Se nos fue el otoño. No hemos tenido posibilidad de disfrutarlo porque buen un otoño bien mendocino, dichoso en la euforia del paisajes,  plácido para la contemplación, amigo de buenos momentos.

Solo pudimos disfrutar de la canción que lo analiza con la ñata apoyada en la ventana y viendo como todo el exterior se disfrazaba de amarillo.

Anduvo el otoño haciendo de las suyas en la ciudad y en lugares tan especiales como Potrerillos, Uspallata, el Valle de Uco, San Rafael y tantos lugares propicios como tiene en Mendoza.

Fue un otoño ameno, para disfrutar, con el sol menduco acariciando de tibieza todas las cosas, poniéndole sonrisas radiantes a las mañanas, diciéndole adiós al día con esos atardeceres rojos cuando el los cerros se tragan al sol.

El otoño en Mendoza tiene sabor a canto, tal vez traído por los arroyitos serranos que vienen trayendo el mensaje de los glaciares para ir a cumplir su destino de riego.

Nos pone animosos, se mete con nosotros y nos deja mensajes pletóricos de ternura. Nos acaricia. Llena el espacio de afuera con un dejo de nostalgia incomparable que nos llena de alborozo el corazón.

Claro que algunos insultan en arameo básico  por la cantidad de hojas que se acumulan, por ejemplo, los empleados municipales, encargados de adecentar las calles y las señoras que tienen que lidiar con la hojarasca  que cubre sus veredas.

Pero, en líneas generales, el otoño es para disfrutar. Con una buena salida a comerse un asadito debajo de los álamos, o a compartir unos mates, aguaribay de por medio, o simplemente a solazarnos mirando lo que nos rodea, para dejarlo reflejado en fotos que perpetúen el momento.

Uno se vuelve medio querendón en el otoño y nos vestimos por dentro con un traje de esperanza a pesar de que todo declina. Anda una ternura especial por el aire y nos impregna de algo muy parecido al amor. Tiene cadencia de tonada y en ella encontramos todo nuestro sentir mendocino porque “no es lo mismo el otoño en Mendoza”. Eso lo sabemos y lo saben aquellos que vienen a buscar la paz de nuestros paisajes para alisarse el alma.

Sin embargo este año para nosotros el otoño fue las paredes de nuestra casa y esas no se vuelven amarillas, se vuelven oscuras por el hollín de la ciudad. Lo hemos contemplado a lo lejos pero no hemos podido vivirlo de cuerpo entero.

Debe ser el primer otoño en nuestras vidas en que hemos estado encerrados sin posibilidad de salir a impregnarnos con su aliento especial.

Ahora vamos a entrar en la temporada de frío y por lo tanto tampoco es una posibilidad placentera andar por el exterior. Deberemos permanecer guardados por dos motivos: por el coronavirus y por el invierno.

En esto somos contradictorios, por un lado deseamos de que el invierno no sea tan crudo y por otro lado deseamos que sea decidido y que traiga nevadas abundantes, así no tenemos que lamentar la falta de agua cuando llegue el verano.

Adiós otoño, ya no podremos “comprenderle el adiós a las hojas / y acostarse en su sueño amarillo”. Deberemos esperar al otoño del 2021 cuando ya la pandemia sea solamente un mal recuerdo ¿Ocurrirá entonces?

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