Anegados estamos, de palabras. Saltamos de la euforia a la depresión. Ejemplo: hace unas semanas Messi era un “pecho frío”: Tras el título lo convertimos en el “mesías”. Con el suceder político de las urnas pasa igual

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Los bien comidos, alfabetizados y abrigados, por favor, tengamos cuidado. Ojo con caer en la ridiculez de la euforia o en la comodidad de la desesperanza. A la democracia hay que amasarla; y merecerla. En el medio de esta desgraciada suerte de apocalipsis nacional, pregunto y me pregunto: ¿Cuál es gran tema de nuestro tiempo?  La respuesta nos viene anidando sucesivas preguntas: “¿El gran tema es la pandemia planetaria?”, ¿es nuestra inflación congénita?,  ¿es la extendida pobreza? Prefiero decir que el gran tema debiera ser “la solidaridad”.

    A propósito de solidaridad voy a volver a un personaje que traje a esta columna hace una docena de años. Lo retomé en una nota publicada en la contratapa el diario Página 12, en abril pasado. Reanudo ese texto. Aquí va:  

   El gol de Maradona, como la vida, continúa. ¿Qué sería de nuestro mentado ego y de nuestro ser nacional sin el insistente pulso de ese gol imposible?

    Pregunta: ¿Cómo hacer para no agotar el milagro –terrenal–, del gol supremo? Propuesta: busquemos hazañas equivalentes fuera del deporte; busquemos acciones de dimensión heroica, por ejemplo, por el lado de la solidaridad. Estamos en un tiempo vaciado de esa virtud: diez países acaparan con obscena avaricia millones de vacunas. Y si de (in)solidaridad hablamos, aquí cerca observamos conductas asqueantes, vomitivas: por caso, la crispada reacción ante el impuesto a las grandes riquezas.

   Buscando algo equiparable a la infinita apilada del sumo Diego, me topé con una acción prodigiosa. Permiso, enseguida la voy a compartir porque, para la evolución de la condición humana, esa acción vale tanto como el gol incesante. Protagonista: un niño de la calle, tan real y cierto como el sol que esta mañana le permitió amanecer a este día.

   Año 2002.  Entrevisto a Mariana Francia, maestra entrerriana, de Paraná, 25 años, gestualidad de adolescente. En el living de su casa Cortázar, Julio Cortázar, otro eterno adolescente, fuma, nos mira desde un afiche en la pared. Escuchemos a Mariana: “En 1997, todavía yo en el secundario, fui condenada por la leucemia. En el Hospital Británico de Buenos Aires supe que mi salvación dependía totalmente de un trasplante de médula. Podía realizarlo en Londres, eso costaba 300 mil dólares… La cifra sonaba como una sentencia de muerte”. Pero.

   Pero sus compañeros deciden vadear lo imposible: organizan rifas, insisten en diarios y radios de Paraná, más tarde viajan a Buenos Aires. El Canal 11 hace una colecta organizada por la cronista movilera Fanny Mandelbaum. Mariana con sus compañeros ponen alcancías en distintos puntos de la urgente Capital Federal; una de esas alcancías en Florida y Corrientes. En mayo del ’98 la cifra había sido conseguida. Mariana viajó a Londres, y el trasplante la salvó. Aquel milagro no cayó del cielo. Fue sembrado aquí, abajo: sembrado por la tenaz solidaridad.

   Mariana Francia me avisa: “Me tendrá que perdonar: pronto me vendrán las lágrimas… Mi mamá trabaja en el interior de Entre Ríos, allí la gente no alcanza ni a ser pobre. Un día  me trajo un billete estrujado: ‘Mariana, miralo bien. Estos dos pesos me los dio una señora del campo, humildísima, rodeada de críos descalzos… El valor de esos dos pesos, ¿se podrá medir?’”

   Cortázar sigue fumando. Mariana dice: “Yo nací el día en que nací; nací el día del trasplante y nací hace dos días…” ¿Hace dos días? “Sí, cuando abrí esa ventana que da a la vereda y vi cómo un hombre hurgaba la bolsa de nuestra basura: allí encontró los fideos que un familiar mío no quiso, porque estaban desabridos. Entre la basura el hombre encontró también una lata de duraznos vacía; allí puso los fideos y se los sirvió a su hijito… Soy maestra, me gusta serlo, como maestra quiero enseñar a mirar a los costados, a mirar a nuestros semejantes… perdóneme, yo le dije que iba a llorar… los chicos tienen hambre, comen lo que tiramos… Lloro por ellos. Y lloro por nosotros. Porque nosotros comemos y no nos damos cuenta”.

Sol y dar y dad.

