o por sus zapatillas. Me costó entender lo grave que estuve y lo difícil de la pelea dada.

Luego de 15 días de terapia, llegó el pase a sala común y unos días después a casa en medio de lágrimas de alegría por algo que en algún momento parecía imposible. Con algunas secuelas, sí, pero en casa y con otra chance para disfrutar la vida.

Lejos de querer inculcarles los cambios que esta situación provocó en mí y después de pensarlo mucho tiempo, es que decidí contar públicamente parte de mí intimidad. Solo para tratar de que se comprenda que no es una “gripecita” nada más, es una enfermedad que hay que respetar porque en realidad no sabemos cómo nos va a golpear, si vamos a requerir de atención en terapia, si nos hará falta plasma, si tendremos disponibilidad de camas o respiradores. Debemos tomar todas las medidas de precaución, por nosotros y por los demás. Estamos ante un rival del que desconocemos mucho y que nos ataca sin piedad.

Cuidarse entre todos o responsabilidad social que le llaman. No está demás y ayuda bastante a la hora de defenderse.

PD: Un infinito agradecimiento al personal médico y de enfermería del hospital Santa Isabel de Hungría por su atención tomando como propia una pelea que a veces es desigual. A todos ellos muchas gracias.