Además del covid-19, evidente, arrecia el espantoso virus de la xenofobia

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada  

El neoliberalismo –medularmente xenófobo–, se relame, alienta el odio hacia los humanos extranjeros que vienen por pan, trabajo y techo.Ese odio corporiza otra manera de hacer genocidios. Lo practican países rotulados del Primer Mundo. Al compás de la especulación electoral aquí, en este país nuestro, al odio perseguidor lo encarnan descaradamente candidatos que aspiran a gobernar la amada República.  

   Hace un par de años, en esta columna pusimos en el remojo de la reflexión, la siguiente pregunta: ¿Tiene sentido la existencia de un mundo planteado así? Por entonces no había pandemia, ni presentimiento de ella. Hoy, cuando el mundo entero es estragado por el ingobernable virus, el neoliberalismo xenófobo se hace gárgaras con la persecución de los hambrientos y desesperados que siembran nuestra Tierra. Frase reiterada hasta por el sumo Papa: “El mediterráneo se ha convertido en un cementerio de desesperados hambrientos”. Asistimos a situaciones inconcebibles. ¿Cómo cuáles? Como el encarcelamiento y enjuiciamiento de personas sensibles que están cometiendo el insoportable pecado de salvar vidas. Vidas humanas de migrantes exhaustos que tienen sed y hambre y miedo. Llegamos así al colmo de los colmos: se juzga y se castiga a quienes se comprometen con acciones solidarias.

   Reanudo las reflexiones de hace un par de junios. Creer o reventar: cosas que suceden transcurrida la segunda década del siglo 21 después de Cristo. Por ejemplo, Trump, el sonoro monicaco que presidía hasta hace poco la primera potencia del mundo, llegó al colmo de separar a niños y bebes de sus padres migrantes. Hay que ser un hijo de mala perra (con perdón de las caninas) para consumar semejante desgarramiento. No insulto, describo. Desgajar a los niños de sus padres es algo imposible de concebir, pero que sí, que sí ha sido concebido. ¡Y concretado! Memoremos en nuestra patria, durante la última dictadura, el robo de criaturas arrancadas de la placenta. Dicho sea: hay más trescientos seres todavía con identidad secuestrada.

    Un interrogante lleva a otro: ¿Cómo es posible que en nuestro planeta de promisión las señoras muy aseñoradas y los señores muy almidonados ante esta crueldad no hayan puesto el grito contra el cielo? Ellos son los que, frente a los abortos sórdidos y clandestinos, se ufanan alzando la hipócrita coartada de la defensa de “las dos vidas”. Coartada con la que por años trataron de impedir la legalización del aborto. Ellos justamente no dijeron, no dicen nada sobre las atrocidades que se cometen en los cuerpos de los pobres migrantes. Enarbolan sin pudor este argumento: “¡La vida es sagrada!”, pero practican la indiferencia activa ante una obscena noticia que se reitera en nuestros tiempos. ¿Cómo es posible que seres humanos como Bolsonaro y Trump ganen elecciones desollando seres humanos desguarnecidos que sólo buscan un mínimo pedacito de lugar en esta tierra que, más allá de los mapas, es de todos. Es, o debiera ser.

Cárcel para Pia Klemp

   Asistimos a una tremenda paradoja: por un lado la ciencia y la técnica generan verdaderos prodigios; por otro lado, en el orden moral, al compás de las derechas que se autodenominan neoliberales, se perpetran barbaridades que desnucan la condición humana. Para comprobar esto no se necesita ir muy lejos: la Europa que anidó deslumbrante civilización y excelsa cultura, con toda naturalidad hace años que está legalizando la persecución de ciudadanos que salvan las vidas de humanos que vienen huyendo de los horrores de las guerras y del hambre.

   ¿Qué buscan esos seres humanos migrantes? Lo dicho: buscan paz, buscan trabajo, buscan los panes de cada día y de cada noche, buscan un techo para sus ancianos y para sus hijos. Tratando de agarrarse a la última cornisa de la sobrevivencia, los migrantes arriesgan sus vidas. Pero por otra parte hay seres que a los huyentes no los rechazan; si se están materialmente ahogando, les tienden una mano, los alzan, los socorren. Increíblemente estos gestos humanitarios son condenados por gobiernos de países que se dicen civilizados. Esto ha sucedido por ejemplo en la Italia que acunó tantos renacimientos. Y que en otros tiempos viajó a la América nuestra en busca de paz, pan y trabajo.

    Parece cuento, parece delirio. Pero tomémonos la molestia de hojear un diario de mediados del año 2019. En Página 12, en la página 23 dice la volanta: “Italia criminaliza a una bióloga alemana y a un ex alcalde”. A continuación el título completa: “Al banquillo, por rescatar migrantes”.

