Por Roberto Follari

Han aprendido: hoy las huestes de Biondini, que otrora lucieran la svástica nazi, la han cambiado por la bandera argentina. Y la afirmación del autoritarismo, ahora la han dado vuelta: ya no reivindican abiertamente la sumisión al poder, sino que acusan a sus adversarios de presuntamente dictatoriales. De sostener la sumisión, pasan ahora a decir que sostienen “la libertad” contra gobiernos populares y democráticos. De tal manera, constituyen una nueva derecha cuyo lenguaje aún no ha sido decodificado desde los actores políticos tradicionales, ni tampoco desde quienes tienen posiciones nacional/populares.

 Eso los vuelve singularmente peligrosos: muchos creen que serían sólo “unos loquitos”, un club de delirantes que niegan la pandemia, o dicen disparates como que dentro de una vacuna puede colarse un chip que luego se instale en el cerebro. Pero tienen diversos voceros en las redes, responden a una ideología internacionalmente establecida –hemos visto a los anticuarentena españoles en varias ocasiones-, y su modo de pensar es un sistema de ideas hecho con varias verdades a medias, que por serlo llaman a la adhesión, y hacen que haya quienes se confundan con sus posiciones.

  El “llamado a la libertad” es parte de su ataque a las medidas sanitarias, un modo demagógico de ganar adeptos en base al cansancio que el distanciamiento social produce. Salir a la calle y burlarse de las medidas sanitarias puede ser muy afín al espíritu de espontaneidad de los más jóvenes, quienes –además- tienen pocas posibilidades de morir si se contagian y, por ello, pueden ser temerarios y despreocupados, aunque por ello estén en posibilidad de contagiar a parientes diversos, padres y abuelos.

  Sirve esto para atacar a gobiernos populares, a los cuales se acusa de una improbable conspiración para “imponer el comunismo”. Que ya no haya comunismo en ninguna parte del mundo –excepto los ejemplos menores de Corea de Norte y Cuba- no obsta para que hablen como si estuviéramos en tiempos del auge de la URSS. Alberto Fernández puede ser “comunista”, en esta versión insólita. Y dispondría de resortes a nivel mundial que lo habrían de favorecer. Y es así como estos “libertarios” atacan a los sanitaristas en Brasil pero apoyan al gobierno ultramontano de Bolsonaro, cuya familia está acusada de formar parte de escuadrones de la muerte paramilitares. Pero eso es una minucia, atacar a los sectores sociales marginales es parte del real programa autoritario de los supuestos libertarios.

 Es que su idea directriz es la existencia de una gran conspiración planetaria que pretende adueñarse del mundo, viejo rintintín de las derechas antisemitas. Bill Gates es cierto que preanunció una pandemia y –en base a ello- es considerado una especie de gran Mano Ordenadora de la peste mundial. George Soros es considerado un millonario maléfico, en tanto favorece a los derechos de género: estos derechos de minorías deben ser arrasados, según estos pretendidos amantes de la libertad. Por supuesto poco les importa Paul Singer, quien sí atenaceó a la Argentina dirigiendo fondos buitre, y consiguiendo apoyo judicial contra nuestro país: Singer no está en el mapa de los anticuarentena. Lo cierto es que acusan a la Org. Mundial de la Salud, la Unión Europea y otros organismos supranacionales de ser burocracias al servicio del dominio del mundo y la burla a las mejores tradiciones nacionales. De tal modo, su discurso suena casi como “antiimperio”y antielites, y seduce incluso a algunas personas del progresismo que puedan no advertir la idea de conjunto que estos sectores vehiculizan.

 No son neoliberales. No son la derecha en su versión tradicional. Hay que tomar nota de su nuevo modo de presentación, que a menudo resulta atractiva y convincente. Si no se entiende cómo piensan, será difícil refutarlos y responderles.

 Vimos un día por TV cómo se peleaban dos jóvenes concurrentes al Obelisco, un ultraliberal y uno del neoautoritarismo “libertario”. Y este segundo acusaba al primero, que era admirador de Milei y de Cachanovsky, de que estos respondían a la CIA. Decía lo mismo que hubiera dicho un militante progresista, o de la izquierda: en eso se halla el discreto encanto de la invocación neoautoritaria que se autodenomina “libertaria”.-   


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