Pocas veces en el fútbol se pudo ver dos robos en una semana, a un equipo de peso, como le ocurrió a Boca Juniors en los octavos de final de la Copa Libertadores ante el Atlético Mineiro, al que venció ambas veces 1-0, pero en las dos ocasiones le anularon goles válidos en los que el VAR tardó varios minutos en encontrar una falla, una aguja en un pajar, que permitiera a los brasileños avanzar a la fase siguiente del torneo

Por Sergio Levinsky, desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Hay una coincidencia generalizada sobre estos hechos, que vuelven a colocar a la Conmebol, entidad organizadora del certamen –y a la que nos hemos referido de manera sostenida en esta columna- en el ojo de la tormenta debido a su pérdida galopante de mínima credibilidad, especialmente con su favoritismo a equipos brasileños o amigos de muchos años.

El hecho de que un ex árbitro brasileño como Wilson Seneme esté a cargo del Comité Arbitral de la Conmebol y que tanto la selección brasileña en la Copa América, y equipos como Atlético Mineiro, Fluminense y Palmeiras hayan sido favorecidos de una manera tan evidente, le quita seriedad al contexto y va generando condiciones de escándalo.

Sin embargo, aclarado este punto, en el que Boca resultó una de las víctimas junto con Cerro Porteño y Universidad Católica (aunque el equipo argentino en mucha mayor medida, por duplicado), el club xeneize también tiene sus responsabilidades, que no se pueden soslayar.

Se suele decir que el gran tema no es lo que pasa sino qué se hace con lo que pasa, y es allí donde Boca comienza a fallar. Desde que esta dirigencia que preside Jorge Amor Ameal se hizo cargo del club en diciembre de 2019, creyó en los peces de colores, o en los Reyes Magos, ilusionada en que debía acortar las distancias con la conducción de la Conmebol a sabiendas del enfrentamiento de su antecesor Daniel Angelici desde que en 2016 iniciara una campaña junto a varios otros clubes del continente para configurar una entidad sudamericana paralela, que no dio resultado, a partir de los recordados hechos del gas pimienta en la Bombonera por los octavos de final de la Copa Libertadores 2015, que derivó en la suspensión del partido cuando restaban 45 minutos, y el triunfo para River en los escritorios.

Pero por más que Juan Román Riquelme, vicepresidente a cargo del fútbol de Boca, viajara a Asunción a distintos actos, y se abrazara con el paraguayo Alejandro Domínguez Wilson, presidente de la Conmebol, las cosas no cambiaron desde 2019. Sorteos que dieron como resultado siempre llaves complicadas (sumado al inexplicable cambio de la organización por el que se elimina el mérito de la primera fase salvo para la localía), y arbitrajes sospechosos, contribuyen a abonar la idea de que a la entidad sudamericana, nada le importó, incluso cuando la dirigencia xeneize persistió en no reclamar de manera tajante tras la ida ante el Atlético Mineiro en la Bombonera para no molestar y generar empatía para la vuelta. La respuesta fue la misma.

Pero la actual dirigencia de Boca volvió a equivocarse. Si bien es cierto que caer por penales (habiendo comenzado en ventaja incluso en ellos) luego de ser robada dos veces genera una lógica irritación, y también posiblemente que el presidente del Atlético Mineiro se haya acercado al vestuario a arrojar agua, la reacción de los jugadores, cuerpo técnico y hasta miembros del departamento de Fútbol como los ex jugadores Jorge Bermúdez y Alfredo Cascini, fue absolutamente desmedida y no sólo eso, sino que esa reacción generó que se rompiera la burbuja sanitaria y terminó condicionando al equipo para el regreso al torneo local, tanto en lo político como en lo deportivo.

Es decir que aquella reacción en Brasil, en la que nadie osó poner paños fríos, ya sea de parte de un experimentado cuerpo técnico o de los dirigentes, que se supone que deben tener una mira más lejana que los alterados jugadores que tienen las pulsaciones más aceleradas, provocó un efecto dominó, que trajo como consecuencia un intento desesperado por conseguir la validación del Estado, desde el Ministerio de Salud (justo en tiempos electorales y cuando el tema de la pandemia es uno de los principales de la campaña) y desde la Liga de Fútbol Profesional (LPF), manejada por uno de los principales adversarios del club como el presidente de San Lorenzo, Marcelo Tinelli.

Un Boca doblemente enfrentado a Tinelli (Ameal vino sosteniendo desde que asumió que no es necesario en el fútbol argentino el “Doble Comando”, es decir, la convivencia de la AFA con la LPF, y además, justo en los días en los que los xeneizes quieren llevarse a Juan Ramírez, generando molestias en el club de Boedo) terminó, por culpa de sus propias reacciones en Brasil, pretendiendo que uno de sus más fuertes adversarios (y contra el que tiene que jugar el próximo martes, en plena cuarentena obligatoria de los jugadores auriazules), propiciara el permiso para que le hicieran una excepción para poder utilizar los titulares ante Bánfield, anoche, y ante San Lorenzo, el martes. Decididamente, era ingresar en la boca del león. Por supuesto que el pedido fue denegado por ambas entidades.

Y así es que Boca se encontró con una nueva disyuntiva, la de no presentarse a estos dos partidos (con la amplia posibilidad de perder seis puntos más por descuentos al finalizar el torneo) o la de apelar a la Reserva, a la que de todos modos hizo jugar el viernes a sabiendas de que el sábado podría necesitarla y estaría condicionando físicamente a esos inexpertos jugadores. Y no sólo eso, sino que tampoco quiso contar con el único jugador profesional que estaba en condiciones de hacerlo, el colombiano Edwin Cardona, al que lo castigó, acaso con razón, por no haber vuelto a la disciplina del equipo tras participar de la Copa América con la selección colombiana.

Todo esto se vio reflejado en el final del partido en Bánfield, por la segunda fecha del torneo de Primera División, cuando la mayoría de los jóvenes no podían con su cuerpo por los calambres debido a la exigencia de haber jugado dos veces en menos de 48 horas, aunque la noche lluviosa del Gran Buenos Aires, por fin, trajo una gran noticia: este equipo que dirige Sebastián Battaglia juega realmente bien, fue superior a los locales, mereció ganar, aunque empató 0-0 y aparecieron varias estrellas futuras, de enorme proyección, como el arquero Lastra, los defensores Barco y Mancuso, los volantes Fernández y Escalante, y especialmente un habilidoso como Taborda.

Sin embargo, nuevamente surge la pregunta-madre, qué se hace con lo que ocurre, y no resulta entendible que en cada mercado de pases, y con distintas dirigencias, Boca se lance a gastar fortunas en jugadores foráneos cuando tiene el futuro en casa (incluso en la dirección técnica).

La gran pregunta final, entonces es si más allá de haber sido una clara víctima inicial, esta dirigencia está a la altura analizando o que hizo con lo que tuvo, y si no había otros caminos para tomar, como tener una actitud más dura y decidida hacia la Conmebol (¿qué más se puede perder?), o una política de acceso de los jóvenes a la Primera sin que eternamente estén tapados por nombres sin seguro de rendimiento.

Víctima clara del VAR de la Conmebol, Boca no puede engañarse con todo lo demás, si quiere reencauzarse hacia el futuro.

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