Se cumplieron 16 años de la muerte de Nicolino Locche.  Si, 16 años de aquel 7 de setiembre del 2005, cuando la medianoche empezaba a insinuarse y se apagaba la vida del “Intocable”, pero se encendía eternamente el fuego sagrado del ídolo inolvidable

Redacción Jornada

Hacia tiempo que jugaba con ella, cigarrillo tras cigarrillo, esquivándola como hacía con los golpes arriba del ring.

 La muerte va y viene, hay que hacerle un poco de cintura, como Nicolino, decía Maradona en una de sus tantas internaciones que tuvo. Tiene razón, a la muerte hay que hacerle gambetas y caños como los del Diego, desafiaba del otro lado Locche, también en estado de salud crítico. Hoy los dos están esquivando y gambeatando allá arriba

Sin ninguna duda, Nicolino Locche ha ocupado un lugar único en la historia del deporte argentino. No solo por haber llegado a ser el tercer campeón del mundo que tuvo el boxeo de nuestro país, sino porque además lo fue con un estilo incomparable, por lo absolutamente singular, personal y distintivo. En un deporte cuya esencia es la destrucción física de los adversarios, él hacía que se autodestruyeran psíquicamente, por desaliento y cansancio. Ya que el gran Nicolino no pegaba, pero tampoco se dejaba pegar. Y los golpes furibundos que rebotaban en el aire, a su alrededor, extenuaban más al rival que si hubieran sido los suyos propios.

Si hubiera entonces que definir técnicamente a Locche como boxeador, debiéramos decir que fue un gran “tiempista”. Qué  aunque ingenioso y pulcro pugilista que basaba su ataque en una defensa excepcional, era tan intuitivamente racional y sagaz que conseguía que el tiempo derrotara a sus rivales. Sí, sí, el mismísimo tiempo. Después de hacerles descargar, minuto tras minuto, en el vacío y en vano, un golpe y otro y otro golpe. Como si hipnotizara a sus cada vez más enfurecidos enemigos, con el juego chaplinesco de su caminar, sus visteos y la picardía de sus esquives y amagos.

Y como lo hacía con un humor inocente, en un lugar donde siempre han reinado la brutalidad y la crueldad del más fuerte, al imponerse y ganar, invariablemente entre las carcajadas y las celebraciones de un público transportado a la infancia, Locche brindaba desde el tablado del ring uno de los sueños más caros y antiguos de la humanidad: el triunfo del bien sobre el mal, del bueno sobre el malvado. Como en las películas de “Carlitos” Chaplin, el gran bufo inglés.

De ahí su atracción popular: por su carisma laico, universal –mayor que el de Justo Suárez y el “Mono” Gatica–, por la gracia ingenua con que atrapaba a las multitudes hasta hacerlas colmar las gradas del Luna Park.

Pero lo que más dejó como emblemático la imagen de Nicolino fue su capacidad perceptiva. Esta actitud fue muy bien explicada por el gran maestro del periodismo argentino, Ulises Barrera (murió tres meses después que Locche) cuando contó lo siguiente: “Nicolino Locche, que ha fallecido, pero no ha muerto porque los campeones no mueren jamás, deja una historia intuitiva que los aficionados, que tanto lo han admirado, quizá no lo vinculasen al famoso juego de los visteadores que durante tantos años era un juego para los hombres de campo. Sacaban una alpargata ambos y trataban de alcanzar al rival pegándole en la cara o en la cabeza. Pues bien, Locche llevó al ring aquella costumbre tan expandida en todas las provincias y particularmente por los pagos de Buenos Aires”. Seguía diciendo Ulises: “En diferentes oportunidades yo llevé hasta el gimnasio del Luna Park a dos neurólogos y realicé una prueba desconocida para muchos. Puse a un neurólogo al lado mío, mientras su entrenador Bermúdez daba la orden al sparring con firmeza de ‘tirarle con todos los golpes posibles a este vago’. Me puse yo en una esquina del ring y mientras entrenaban le dije a Nicolino: ‘¿Qué tal campeón, anda bien?’. Y él hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Me pidió que yo siguiera hablando. Nadie podía creer lo que estábamos viendo y menos el neurólogo, que con los ojos dilatados me afirmaba: ‘Este hombre tiene una capacidad de percepción superior a la media común. Es asombroso’. Ocho días después invité a un colega del anterior y se repitió la escena. Mientras Locche paraba todos los golpes tenía la cabeza dada vuelta mirándome a mí”.

Es que verdaderamente Nicolino Locche era un tipo raro. Un luchador pacifista, un humorista, militante de una de las actitudes o actividades más antiguas del hombre, en que para defenderse y no ser destruido, hay que atacar y tratar de eliminar al contrincante. Siempre fue así. Menos para ese muchacho Nicolino. Desde la misma tarde en que su madre, harta del haragán de su hijo y “purrete” incorregible en el colegio, decidió llevarlo al gimnasio del barrio.

Allí aprendería a boxear, nada menos que con un maestro de campeones: don Paco Bermúdez. Él contaba cómo a aquel muchacho alegre y jodón, muy burlesco e indisciplinado, no le gustaba que le pegaran. Y por eso, de su estilo, lo que mejor aprendió fue a esquivar, a bloquear. Fue uno de los boxeadores argentinos con campaña más extensa hasta su paso al profesionalismo (realizó 122 peleas como amateur). En el campo rentado ganó todos los títulos posibles. Mendocino primero, Argentino luego, Sudamericano después, y por fin, del Mundo, corona a la que le costó muchísimo llegar y dejando en la historia un récord profesional impresionante con un total de 136 peleas (1958-1976), ganó 117 (14 por KO), empató 14, sin decisión 1 y perdió 4. Había conseguido cosas increíbles como atraer al público femenino para que vaya a sus combates y ser querido dentro y fuera del cuadrilátero debido a su carácter.

En el parque de descanso de Luján, bajo el fuerte sol mendocino y entre los viñedos, descansan los restos del gran Nicolino, emblema de Mendoza, y que en vida fue tan noble como el vino, tan fuerte como el sol y tan bueno como el pan. Pero ese día, hace diez años, Nico pasó a ser como aquellos que, por su grandeza, dejan la vida terrenal para pasan a la órbita de los inolvidables.

Por todo esto nunca vamos a dejar de recordar a este artista con guantes, personaje de leyenda, de esos que le permiten a un par de generaciones de argentinos jactarse, ya peinando canas, en los bordes de los bares o en las sobremesas familiares con un relato que es ya un tesoro de la memoria: “Yo vi pelear a Nicolino”.

Y también fue canción…


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