    Pero el relato de Mariana Francia anida otra historia. Sigamos escuchándola:

    –“El día de la colecta, en Florida y Corrientes había un pibe de unos doce años: abría y cerraba las puertas a pasajeros de taxis. Hacía mucho frío, al final de la tarde el pibe se acercó, sacó de sus bolsillos las monedas y billetes que había juntado en el día y los metió en la alcancía. Lo hizo rápido, y se fue. Sin una palabra. Ni le preguntamos cómo te llamás, dónde vivís. Nada. De él solo recuerdo que tenía una cicatriz dividiéndole la ceja izquierda. Ese niño ya andará por los treinta…”

    Al pibe de la cicatriz en adelante lo nombraré “Cejaizquierda”, parece de otro mundo. Sin sermones, nos hace ver que “solidaridad” incluye las palabras sol y dar y dad. Desde su niñez desarma nuestra coartada cuando justificamos nuestra abulia diciendo: “Lo que pasa es que aquí no hay ejemplos”. ¿Ejemplos? Hay ¡a patadas! Dejémonos de próceres y famosos. Mejor busquemos más acá de nuestras narices.

    A todo esto: ¿qué será de la vida de Cejaizquierda? Uno se pregunta y repregunta sobre el destino de un ser tan insólitamente excepcional cuando todavía no había salido de la niñez. ¿Hasta dónde habrá podido llegar siendo adulto? Imaginémoslo médico o político o jurista, imaginémoslo gremialista o economista o docente o, incluso, periodista.

   Mientras imaginamos destinos posibles para tan precioso ser, nos bajan más interrogantes: ¿Qué había en la cabeza, qué en el corazón de ese niño que entregó sin más la fortuna crucial de sus bolsillos? ¿De dónde sacó la lucidez de su ocurrencia y el coraje para concretarla aquí, en este mundo?

    Al volver esa noche a su casilla de villa marginal, ¿lo esperaba una mamá extenuada, un papá sin trabajo tal vez doblado por el alcohol, un racimo de hermanitos? Al retornar, Cejaizquierda les habrá mostrado sus bolsillos vacíos… ¿Lo habrán abrazado o lo habrán castigado? Lo cierto es que, con su acto había consumado una prodigiosa revolución: superó el mandato de que “la caridad empieza por casa”. Punto.

   Y aparte. Para decirNos: ¿Cómo, cómo es posible que un ser humano tan tierno tenga tamaña ocurrencia y la concrete de cuajo, sin gastar una palabra, sin exhibir su heroísmo?

    Cejaizquierda ¿es la ráfaga de un sueño de almohada? Un ser así ¡no puede ser cierto!  Pero sí, existió. Y, si es que en estos años no fue devorado por la impiadosa intemperie, si es que no lo volteó (por si acaso) alguna bala preventiva, Cejaizquierda anda por ahí, respirando este mismo aire.

   Cejaizquierda significa tanto como un premio Nobel, o como un campeón mundial. Su desprendimiento, en esa olvidada órbita humana que es la ética del corazón, tiene una hondura inconmensurable. Es inconcebible.

   A la vista está: el asombroso avance de la ciencia contrasta con la paupérrima evolución de lo moral. Pero ¡de pronto! brotan actos en los que la condición humana se redime del voraz (neo)liberalismo, y avanza un centímetro, al menos. Eso, por el arrugado billetito de aquella mujer humildísima. Eso, por nuestro Cejaizquierda donando su pobreza entera. Todo en un pestañeo, en una tardecida en la que sin duda hacía demasiado frío en la Tierra.

   Perdón le pide la palabra a las palabras. Nuestras conciencias, digestivas, desembocan en preguntas desesperadas: el pibe aquel: ¿dónde estará? La intemperie de los días y de las noches ¿lo habrá devorado? ¿estará en pie o lo habrá volteado alguna bala preventiva?

   Eso: Cejaizquierda ¿estará vivo?

   Alguien capaz de arrojarse a semejante solidaridad sería abrazado por el Che Guevara. Y, obviando el status divino, también sería abrazado por el Jesús de los maderos.

   Arriesguemos más: su inconmensurable hazaña, ¿no podría compararse con el interminable gol del Diego a los amados ingleses?

   Posdata.  Si usted llega a ver a Cejaizquierda, por lo que más quiera, no siga de largo. No le cruce el rostro con el salivazo de la indiferencia activa. Vuelvo al comienzo: anegados estamos, de palabras. Saltamos de la euforia a la depresión. O viceversa. Ejemplo: hace unas semanas Messi era un “pecho frío”: Tras el título lo convertimos en el “mesías”. Con el suceder político pasa igual. Los bien comidos, alfabetizados y abrigados, por favor, tengamos cuidado. Ojo con caer en la ridiculez de la euforia o en la  comodidad de la desesperanza. A la democracia hay que amasarla; y merecerla. Estos días, en el medio de rumores apocalípticos, pregunto y me pregunto: ¿Cuál es el tema clave de nuestro tiempo?  La respuesta nos viene anidando sucesivas preguntas: “¿El gran tema es la pandemia planetaria?”, ¿es nuestra inflación congénita?,  ¿es la extendida pobreza? Prefiero decir que el tema clave debiera ser “la solidaridad”. Por eso insisto: si un día de estos usted llega a ver a Cejaizquierda, por lo que más quiera, no siga de largo. No le cruce el rostro con el salivazo de la indiferencia activa.

* [email protected]   ===    www.rodolfobraceli.com.ar


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