“¿Quién es Bielsa?, ¿qué ganó en su carrera?”, se preguntaron unos. “La cocinera de Bielsa”, “el romántico”, escribieron otros. Por estos días, los medios de comunicación tomaron como centro de escena de las noticias de deportes a Marcelo Bielsa, campeón de la Segunda División inglesa (la Premiership) con el Leeds United en el primer título que obtiene desde hace dieciséis años) para alabarlo o denostarlo según la opinión de cada uno.

Por Sergio Levinsky, desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Bielsa ha logrado lo que muy pocos: ser considerado, al menos de palabra, como el mejor director técnico del mundo nada menos que para el catalán Josep Guardiola, actual entrenador del Manchester City y hacedor del mejor equipo de los últimos treinta años – el Barcelona de Lionel Messi, Xavi Hernández y Andrés Iniesta-, y que muchos sean más hinchas de él mismo que de sus equipos, y eso puede explicar en buena parte los excesivos festejos por su éxito, que por el ruido mediático se parece más a haber ganado una Champions League o una Premier League.

¿Cómo es que un entrenador tan tímido, que enhebra frases complicadas, que camina mirando al suelo o que no conecta cara a cara con los periodistas y se siente incómodo en el festejo de sus propios jugadores al salir campeones, puede concitar tanta adhesión, aunque también, en cierto modo, el rechazo de un porcentaje menor pero significativo al fin?

Acaso por esto mismo. Por transmitir en cada oportunidad que se le presenta que no forma parte de un sistema que cruje en sus cimientos por su creciente falta de credibilidad y en el que los aficionados miran de reojo a los protagonistas, cansados del humo y de los espejitos de colores que les intentan vender. Bielsa, por el contrario, tiene el gesto adusto, prefiere responder siempre con tecnicismos, y no adhiere al circo general.

Después, ya es cuestión de gustos futbolísticos aunque tampoco pueda ser encasillado con ninguna de las dos líneas en disputa hasta hace pocos años. No es menottista porque sus equipos no creen en la pausa sino que son arrebatados, pero no es bilardista, porque tampoco todo pasa por estudiar al adversario y en todo caso, su obsesión por los rivales es apenas una parte del total de su trabajo. Tampoco puede decirse que sus equipos tengan un estilo clásico argentino porque se considera más bien heredero del holandés Louis Van Gaal y su fenomenal Ajax de mediados de los años Noventa. En todo caso, es posible afirmar, tomando en cuenta la experiencia de prácticamente todos los jugadores que tuvo a su cargo, que mejoró a la mayoría y que si bien hubo una primera época de turbulencias hasta entender su sistema de entrenamiento y partidos, todo terminó en el respeto final.

Bielsa es, ante todo, un perfeccionista, del juego y de las formas, lo que de ninguna manera lo convierte en un ángel, si bien tampoco es un demonio. Alguien capaz de dejarse hacer un gol si considera que eso aporta a la Justicia, pero también de generar un escándalo como aquél de la temporada pasada cuando mandó espiar al Derby County de Frank Lampard, quien finalmente lo dejó fuera del ascenso, o quien parece estricto con el cortador de césped del predio del Athletic de Bilbao hasta provocar un conflicto por el que casi abandona a la entidad, pero que terminó aceptando dejar muy pronto al español de Barcelona cuando llegó la oferta de la AFA para dirigir a la Selección Argentina.

¿Por qué, entonces, Bielsa es, para muchos, el ícono de la ética, la nobleza, el juego limpio en un fútbol sospechado? Probablemente, como ocurre en otros órdenes, por la necesidad de algo semejante por parte de quienes lo pretenden como tipo ideal de un modelo de conducta, y porque por su crianza en un hogar intelectual de Rosario, con sus padres y hermanos universitarios, se fue convirtiendo en un rara avis del ambiente, con un discurso, gestual y verbal, proclive a este tipo de reconocimientos.

Bielsa es el mismo que consiguió elevar el nivel de Newell’s Old Boys a principios de los Noventa, dejándolo en la puerta de la Copa Libertadores al caer apenas por penales y en Brasil ante el San Pablo de Telé Santana, o sacó campeón a Vélez Sársfield luego de duros enfrentamientos iniciales con sus referentes, o que consiguió la medalla dorada olímpica por primera vez para el fútbol nacional y sin goles en contra, pero también es el que llegando al Mundial de Japón-Corea del Sur en 2002 en el primer lugar del ranking, no pudo pasar de la primera rueda, o el que se equivocó en el momento clave de la final de la Copa América 2004 ante Brasil B, y reemplazó a Carlos Tévez por Juan Quiroga y sufrió el empate de Adriano sobre la hora, y la posterior derrota por penales.

Bielsa es todo ese combo. Capaz de tener tres movimientos con su rostro, cual palanca de coche, para responder a los periodistas en las conferencias de prensa (mirándolos a la cara, a la puerta o al suelo proporcional al respeto, o tal vez al fastidio), pero también de plantarse y no dar entrevistas exclusivas para equiparar en importancia al grupo mediático más fuerte del país o del continente, con la FM de más baja potencia, en un inédito hecho democrático.

Es capaz también de dejar organizado un enorme departamento de videos y archivos de jugadores, o de recorrer todo el país buscando talentos como hizo con Jorge Griffa en sus primeros tiempos de entrenador, o de decir que volvería a convocar  a la Selección a José Luis Calderón aunque minutos antes éste haya estado a punto de irse hasta las manos por no haber sido tenido en cuenta en la reciente Copa América.

Bielsa es capaz de enseñarle un movimiento novedoso a un jugador, o de explicarle el por qué de una indicación táctica, como de hacer retroceder a un extremo habilidoso y esmirriado para marcar a un lateral potente, que acaso lo deje agotado para cuando haya que recuperar la pelota (si se consigue) y pensar en volver a atacar. Y como ocurrió en el Mundial 2002, cuando se le exigía cerca de la eliminación ante Suecia que colocara juntos en la cancha a Gabriel Batistuta y Hernán Crespo, no va a ceder porque morirá con las botas puestas, con lo que cree.

Capaz de dialogar con sus jugadores, a punto de comenzar un entrenamiento, de gastronomía o de teatro, es capaz de dejar en ridículo a uno de los tantos ponedores de micrófonos de los córners para que los protagonistas cabeceen, apenas con una frase filosa. Está mucho más allá de eso.

Su nombre aparece en un estadio de Rosario (el Coloso), en una calle de Leeds y hasta en un plato de un menú en la fanatizada ciudad inglesa, pero Bielsa, impertérrito, sigue de jogging por la vida, y preferirá siempre tomar equipos de clase media (Newell’s, Vélez, Atlas, Athletic, Lille, Leeds United). Se siente más cómodo en el silencio y con sus cintas para recortar las canchas en los entrenamientos, que con el ruido del Olympique de Marsella o las selecciones de Argentina y Chile, donde los resultados mandan.

Bielsa puede llegar a ser aquel de la vuelta olímpica de 1990 y el grito en andas de “¡Newell’s, carajo!”, como también, el que hizo organizar una ronda con jugadores de la selección y periodistas en plena Copa América de Perú 2004 porque ese día se cumplía el décimo aniversario del atentado a la AMIA, o el que tímidamente, en voz muy baja., agradeció las atenciones del pueblo de Chiclayo y la región de Lambayeque para con el plantel, antes de partir a Lima para la fase final, algo muy poco común en delegaciones albicelestes.

Bielsa viene en ese combo. Tómelo o déjelo.

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