   ¿Leímos mal? No, hemos leído correctamente. Espeluzna. Tendremos que vadear el absurdo para sintetizar lo que está ocurriendo: Pia Klemp hace dos años tenía 36 años, es alemana, bióloga y capitana de un pequeño barco. Ella podría ser castigada con 20 años de cárcel en Italia por salvar vidas, “por rescatar migrantes a punto de morir ahogados en el Mediterráneo”.  Al mismo tiempo, por aquellos días la justicia abrió el juicio contra el ex alcalde de la ciudad calabresa de Riace, Domenico Lucano. ¿Por qué? Por darle albergue a centenares de refugiados. Dos casos de una feroz política que criminaliza a los defensores de los derechos de migrantes. No son síntomas, son evidencias escandalosas. 

   Recordemos algo más sobre Pia Klemp: con su barco recorría la costa italiana, fue entonces que rescató dos botes colmados de humanos que intentaban cruzar a Europa. Al momento del salvamento estaban en una situación dramática, de extremo peligro. Por esa acción solidaria Klemp es que se enfrentó a la posibilidad de pasar 20 años en una cárcel y de pagar muy altas multas. Digamos que su barco ya había sido confiscado en 2017, cuando Klemp y su equipo rescataron a mil refugiados. Salvaron mil vidas, nada menos. Klemp, sometida a juicio le declaró al diario alemán Basler Zeitung que llevaría su caso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo. “Me niego a creer que vivimos en una Europa en la que vas a la cárcel por salvar vidas necesitadas”. Por ahora Klemp no está sola: decenas de miles de personas firmaron una petición para exigir que Italia abandone los procedimientos penales contra la bióloga alemana.

    El de Pia Klemp no es un caso aislado: la española Helena Maleno también fue acusada en 2012 por llamar a la marina Marroquí y dar aviso de una embarcación que estaba en peligro en el Estrecho de Gibraltar. No es todo: Maleno se enfrentó a la posibilidad de la condena a perpetua pero finalmente hace tres años el Tribunal de Apelaciones de Tánger archivó su expediente. 

   La escandalosa justicia también abrió una causa al ex alcalde, el izquierdista Lucano, figura emblemática por su humana defensa de la integración de inmigrantes en su país. Al ex alcalde lo acusan “por tráfico ilegal de personas y por uso irregular de fondos públicos para la asistencia de refugiados hambrientos”. Lucano fue elegido en 2004 y fue reelecto en 2009 y 2014. Pero su ejemplar cruzada no fue asimilada por el electorado, prevaleció el desamor propalado por la xenofobia, y el 2 de octubre de 2018 fue detenido, luego fue puesto bajo prisión domiciliaria. El episodio de Lucano pone en evidencia la grieta entre las dos visiones de Italia: la de los puertos cerrados, que sostiene el sonoro Mateo Salvini, y la de una política de municipios abiertos. La propuesta de Lucano, basada en “la  tolerancia y la inclusión”, posibilitó el paso de unos seis mil inmigrantes en sus quince años al frente del municipio de Riace, y habilitó también la apertura de talleres de artesanía y panaderías a cargo de inmigrantes. El caso ejemplar sucedido en la pequeña aldea calabresa fue documentado por el cineasta Wim Wenders, en 2010.

   Pero atención: la absurdidad no le afloja: la popularidad de Lucano decayó en las últimas elecciones de mayo del 2019, cuando la lista del ex alcalde quedó en tercer lugar y el primero fue para Antonio Trifoli; este caballero venció con el apoyo del partido ultraderechista que proclama “¡Primero los italianos!” Es evidente: el sentimiento xenófobo recrudece a lo largo y a lo ancho del Viejo Mundo. (Nada, pero nada que ver con el espíritu navideño que enarbolan cada fin de año).

   Posdata.  Si nos fijamos más acá de nuestras narices veremos que la xenofobia se ha convertido en una de las herramientas preferidas para conseguir votos. Esto sucede en Norteamérica y sucede en Europa. Lo peor del caso es que esto es por demás contagioso: sucede y se acentúa en nuestra América latina. Y está sucediendo aquí, aquí mismo. No nos engañemos: el neoliberalismo la pasó macanudo durante la dictadura y la pasa macanudo en nuestra democracia. A la democracia la usa como condón ocasional. Por aquí cerca florecen síntomas de racismo y de xenofobia. Se trata invariablemente de seres humanos que sienten nostalgia por la Mano Dura. Señoras y señores dirigentes que hacen política pregonando la antipolítica, lo más campantes. Y adhieren a cierta frase nefasta: “El que quiera andar armado, que ande armado”. (¿Les suena la siniestra frasecita?)

   No nos distraigamos, por favor. Ellos, los xenófobos, trabajan para crear sensación de “fin del mundo” las 24 horas del día. Ellos trabajan siempre, sin feriados, hasta en los días de guardar. Ellos, usinas hacedoras de miedo, últimamente, sin pudor, se valen incluso de la pandemia. Un día declaran que las vacunas envenenan. Al otro día reclaman crispados ¡por la falta de vacunas! Asco le tienen a la palabra solidaridad y la pronuncian de la boca para afuera. Ellos son unos hijos del odio.

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