Por Diego Barovero

Un viejo aserto rezaba “en verano nunca pasa nada”. Lejos de aquella versión, la Argentina supo demostrar que también en verano podía pasar de todo. De allí que desde hace algunos años se habla de “verano caliente” cuando se trata de definir el caldeado escenario político social y económico que suele enmarcar los cambios de gobierno, de año y de estación.

Quienes tenemos ya algunos años a cuestas recordamos algunos veranos por cierto complicados no tanto por el clima de canícula sino por la temperatura que imponen las crisis. En este verano caliente de pandemia y crisis ha fallecido quizá uno de los mayores protagonistas de la Argentina de fin de siglo XX y comienzos de siglo XXI: Carlos Saúl Menem.

A finales de 1988 el gobierno de Raúl Alfonsin ingresó en una moratoria unilateral del pago de los intereses de la deuda externa. Una fatal combinación de falta de inversiones, sequía y desperfectos técnicos produjo las condiciones que generaron los apagones eléctricos. Fracasaron las negociaciones con el Banco Mundial y la segunda rebelión “Carapintada” encabezada por el fugado ex teniente coronel Aldo Rico en Monte Caseros fueron prólogo de lo que nadie esperaba en pleno enero de 1989, un asalto e intento de copamiento de un cuartel militar en La Tablada por un grupo guerrillero extremista de izquierda que terminó en masacre.

El candidato justicialista a la presidencia Carlos Saúl Menem navegaba en sus propias contradicciones pero avanzaba a paso firme en su campaña creando gran expectativa en amplias franjas de la ciudadanía.

La economía paralizada y la crisis inflacionaria sufrieron un respingo el 6 de febrero cuando el dólar subió a 25 australes (la moneda nacional) un 40% en una sola jornada. A finales de marzo Juan Vital Sourrouille dejó el ministerio de Economía y Alfonsin recurrió a un histórico de la UCR que había ocupado ese mismo cargo con Illia: Juan Carlos Pugliese, que hizo un llamamiento público a la responsabilidad por parte de los actores económicos: “Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo” declaró amargamente poco después cuando la aceleración de la crisis era evidente y las elecciones presidenciales condujeron al amplio triunfo del candidato del peronismo.

Luego de asumir la primera magistratura, el riojano logró una tregua con los factores de poder real, había demostrado ser “previsible” designando en la cartera económica al representante máximo de una de las grandes corporaciones económicas: Bunge y Born, que intentó llevar a la práctica un plan que fracasó demasiado temprano y desembocó en una segunda hiperinflación que condujo a Antonio Erman González al Palacio de Hacienda y que sería el ministro de los siguientes dos tórridos veranos.

Entonces el dólar ya tocaba los dos mil (2000) australes por unidad. La gente cobraba su salario y lo convertía totalmente a dólares para ir cambiándolo de a poco y hacerlo durar. El paisaje urbano de arbolitos y coleros en la calle Florida y el microcentro porteño era el habitual. Gonzalez aplicó una política de shock apenas asumió: liberó totalmente los precios, las tasas de interés y la cotización del dólar e incautó los plazos fijos superiores al millón de australes canjeándolos a sus propietarios por bonos en dólares a diez años (Plan Bonex).

Una nueva realidad para la sociedad argentina fue vivir la recesión económica con una alta inflación (95% mensual en marzo de 1990) con un dólar que subió alrededor del 160%. Luego de unos meses de relativa estabilidad a altísimo costo la situación volvería a recalentarse.

El verano de 1990 comenzaba con el alzamiento “Carapintada” de diciembre encabezado por el Coronel Seineldin. Eficazmente reprimido, sería el último.
La demanda de dólares había comenzado a dispararse en un nuevo golpe de Mercado cuyo objetivo final era imponer la aceleración del plan de privatizaciones y la liberalización total y definitiva de la política económica. Entonces llegó finalmente a Economía el elegido por los Mercados, Domingo Felipe Cavallo. El dólar había subido de cinco mil a diez mil australes. El verano de 1991 finalizaba con un plan de estabilización y ajuste que gracias a una eficaz propaganda y el apoyo de los grandes medios de comunicación y periodistas logró amplio consenso social, la convertibilidad por la cual el peso (la nueva moneda argentina) equivalía a un dólar. Que sería la línea dominante por una década y cuyas consecuencias también desataron una tragedia social, económica y política que estalló en otro verano tórrido, a fines de 2001 y comienzo de 2002.


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